
BIENVENIDOS INTEGRANTES DEL GRUPO DE LOS ONCE
Primero fueron braceros contratados
viendo intereses de paises, nunca de trabajadores; luego, muchos de ellos para
verse menos explotados, desertaron de los campos, y se convierten en otro
fenómeno: los ilegales, que más tarde son los “Espaldas Mojadas”, “Los alambres”
y demás, reforzando así el fenómeno de la emigración y la dependencia de un país
que está abandonado de la mano de Dios y tan cerca de los Estados Unidos, tan
cerca que solamente una caprichosa línea fronteriza los separa.
Una línea fronteriza que a través del tiempo la han ido trazando, con sudor,
lágrimas y sangre de braceros e ilegales.
Trabajo, dolor y muerte de mexicanos han venido delimitando esa frontera norte
con más de mil kilómetros. Incalculable es el número de muertos y asesinados en
aquella zona. Incalculables las familias que aún les queda el recuerdo amargo
del padre, el hijo o el hermano que nunca regresaron a casa. Incalculables los
daños emocionales y psicológicos causados a los que acá se quedaron y que
vivieron o viven soportando el fantasma del rencor, la importancia y el
desconsuelo. Nunca volvieron aquellos seres queridos que un día salieron a
buscar un destino seguro y prometedor.
Esa fue la herencia que nos legaron algunos de los migrantes.
Y si bien es cierto que a los actores del fenómeno social y económico mas grande
en la historia de México, les trajo beneficios de orden económico y material
hasta transformar a trastocar nuestra cultura y nuestros valores, me pregunto
una vez más:
Ganar dinero para acabar el hambre, vestir mejor, construir una buena casa o
comprar un vehículo, todo esto de orden material, ¿valen la pena? ¿Esa es la
felicidad esperada? ¿es ese el destino que fuiste a buscar? Esta bien. Llenaste
la panza, traes dinero, vives en una buena casa y transitas en un vehículo de
motor ¿valió la pena? ¿eres y estás feliz? Y todo eso a costa de qué. Tu familia
creció y se malformó sin padre, tu esposa no soporto el abandono y te fue
infiel. Tus hijos, con el dinero que les traías aprendieron a gastarlo, nunca
nadie les enseño a trabajar para ganarlo.
Valió la pena ganar dólares para pagar el precio de una familia deshecha y
desintegrada social y moralmente? y unos hijos que crecieron desamparados por el
padre y se enrolaron en el vicio del alcohol y las drogas?
Y la felicidad buscada…y esa paz de la conciencia y del espíritu pudiste pagarlo
con dólares?
¡A qué precio Amigo¡… ¡Qué precio fuiste capaz de pagar¡ ¿ese es tu destino?
CONTINUARA…
Y que gracias a ese tránsito que formó
algo de nuestro destino, presente en cada una de las acciones que realizamos
ayer y hoy, seguimos haciendo camino en nuestro trabajo, con nuestra familia;
heredando a esos hijos nuestros el cúmulo de enseñanzas y valores que nos
llevaron al éxito más que económico, aun éxito en la libertad, en la felicidad y
sobre todo en la realización como seres humanos.
Amigos integrantes del grupo de los once: el hecho de haber compartido y
convivido en una amalgama emocional, donde el recuerdo, la nostalgia y la
alegría y la satisfacción estuvieron siempre a flor de nuestra piel, ha
permitido a cada uno delinear un capitulo de esta historia que llamamos vida.
No pudimos disgregar pasajes oscuros que también transitamos haciendo destino.
La reflexión en los momentos íntimos, de ausencia para compartir, nos llevaron a
darles el lugar en un tiempo que fue nuestro por herencia. Cuando somos pequeños
todo nos lo heredan. Así nos formamos, hombres y mujeres.
Yo muchas veces me he preguntado: ¿Por qué en el cúmulo de principios y valores
in calculados en nuestra infancia iban aparejadas conductas mayores de abandono,
reproche y reniego?
¿Cómo iban a modelar nuestro crecimiento esas acciones vividas en carne propia,
y vistas en todos los rincones de nuestro entorno?
¿Qué te forma y educa más, el principio y la norma impuesta, o el comportamiento
de quien enseña?
Las respuestas están en cada uno; en el como fuimos capaces de ir creciendo en
esa confusión y en ese torbellino de decir cosas buenas y actuar de manera
contraría. Porque así vivimos y crecimos los hijos de braceros que abrieron
camino. Los pioneros de la emigración de un México campesino, de una patria
pobre y sin destino. Entonces fuimos los hijos de braceros que todo el año se
nos iban, abandonando temporalmente la familia con hijos pequeños cuando más les
hace falta su padre, para aprender de él todas las cosas que se necesitan para
crecer.
Nuestros braceros iban por dinero a los Estados Unidos. En México había muy poco
y nunca, desde hace setenta años llega ese dinero escaso, a las familias del
campo. México no fue entonces, capaz de retener a sus hombres cultivando las
parcelas. Prefirió firmar acuerdos con aquel país para que fuesen contratados
cientos de miles de hombres como trabajadores agrícolas en los estados de Texas,
Nuevo México, Arizona, California y otros más.
Y ese fue el principio del fenómeno social y económico más enorme en la historia
de México. Mil novecientos cuarenta y tres marca el principio de una era que la
historias de los dos países deben registrar como decisivas para el
enriquecimiento acelerado de aquel y la dependencia gradual y determinante hasta
nuestros días de este país.
CONTINUARA...
Sin sobresaltos, sin muchas presiones; a
lo mejor con algunas carencias materiales y económicas, pero viviéndolas
plenamente; sacándole alegrías a la tristeza y a la monotonía de los mismos
amaneceres; y a las mismas noches de sueños reconfortadotes para reiniciar
nuevos anhelos de vida plena: amar con libertad, sentirla, ejercerla y
compartirla como natural derecho que nace contigo mismo y que pocas veces te
enseñaron a valorarla.
Yo sé que entiendes estas reflexiones porque dime lo que presumes y te diré tus
carencias; además que ya lo has comprobado: nada más cuando has perdido lo más
valioso en ti; es que te das cuenta que lo tenías.
Y ya ¿Para que? ¿Acaso podrás recuperar todo aquello que dejaste por acá, para
ir en busca de tu destino? ¿Tu destino?.
¡Ay! Amigo mío, quien va en busca de lo ignorado, se aventura a desviar de su
existencia lo más hermoso de si mismo.
El destino, la buena suerte, la oportunidad de sobresalir siempre están en ti.
Un hombre sin destino, no existe; como tampoco se da la buena suerte cerca o
distante del hombre; las oportunidades están también en el hombre y solo hay que
descubrirlas.
El destino es el camino por el que todos avanzamos y cada hombre lo hace
imprimiéndole decisión, voluntad, intrepidez; o bien, dejándose llevar con
desgano indolencia, o apatía que lo conduzcan al conformismo, la mediocridad y
el fracaso absoluto.
¿Dónde estamos t y yo? Y ¿Dónde están nuestros padres, hermanos, amigos y
compañeros integrantes todos de una sociedad desquiciada y carcomida? ¿No somos
acaso, cada uno, con nuestras propias acciones, pensamientos y voluntades los
que hemos ido forjando esa sociedad y ese destino propio y de nuestro pueblo.
Es importante muy importante darnos cuenta quienes somos, dónde estamos y qué
hacemos. Cuando nos respondamos con sinceridad y honradez estas tres cuestiones,
cuando le imprimamos a nuestras respuestas toda la honestidad que seamos
capaces, y las interrogantes nos guíen en cada uno de los pasos que recorremos
desde el alba hasta que el sol llega al ocaso, y donde la reflexión en el
remanso de los sueños clarifique e ilumine nuestras conciencias, vamos forjando
destino; un destino seguro, firme en nuestro cotidiano existir. Un destino si
búsqueda ni tropiezo; un destino promisorio, retador y lleno de promesas; un
destino que eres tú, o yo. Todos.
¿Verdad que es interesante aprovechar el encuentro casual, o la entrevista
planeada para incursionar en estos asuntos tan complejos, subjetivos e
intricados como nosotros mismos?
¡Que bueno! Qué interesante resultó compartir los once compañeros nuestros
destinos. Unos forjados en un país, que a alguien se le ocurrió llamarle "De las
oportunidades". Otros acá; en el terruño, en el rancho, en el lugar donde
nacimos, crecimos y encontramos la manera de estar y ser de acá.
Compartimos y convivimos como hace cincuenta años, once destinos de
triunfadores; la sola presencia física; las alegrías y manifestaciones de
nostalgia y recuerdo amalgamados dicen lo que nunca las palabras logran
expresar. El hombre y la mujer que triunfan en el camino por la vida son así:
seguros, satisfechos, y libres en sus actos y decisiones. Todos y cada uno de
los once somos triunfadores satisfechos y convencidos.
No transitamos por el fracaso; jamás nos escudamos en la indolencia menos en la
envidia y la cizaña. Estamos lejos de Tepetongo pero aquí está nuestro destino
de hombres y mujeres de bien y de buenas costumbres. Nos alimenta el sentimiento
de amor a nuestro origen; nos unen las enseñanzas y los valores inculcados en el
seno familiar, en la escuela y en el cotidiano y bello transitar de nuestra
niñez a la adolescencia y a la juventud. Los principios y valores asimilados
entonces, permanecen vivos aquí, en nuestro corazón y acá en nuestro
pensamiento, donde esta nuestro destino…
CONTINUARA…
Un destino que forjaste a cambio del
abandono prematuro de la tierra donde se que quedó tu ombligo, en la rendija de
la junta de los adobes, en las desnudas bardas de los corrales de tu casa. Un
destino que forjaste en suelos extranjeros, donde el verde de sus campos y lo
caliente y negro del petróleo, extendido por las grandes avenidas interminables
y bordeadas por grandes edificios te deslumbraron; te alucinaron para quedarte
donde todo parecía extraño y retador; inseguro y trastocado para tu precaria
cultura y tu frágil escala de valores.
Y sin embargo te aferraste a la vida en un país donde tu voz permanecía muda;
tus ojos se cegaban por los reflejos del sol en los cristales de millones de
muros transparentes; y tus oídos ensordecían, acechados interminablemente por
los constantes ruidos de máquinas en movimiento, silbidos de trenes y los
acelerados pasos de millones de gentes que vagaban, también en busca de su
destino que habían decidido cambiarlo por el país de las grandes oportunidades;
un mundo en la paz de la tierra, cuyo destino tenía bien claro: explotar al
hombre por el hombre mismo. Y si no, recordarás ahora, cuando ya estás
entrampado, los relatos, tristes relatos del dolor causado a tus padres en
tiempos de los braceros ¿recuerdas?
Nuestros padres se enrolaron de braceros a principios de los cuarenta, cuando
estaba por concluir la segunda guerra mundial y aquél país necesitaba brazos,
muchos brazos, miles de brazos que fueran a reactivar la menguada economía.
Carcomida por los elevadísimos costos de la guerra. Y allá se fueron tu papá y
el mío; y miles de papás de aquí, de allá, de todos los rumbos de un México
campesino, donde apenas los hombres del campo empezaban a creerse el sueño de
tener una parcela dentro de un ejido para trabajarla y sacarle el sustento a su
familia. Nomás eso, el sustento con abundantes cosechas del maíz y fríjol que
les permitía mantenerse sin problemas en el ambiente del rancho, la sierra o las
extensas llanuras de la campiña mediana.
Y esa fue la otra herencia la que sin proponérselo y menos decidirlo,
involuntariamente nos legaron nuestros padres:
-Nos heredaron la enseñanza de cómo abandonar a nuestro México.
-Nos heredaron el camino, la ruta prometedora hacía los estados unidos de
américa.
-Nos heredaron la desintegración de muchas familias a causa de la ausencia del
padre.
-Nos heredaron enseñanzas de cómo discriminar a México, su historia y sus
símbolos.
-Nos heredaron el reniego y la frustración de ser hijos de campesinos.
-Nos heredaron el reniego por nuestro patrimonio: la parcela, la casa y los
animales.
-Nos heredaron la falsa creencia de que en México y en el rancho nos moriríamos
de hambre.
-Nos heredaron la falsa creencia de que en México no había oportunidades
-Nos heredaron la apatía y la indiferencia hacia el estudio, hacia el trabajo
-Nos heredaron la forma para truncar las aspiraciones juveniles para crecer y
formarnos como hombres de provecho.
-Nos heredaron la falsa creencia de que solo podríamos crecer y ser ricos en los
estados unidos y que debiéramos ir en busca de un destino seguro y prometedor.
-y esa herencia involuntaria, sin propósito, esa herencia subliminal y mal
encausada continúa vigente; sigue generando en ti o en mi sentimientos
encontrados.
La vemos y la vivimos de formas muy variadas, distintas y distantes. Los de allá
luchan a diario, se esclavizan constantemente y su trabajo de ocho a diez horas
apenas les permite sobrevivir (salvo en muy raros casos). Y así han soportado su
existir y su estar allá: trabajando para comer y vestirse escondiendo a lo
mejor, la esclavizante tarea de tener que pagar rentas de casa, teléfono, luz,
agua, vigilancias, limpieza de calles, supuesta seguridad, etc.
Pero escondiendo ante los mismos de allá y sobretodo escondiéndose de los que
aquí, sus verdaderos anhelos como personas; los sufrimientos del alma, del
espíritu, cuando confundidos viven una constante frustración como seres humanos.
Añoran su patria, el campo que les vio nacer y crecer en la libertad del viento;
volver a saborear el olor, y el color de la tierra mojada después de las
tormentas en el verano.
Pero no pueden volver a repetirse aquellas historias hechas de lluvia, polvo y
sol; se perdieron en el tiempo que te llevó a buscar otro destino. Un destino
trunco en tu interior de hombre campesino. Un destino borroso e inseguro que a
diario saborea con amargura y qu ingenuamente pretendes esconder ante los que
acá permanecen, libres, contentos por un destino que les permitió la realización
acorde a sus aspiraciones, la realización que como seres humanos la viven y la
disfrutan.
…CONTINUARA
No era para menos: un reencuentro con
Tepetongo, la escuela de la infancia; y el hecho de poder estrechar con un
fuerte abrazo al amigo especial, al compañero de la adolescencia, al primer
enamorado. Todo se fundía en este acontecimiento cincuenta años después.
Cincuenta años que ya se habían ido dejando en cada actor de esta fiesta un
montón de recuerdos; una alforja repleta de nostalgia y de alegrías amalgamadas.
Nada podía ser igual ahora; después de este encuentro, llevábamos esa enorme
fortaleza espiritual, alimentada por la convivencia y el compartir de triunfos,
y el recordar sufrimientos, fracasos y escollos que permitieron modelar nuestro
existir aquí, en esta tierra, o lejos materialmente de nuestro suelo. Todo era
confusión, un cúmulo de sentimientos para manifestarlos, el falso pudor y la
carencia de expresividad no contaban. Había entrega total, había enorme voluntad
para decir: ¡Gracias amigo! ¡Aquí estamos! ¡Vinimos a Tepetongo! ¡Eso! ¡Vale la
pena! Y aquí estamos casi todos aquellos chicos de hace cincuenta años, ¡la
generación de los doce, de los primeros, de los mejores.
El epílogo de nuestra convivencia no podía ser mejor, cantando y bailando.
Ahora, aquí dejábamos la huella imborrable de nuestro encuentro:
Los nombres de todos nosotros quedaron grabados en una placa metálica. ¡que
hermoso gesto de quienes así lo decidieron! Esta lista de doce nombres, la
escuchábamos a diario, tardes y mañanas de todos los días que transcurrían
lentos en un saloncito situado por aquí en ese rincón.
Los nombres en ese mismo orden, eran recitados por el profesor antes de comenzar
a darnos la primera clase; una clase amena, interesante y plena de conocimientos
diferentes y nuevos, que a diario se asimilaban sobre todo los últimos dos años.
Pero los integrantes de este grupo teníamos esos nombres, esa lista, presente en
nuestra existencia y en cualquier momento o en cualquier sitio; siempre se
nombraba a cada uno de los del grupo; agregando el comentario de algo que lo
identificara: un chascarrillo, una broma; cualquier puntada de aquellos días y
de aquellos ya lejanos tiempos.
Por todo esto nos vamos felices y satisfechos. Porque vinimos a comprobar que
ese timón que a todos nos lleva por la vida y que se llama AMOR, sigue vivo en
cada uno, y ese amor nos guío, nos condujo y nos trajo a Tepetongo; lo
compartimos en sus calles, en sus fiestas y en este cuento imborrable lo
recibimos y ofrecimos de y a todos ustedes, amigos, familiares y visitantes.
Mañana regresamos a nuestras casas, la casa grande de todos se llama Tepetongo,
tenemos que dejarla por circunstancias diversas; el trabajo nos espera; los
hijos tal vez nos necesiten para una consulta, un consejo o simplemente para que
se enteren que ya regresamos de este viaje a una tierra extraña para ellos.
Muchos no quisiéramos se terminara. Sin embargo tenemos que volvernos, ojalá y
pudiera ser que muchos de nosotros regresáramos a nuestra tierra con más
frecuencia y con el único motivo especial de estar en Tepetongo; de saborear en
cualquier época del año el olor del viento, el color del sol que enterramos
mucho tiempo atrás; andar por sus calles de piedras calientes; guarecernos de
los rayos candentes del sol de medio día recargándonos en el desgastado muro de
una casona también ya vieja como nosotros.
Salir a caminos con un amigo por los barrios cenizos y olvidados de mi pueblo y
saborear la pátina del tiempo que aún no pasa, pero que ya dejó huella.
Para muchos eso sería volver a vivir en Tepetongo. Disfrutar a plenitud el
cercano ocaso de cada existencia. Tal vez preparar el camino que lleva a la
ladera, dejando correr en nuestras manos las cuentas de un rosario, sentados en
una arrinconada banda en la nave principal de la parroquia. Y luego, al recibir
la bendición del cura, abandonar el recinto de oración para dirigir los pasos a
la única plaza, descansar la espalda en la frescura de la cantera blanca de los
balaustros. Esperar y despedir del día, mirando al cielo para ver pasar la
estela luminosa del avión que cruza con dirección a california y luego volverte
sin mirar para ningún lado por la callejuela que te lleva a la casa.
Te vas a dormir.
Mañana es tiempo de partir, las maletas ya están hechas y esperan amontonadas en
el piso, cerca de la cama en el cuarto del único hotel que hay en Tepetongo y
que te brindó tu estancia de tres días.
Unos irán al aeropuerto, ya reservaron sus pasajes.
Varios regresaran por carretera en la comodidad de sus vehículos último modelo.
De seguro harán algunos altos en el camino para continuar después de descansar
un poco, y luego llegar a su destino… CONTINUARÁ...
Bueno, hay tantas cosas bonitas que
contarles de mí permanencia en esta escuela, que no terminaría en toda la tarde;
es mejor que venga otro de nosotros... ¿Quién?...Víctor, Justino, Delia, no sé
que nos hable otra u otro compañero.
-Víctor se puso de pie y comenzó a caminar en dirección del presidum; se detuvo
a media distancia, y envolvió a todos los asistentes con aquella mirada muy
propia de él; perdida, vagando por cualquier lado, escondiéndola de todas las
demás que en ese momento hacían blanco en él.
Dio un giro de cuarenta y cinco grados como para represarse; no lo hizo. Con
tres o cuatro pasos largos y bien plantados ya estaba ante el micrófono. Lo tomó
con temblorosa mano y fijo su mirada en aquel aparato como queriendo vencer el
miedo a usarlo. Lo logró.
-¡Hola!, ¿Cómo están? - Yo soy Víctor, a lo mejor el más viejo de todos los que
estamos aquí. También yo estuve como alumno de esta escuela hace muy poco
tiempo; cincuenta años mas o menos. Entonces en 1960 mil novecientos sesenta yo
ya había vivido dieciocho años. En aquellos tiempos no había limite de edad para
ingresar a la escuela primaria; tan podía hacerlo un niño de cinco años que un
joven o señorita de quince o veinte. ¡Que lindas edades!: quince o veinte. Las
ilusiones y el amor están de la mano y nos llevan adonde ellos quieren.
El amor conmigo llegó primero, aquí me enamoré por primera vez, y como un
adolescente. Pero luego las ilusiones de llegar a ser grande en la vida y buscar
fortuna me hicieron abandonar a mi primer amor y a mi tierra.
Vagué por el mundo en busca de aquellos anhelos. Muchas ilusiones me llevaban
vertiginosamente de aquí para allá, y después más lejos; probé la suerte de
conocer muchos trabajos y también de ganar buenos dineros. Poco a poco olvidé de
aquí y de quien aquí había abandonado. Nunca volví a Tepetongo; encontré mi
realización como hombre, padre y esposo allá en el extranjero. Eche raíces en el
país del norte; raíces que me hicieron detenerme de pie esta vida que ya va de
picada: casi setenta años.
-Nunca tuve contacto con ninguno de mis compañeros; nunca supe nada de ellos
hasta hoy. Que bueno que aquí estamos casi todos.
- Hace dos dias que llegue a Tepetongo y al encontrarme con todos ellos, note
que faltaba uno entre todos.
Pregunte por Luciano y supe que no estaría entre nosotros.
La razón fue que Luciano se había ido hacia dos años. Me lo dijo Manuel; estaba
triste porque a pesar de que sucedió en una ciudad cercana, no pudo ir a
despedirlo, afirmo que estaríamos todos los integrantes del grupo, es decir “Los
doce grandes” “Los doce apóstoles” o los doce no se que más.
Al llegar al hotel y leer la manta que dice “Bienvenidos integrantes del grupo
de los Once”, me pregunte ¿Porque Once? Y bueno, luego ya me enteré. Luciano fue
el más popular entre la tropa: Al jugar canicas, siempre nos ganaba; cuando era
la temporada de jugar trompo, balero o yoyo él nunca perdía y algunos salíamos
perjudicados porque o nos rompía los trompos en la reyuela, o cuando había
apuestas en la competencia de baleros, el nunca perdió.
Pero todo era de buena fe; eran juegos de niños grandes. O de jóvenes chicos, no
tan chicos.
En fin les decía hace un ratito, que me sentí feliz, muy feliz cuando llegue
aquí hace dos días. Ver a mis compañeros de hace cincuenta años es muy pero muy
maravilloso. Luego, tomar unas copas, pues llega la nostalgia y el recuerdo.
Recuerdos bonitos me invadieron y no supe como pero apareció un tamborazo y
comenzó la fiesta. Vinimos aquí al frente de este edificio y estuvimos
escuchando muchas y muy hermosas canciones de amor de recuerdo y de mucho
sentimiento. Aquí en el jardín llore de alegría. Si, amigos, llore como lloran
las gentes que se sienten felices. Llore y contagie a algunos de esos viejos.
También ellos lloraron conmigo... CONTINUARA.
Pero no quiero adelantarme ni tomar
lugares y espacios de otros. Aquí está el grupo de los once. Ellos serán los
protagonistas de este momento que de seguro trascenderá en la cotidianeidad de
sus vidas.
Señoras y señores escuchemos al primero de nuestros invitados… silencio. Nadie
se disponía. Se cruzaban miradas entre los del grupo. Las ideas se presentaban
inquietas y luego se iban volando.
Felipa se levanta de su lugar… está muy nerviosa. Siempre lo fue. Con el rostro
regordete y colorado; con su mirada de niña ingenua pero picara, avanzó decidida
hasta el podium. Dejo vagar sus ojos perdidos; primero entre el público, luego
hacia los rincones del espacio, al cielo del patio y por último los fija en el
centro del escenario; al piso pues.
-Buenas tardes, soy Felipa; ya vieja, pero sigo siendo. Yo venía a Tepetongo
cada año. Ya hace como veinte que no estaba cada día de San Juan. Ahora aquí
estoy; a alguien se le ocurrió incomodarnos en nuestros achaques y malestares,
para venir a encontrarnos los que aquí estamos.
Hace apenas cincuenta años, que yo salí de esta casona; aquí estudie mi primaria
y en el año de 1960 recibimos nuestro certificado de estudios. Al poco tiempo yo
salí de aquí; luego conocí al que es mi esposo y formamos una familia. Aquí
están conmigo dos de mis seis hijos; ya todos son unos hombres y mujeres que
formaron y tienen sus familias.
-Bueno, pero ¿para qué les digo esto? No se. Yo pensé algunas cosas bonitas que
deseaba decirles a ustedes. Ya no me acuerdo. Fíjense que, yo aquí estudié seis
años en compañía de todos estos viejos y viejas que están hoy aquí presentes.
Este edificio ya no es lo que yo recuerdo. Hace cincuenta años era más bonito.
Era una casona estilo colonial. Aquí donde ahorita estoy. Fue un hermoso jardín
lleno de huertos con flores de muchas y variadas clases; árboles frutales. Yo
recuerdo los granados, los naranjos, los limoneros y un enorme zapote blanco. De
todos nos robamos sus frutos antes de madurar; muchas veces nos provocamos
deposiciones. Allá al frente estaba el teatro donde se presentaban los
festivales escolares; comedias, dramas; También preparábamos bailables,
canciones y poesías. Había dos patios de recreo. Aquí era el de las niñas;
llegábamos a él por un pasillo que daba a los corredores.
Allá donde veo ese pequeño jardín, allí era el patio de recreo para los niños.
Ellos bajaban al patio por otro pasillo que estaba al final de este corredor.
Debajo de los corredores estaban los salones de clase. El mío era un cuarto
grande aquí a mí izquierda; enfrente de mi salón había una enorme pila labrada
en cantera; era enorme, media dos metros de larga por uno veinte de ancho y mas
de un metro de profundidad. Algunas veces el castigo que nos daban era traer
agua del río en mancuernas de botes y llenar esa pila. Con esa agua se regaban
todas las plantas.
Yo acarrié agua muchas veces; también María me acompañaba. A los que siempre
estaban castigados con diez mancuernas eran José y Justino. ¡Pobrecitos!
Pero, éramos felices aquí en nuestra escuela.
Yo recuerdo que cada año por los meses de octubre y noviembre aparecía aquí en
este pasillo, dizque la cosecha de la escuela; el cuarto estaba lleno de maíz en
su rastrojo y muchas calabazas.
A los niños los ponían, después de las clases, a pizcar un costal de mazorcas; y
a nosotras nos tocaba partir calabazas para sacarles las semillas y ponerlas al
sol para que se pudieran guardar ya secas.
Aquí por las banquetas hacíamos los tendidos de semillas.
Los muchachos después de pizcar el maíz tenían que desgranarlo; traían eloteras
de sus casas y una hora después de la salida, nomás se escuchaba el roncar de
las mazorcas al tallarlas en los elotes y así soltaran sus granos.
¡Que bonito! ¿Verdad?
Al término de todo el trabajo el Director nos daba la manta; semillas tostadas
con sal, ponteduro de maíz y dulces de calabaza. El preparaba todo eso para
venderlo en la tiendita de la escuela. Pero como nosotros los alumnos más
grandes le ayudamos a obtener todos los productos, por eso un día nos juntaba en
el patio y nos decía; muchachos esta es su manta porque ayudaron a limpiar la
cosecha; así que esto es su regalo: una bolsita con semillas, otra bolsita con
ponteduro y un dulce de calabaza. Ese día, ninguno comprábamos cosas en la
tiendita y presumíamos a los demás nuestros regalos. . .
CONTINUARÁ…
Manuel llegó a su casa pasadas las nueve
y así como iba, entró a su recámara; se descalzó se safó el saco y la corbata y
se desplomó perezosamente sobre la cama todavía deshecha. En cinco minutos ya
dormía profundamente; el desvelo, la fatiga y la tensión acumulada en los
últimos días lo tenían agotado. Se despertó ya tarde, cuando su esposa lo movió
suavemente:
-Ya es tarde, Manuel; todos estamos ya preparados para acompañarte al evento.
-Claro, claro; ya es tarde pero aún tengo el tiempo para darme un buen baño. En
diez minutos estaré listo.
Al llegar a la plaza principal del pueblo Manuel se sintió por primera vez como
un invitado él y su familia. Estacionaron los coches a un costado del jardín y
descendieron tranquilamente. Todos voltearon sus miradas hacia el edificio de la
Escuela “Miguel Hidalgo”. Lucía elegante; discretos motivos de fiesta caían de
los balcones hasta la mitad de su fachada y enmarcaban perfectamente el protón
de la entrada en donde se desprendía la misma leyenda ya familiar en todos
ellos. Cruzaron la explanada y llegaron al pórtico. Unas señoritas los
recibieron muy amablemente y les pidieron permiso para prenderles en las solapas
del saco un gafete de INVITADO ESPECIAL; luego fueron acompañado los hasta los
patios y allí les indicaron sus lugares: Manuel tenía un espacio junto con los
del grupo; sus familiares ocuparon sillas en las dos primeras filas. Allí
compartían los demás familiares visitantes.
Estaba agradable el espacio que ahora se vestía de fiesta y con muchos
visitantes ajenos a sus cotidianos moradores. El patio de forma rectangular, lo
cobijaba un gigantesco domo sostenido por una estructura metálica simulando
maderas: La arquería de los lados oriente y sur; enmarcaba discretamente los
pasillos que daban acceso a los salones de clase y a algunas oficinas. Allí en
el costado sur del edificio estaba montado un enorme presidium cubierto con un
lienzo en color rojo quemado y al centro sobre el piso varios arreglos florales
con gladiolas blancas. Había personificadores en todo lo largo de las mesas
frente al igual número de sillas. Lucía elegante y discreto el escenario.
Las sillas se iban ocupando en pocos minutos al igual que los espacios del
presidium a donde eran conducidas las personalidades más distinguidas por su
posición social, económica o de funcionario en algún puesto público. Autoridades
del pueblo, directores de escuela y diferentes personajes de la educación y
política.
-Buenas tardes- señoras, señores, jóvenes
-Señores integrantes del Grupo de los Once ya famosa y cotidiana esta expresión:
-Se llegó el momento, y estamos en el lugar que ustedes pidieron fuera éste para
revivir, recordar y añorar esta etapa de la vida que más significa en nuestro
desarrollo como hombres y mujeres de bien: la niñez y la adolescencia.
-Aquí están ustedes, sus familiares directos, sus amigos y sus invitados.
Vinieron de distintos rumbos y de diversos lugares a encontrarse, a verse y a
estrechar, e intercambiar sus experiencias, sus logros y también sus tropiezos
en la vida, y porque no también los fracasos.
-Aquí estamos los de casa, sus anfitriones, los que nos fuimos para volver y
aquí estamos. Participamos de su encuentro como observadores, como receptores de
la casa que hoy les abre sus puertas y los recibe con los brazos abiertos, y les
recibimos no como en la “parábola del hijo pródigo”. Ustedes no volvieron
fracasados y miserables por no haber cuidado y bien utilizado la fortuna que
heredaron de sus padres.
-“Los integrantes del Grupo de los Once no son hijos pródigos de Tepetongo.
-Ustedes son hijos predilectos de su pueblo porque todos son unos triunfadores,
y regresaron a vivir tres días aquí en su tierra esa amistad, ese cariño, ese
amor que una vez se generó; y se fortaleció aquí en lo largo de estos pasillos;
en las puertas y los rincones de cada salón o en la sombra de los árboles que
hace cincuenta años formaban un hermoso jardín, que prodigaba frescura y bellos
aromas para todos ustedes.
¡Que hemos de recordar¡ pero es más hermoso no volver a vivir, eso no es
posible. Pero sí es posible revivir, es decir; escuchar las alforjas, esculcar,
mis recuerdos, sus recuerdos y traerlos hasta el momento y el lugar que
queramos; eso es “Volver a Vivir”
CONTINUARA…
Ese evento estaría coordinado por la
planta de maestros de la Institución por lo que Manuel, Carlos y María se
sentían liberados de cualquier actividad. Ellos también asistían como invitados;
disfrutarían a plenitud de ese evento último del programa general y el primero
para ellos. Manuel había permanecido en el Hotel hasta finiquitar todos los
pendientes y fue hasta después de las siete de la mañana cuando solo y muy
trasnochado emprendió el regreso a casa. Iba satisfecho y conforme con el
resultado del baile. Todo ocurrió como lo habían deseado sus anfitriones.
Al llegar al costado oriente del Jardín, le llama la atención la presencia de
dos parejas que platican y ríen a cada instante. Al acercarse, se da cuenta que
Víctor, Casimiro y sus respectivas esposas asistieron a misa y a la salida se
apostaron allí para disfrutar la tibieza de la mañana de junio, y ver la salida
del sol.
Manuel se integró por unos instantes al grupo y por mera formalidad les preguntó
sus opiniones sobre el evento de la noche anterior.
Las respuestas fueron las esperadas por Manuel que más que todo pretendía
conocer algo de la vida de Víctor después de su salida de Tepetongo. Los rayos
amarillentos de un sol grande y caliente te dejaban ver allá tras la ladera de
la Santa Cruz.
-¿Recuerdas, Víctor, cuando subías esas laderas con tu yunta de mulas para ir a
sembrar al potrero de Gurupato?
-Claro, que recuerdo, Manuel. Fueron algunos años que con mi papá y mis
hermanos, sembrábamos dos o tres parcelas. Era bonito el trabajo del campo,
aunque ingrato y muy mal pagado; pero no había de otra. Todo mundo en aquellos
años era lo único que podíamos hacer, sin embargo, yo me rebelé muy pronto y
comencé otros trabajos; empleado de mostrador, bodeguero, frutero, y no se
cuantas cosas; aquí en Tepetongo luego en Jerez, después me fui a México, más
tarde en Aguascalientes trabaje en bodegas y fruterías. Ya un poco cansado
decidí probar fortuna en los Estados Unidos y me fui en compañía de dos de mis
hermanos. Nos fuimos de ilegales porque así era la costumbre y cruzamos la línea
fronteriza con muchos problemas. . . .
CONTINUARA…
Era la leyenda que danzaba ante las
miradas alertas y entusiastas de todos los asistentes; y luego los nombres se
iban formando con letras muy bien estilizadas: María, Felipa, Delia, José,
Venancio, Justino, Cecilio, Víctor, Casimiro, Carlos y Manuel. Se acercaban y
alejaban en el ambiente de la proyección; luego la foto de un bebé llega y se
coloca sobre su nombre luego de otra y así fueron apareciendo las once
fotografías de cada integrante de los del grupo cuando fueron bebés de seis
meses. Las risas, comentarios y chascarrillos afloraban a cada instante y por
todos los sitios del salón; todo era entusiasmo y alegría sin límites; todo era
recuerdo y nostalgia, lágrimas y risas amalgamadas en aquel cataclismo
emocional.
Y así transcurrieron los veinticinco minutos de la proyección que parecieron
cinco de viaje hacia un pasado que cada personaje asoció a su vida de niño, de
adolescente y primera juventud.
Luego las notas suaves y cadenciosas de las melodías hicieron que las parejas se
fueran sumergiendo en ese ambiente de intimidad, de comunión, de suaves roces de
mejillas para musitar al oído los “te amo” “que felices somos” ¿estás feliz? Y
tantas expresiones experimentadas fueron capaces de hilvanar.
El tiempo camino muy rápido esa noche de recuerdos y de nostalgia. Todo lo
disfrutaron cada uno a su manera, por más peculiar que pareciera. Las tres de la
mañana llegaron y el salón aún permanecía pletórico. Hubo música después del
contrato, música extra por dos horas más y los festejos seguían ahí
compenetrándose cada instante de un nuevo momento, de otra cosa bonita para
echarla en su alforja de recuerdos y escribir otra página más en su existencia.
Las campanadas en la torre de la iglesia sirvieron para que la mayoría de los
ahí reunidos se percataron que amanecía en el nuevo día. La misa primera se iba
a celebrar en media hora y muchos deseaban ir a la misa de alba en su pueblo,
porque el trabajo y otras formas de vida no les permitían hacerlo.
En pequeños grupos la gente comenzó a dejar el salón; a las seis de la mañana
todos lo habían abandonado. Únicamente los músicos y sus ayudantes trabajaban
desconectando aparatos, luces, desbaratando el escenario y sacando mil cosas a
sus camiones que estaban estacionados frente a la puerta de salida a la calle
Refugio Reveles, poco a poco recibían un montón de cables, cajas, bocinas,
reflectores y un sinfín de utilería.
Los festejados en su mayoría habían subido a sus habitaciones; hoy era domingo;
podían descansar hasta el medio día, para luego prepararse y participar del Acto
Protocolario.
Sería en los corredores de la Escuela Primaria “Miguel Hidalgo” y se les había
notificado la presencia de Autoridades civiles y Educativas.
Continuará...
Esta tarde avanzó aceleradamente. Manuel
llegó a su casa y la encontró toda revuelta y con mucha actividad.
Algunos de sus nietos comían en la cocina, otros se cambiaban de ropa y zapatos;
los dos baños estaban ocupados y aun faltaban cuatro personas de meterse a la
regadera.
La esposa de Manuel le invito para que comiera algún bocado allí mismo en el
desayunador acompañando a los chicos.
-Sí, aceptó Manuel- ya es tarde y siento hambre; dame cualquier cosa no muy
pesada porque voy a darme un baño enseguida.
Una ensalada con pollo te caerá bien; mira, aquí están los platos y los
aderezos. Acá hay panes o galletas. Siéntate; hay tiempo suficiente para que
comas en calma.
-Así lo hizo Manuel. Se sirvió una buena porción de esa rica ensalada que con
cierta frecuencia preparaba su esposa. La fue degustando tranquilamente;
saboreando cada uno de los ingredientes frescos y bien sazonados.
Bajaron sus hijos ya vestidos y se sentaron para acompañarlo; tampoco había
comido y ya eran las siete de la tarde.
-Hola, papá, ¿te preocupa el evento de hoy?
-No, muchachos, creo que todo quedó listo hace una hora. Ya todos los invitados
se encuentran eleganteándose para lucir despampanantes en la noche. Ustedes
también lucen bien; vamos a estar contentos toda la familia y los que asistan al
baile. A propósito, Omar, ¿Estás listo para proyectar el documental que
preparaste con las imágenes y textos que seleccionamos?
-Todo listo, papá. Creo que les va a impactar a tus muchachos recordar esos
momentos que vivieron en su infancia y las primeras diabluras de su
adolescencia. Espero que a todos les resulte agradable. Prepare las once copias
que me encargaste, tú me indicas en qué momento se las entregamos. Yo creo que
cuando termine la primera etapa de la procreación, para que no se tomen la
molestia en solicitarlas.
- Qué bien, ojalá y de verdad les guste tu trabajo. Está de mucha calidad y su
contenido es el que pretendíamos ¿Verdad?
El tiempo siguió avanzando. A las ocho y treinta. María, Carlos y Manuel ya
esperaban a sus compañeros en las instalaciones del salón. Este lucía flamante.
Majestuoso y con un toque fantástico donde luces y ornamentación artificial
transportaban al disfrute y la añoranza.
Las personas comenzaban a aparecer tanto del interior del Hotel como por la
puerta que da a la calle Iturbide. A las nueve de la noche en punto se abrirá el
evento con la magistral interpretación de un arreglo especial de la Marcha de
Zacatecas, la Canción Mixteca, el Ausente, el Rey, otras nostálgicas melodías
que arrancaran los aplausos de los asistentes y porqué no, también algunos
suspiros y una que otra lagrima que el recuerdo de algo tierno y hermoso la hizo
llegar y rodar por la mejilla de esa persona sensible y romántica.
La fiesta comienza, se vive, se disfruta. Se mete por los poros de la piel y
taladra las fibras de los corazones. Ahí quedara prendida. No se va a escapar
porque los festejados no lo desean.
Hacen el firme propósito de que esta noche se vaya con ellos; perdura para el
resto de sus existencias en otros lugares, con otras gentes, en otros momentos y
sobre todo con sus seres más queridos.
Una pantalla se ilumina en la penumbra del salón. La Orquesta se calla. Comienza
el tema “Amigo” en el sonido de la proyección y se va conformando con caracteres
que van apareciendo saliendo de diferentes ángulos letras gigantescas que
llenando la pantalla forman la leyenda: “BIENVENIDOS, INTEGRANTES DEL GRUPO DE
LOS ONCE” ¡DISFRUTEN!
CONTINUARA…
Unos minutos después se incorpora la esposa de Casimiro; otra
vez se dieron las presentaciones por parte de los caballeros. Solicitaron
bebidas para los cuatro, entablando una charla más de compromiso que con
espontaneidad e interés sobre algún tema propio de su estancia en Tepetongo.
Aunque desde el comienzo y con un marcado interés, Casimiro deseaba entender lo
que platicaban Justino y Manuel para que éste se despidiera rubricando como lo
hizo la charla con aquél, nunca encontró la disposición de su excompañero para
aclarar ningún punto de su charla; por el contrario, propiciaba que se hablara
de cosas triviales, de cosas simplemente. Una hora más o menos duró la
convivencia de las dos parejas. Las señoras, a diferencia de otras, hacían
comentarios fríos de algunas cosas que eran novedad aquí en la tierra de sus
esposos; se planteaban interrogantes sobre ciertos comportamientos y formas de
ser y actuar de los anfitriones.
Ojalá que el baile resulte bonito y agradable; creo que es el último evento
social que está preparado ¿Verdad?
Así, lo hicieron saber ayer por la mañana en el almuerzo; por cierto, María de
Jesús, ¡Qué ricos platillos! ¡Que bien ambientado el lugar! ¿Verdad?
Así es, Chela, los muchachos, como ellos se hacían llamar, que son los
anfitriones y organizadores se vienen sacando diez en todo, ¿le parece?
Por eso pienso que el baile va a estar de gala; a propósito, “muchachos”, creo
que es hora de ir a nuestras habitaciones y comenzar a prepararnos. Debemos
bajar guapísimos todos esta noche.
Así va a ser, mujer, aclaró Casimiro pero debemos comer algo antes para aguantar
los pasos dobles, danzones y jarabes que nos esperan. Yo invito la comida; vamos
a ver que lugar nos recomienda el hotel para que vayamos los cuatro.
Y salieron del pequeño bar para dirigirse a la recepción donde hablaron algo con
la chica en turno y se dirigieron a la salida.
Acá en casa de Carlos, a donde se vino Manuel, María, trabaja con entusiasmo,
caracterizando unas botellas de tequila, unos personiticadores en los
respectivos centros de mesa. Todo, utilizando flores y elementos naturales, muy
propios y sobre todo originales.
Nada más los once centros de mesa de los “exs” llevan personificador, aclaro
Manuel al ir entrando al zaguán de la casa de Carlos.
Están bellísimos, Manuel, muy “a doc”, se expreso Carlos cuando retocaba con
algunos brochazos de barniz pequeñas cosas.- Mira ¿Qué te parecen?.
¡Excelentes!, Carlitos, muy elegantes; cual debe ser, les felicito muchachos.
A ver, repasemos todo y veamos qué es lo que nos faltaría preparar…
Bueno, muchachos, estamos libres hasta las nueve de la noche, hora en que nos
encontraremos en el “Salón Tepetongo” para disfrutar ahora sí; todo mundo a
compartir con sus familiares y amigos esta noche.
Manuel se despidió con un ademan de su brazo y mano derecha cuidando que sus
dedos formaran la V de la victoria, rasgo que siempre caracterizaba sus
despedidas.
Al encaminar sus pasos por la calle de abajo que le conducía al andador que
cruzaba el rio y lo conectaba al barrio donde se ubicaba su casa, comenzaba a
evaluar los acontecimientos que se habían sucedido desde la noche del viernes
cuando fueron arribando a Tepetongo, cada uno de los integrantes del grupo de
los once. Se había dado hasta hoy una verdadera interacción de visitantes y
anfitriones en cada uno de los eventos formales e improvisados. La camaradería
afloraba en las sonrisas y muestras de afecto que recíprocamente disfrutaban
todos.
El baile de hoy sería la culminación de los eventos sociales en este encuentro.
El protocolo y el acto formal se llevaría acabo el día siguiente del baile en
los corredores de la escuela primaria “Miguel Hidalgo”.
Estaba preparado un acto con la presencia de las Autoridades Civiles y de
educación en el Municipio. ¿Cuál sería el programa? Ninguno de los visitantes lo
conocía. Los anfitriones tan solo les habían solicitado presentarse puntuales y
levando consigo algún obsequio material para entregarlo a la Institución
Educativa…
CONTINUARA.
Llego a mi vida, y todo fue distinto; el
amor que nos tuvimos culmino en nuestro matrimonio una nueva vida plena de
felicidad de tranquilidad espiritual y porque no decirlo, también nuestra
economía se multiplicaba con los ingresos de los dos. Antes de tener hijos,
iniciamos un negocio y nos fue muy bien; logramos reunir un capital que nos
permite desde entonces hacer una vida sin problemas económicos. Tenemos tres
hijos que continúan trabajando el negocio de la familia; nosotros ya no estamos
al frente de la empresa; viajamos con frecuencia a Guadalajara, de allá es mi
esposa, y vigilamos algunas inversiones que tenemos en esa ciudad.
Por todo esto, Manuel, mi vida está hecha allá; mi esposa y mis hijos lograron
arrancarme definitivamente de esta tierra, a la que no me ata sino recuerdos
ingratos, recuerdos de sufrimiento y de ganas de olvidar. Mira, hasta mis
padres, que ellos si añoraron siempre volver a morirse en su tierra, no lo
pudieron hacer; allá se quedaron los dos; allá murieron y ninguno de los
familiares quisimos traerlos y enterrarlos aquí en su terruño. Por eso, Manuel,
¿Aqué venir a Tepetongo?. Mis hijos nunca han querido conocerlo, mi esposa no
tiene aquí nada ni nadie que digamos, le atraiga, nada, nada. Y yo, pues ya te
dije mi forma de pensar. Ahora solamente vinimos por curiosidad de ver, después
de cincuenta años, como se encuentran los del grupo. Estamos felices, Manuel,
muy contentos de encontrarnos aquí en esta tierra el grupo que de niños nos tocó
compartir nuestra infancia en los hogares, la escuela y el trabajo que tu ya
sabes.
Oye Justino, unas preguntas más: ¿No recuerdas con nostalgia aquellas vivencias?
¿Las primeras muestras de amistad? ¿Un primer amor? ¿Juegos de adolecentes o
algunas cosas bonitas aquí en Tepetongo?.
Sinceramente no, Manuel, aunque como ya te dije, lo bueno y hermoso de mi vida
lo encontré allá en los Estados Unidos. Esa es la razón por la que nunca volví a
Tepetongo. Ahora que termine este encuentro. Yo me voy y se que tal vez nunca
volvamos a vernos aunque la ganancia que todos nos llevamos es, que ahora vamos
a comunicarnos con más frecuencia, y a lo mejor, quienes radicamos en el país
del norte, podamos visitarnos o reunirnos pretextando alguna razón; puede ser
que así suceda, pero volver a Tepetongo no creo que se repita, Manuel.
¿Y si nos comprometemos y repetimos este encuentro de los once cada año por
estas fecha? ¿No te gustaría?
Si, si me gusta la idea, pero, ¿tu crees que será posible?
¿Se repetirá el entusiasmo, la curiosidad, o lo que tu quieras para venir cada
año? Piensas tú, ¿Cuántos podrán volver el próximo junio? Tendremos la salud y
el estado de animo para volver a encontrarnos?
Bueno, ahora estoy pensando que pudiera ser en otro lugar de México, o porqué
no, allá mismo en alguna ciudad de Los Estados de California, Chicago, Nevada
etc. donde todos, si así lo acordamos estuviésemos de acuerdo en localizar una
ciudad sede para el, o los próximos encuentros ¡Tu que opinas, Justino?
Mira, Manuel, piensa tú que soy apático, egoísta o antisocial; no se, yo me
considero ahora un hombre de negocios, y los paseos como que no me atraen; pero
fíjate, yo, te lo digo así, yo acepto y cumpliré con los acuerdos del grupo
¿Saben todos esta propuesta que me haces?. No Justino, que va, esto que
platicamos ahorita es nada más entre los dos; ahora que si te parece, lo
comentamos con todos en algún momento oportuno. ¿Tu me apoyas?
No, Manuel, yo acepto cualquier compromiso que resulte del grupo. Plantéalo
cuando consideres oportuno y ya sabes cual es mi decisión.
¡Hola! Muchachos, ¿Alguna conspiración? Yo le entro. Díganme ¿que tengo que
hacer?
Nada, Casimiro, ¿Cómo estas? ¿Ya platicaste con Justino? Ahí te lo encargo y
levántale los ánimos que Tepetongo lo puso demasiado pesimista.
¿Qué paso, Justino? Venimos a Tepetongo a gustar, a estar alegres, a recordar
cosas bonitas, a convivir y revivir todo lo pasado en cincuenta años que
llevamos aquí en los hombros a cuestas.
¡Ándenle! Vénganse, vamos a tomar una cerveza aquí mismo en este bar, véngase
señora acompañe a su esposo con un refresco. Ahorita viene mi señora para estar
los cuatro; todavía faltan algunas horas para el baile, y mientras podemos
pasarla juntos.
Era curioso, la esposa de Justino, que parecía una mujer con preparación
académica, de buena educación y de apariencia refinada, no pronunció palabra
alguna durante los cinco minutos que hablaron Justino y Manuel; ahora tampoco
habló nada. Simplemente camino tomada del brazo de su esposo y se sentaron los
tres en torno de una mesa que daba vista a la calle principal de Tepetongo.
Y ya de regreso, mi papá cortaba un buen
montón de leña de mezquite y de huizache; nos hacía enormes tercios que nos
echaba a la cabeza y ¡Ahí! Veníamos por esos callejones. Yo creo que mi cabeza
se me aplastó desde entonces. Mira, está bien plana de aquí de arriba.
Fueron muchos años de trabajo rudo de trabajo rústico porque no había de otra.
Recuerdo cuando llegaba la temporada de las aguas, hasta se le enchinaba el
cuerito a uno, no más de pensar en todo el trabajal que teníamos que hacer.
Cuando caían las primeras tormentas y se mojaba la tierra en las parcelas ¡Ay
Dios mío! Nos sacaban de la escuela. Íbamos a recoger las yuntas de mulas, allá
en la manga de Santa Elena y a traerlas a los corrales de la casa, teníamos que
echarles de comer mañanas y tardes. Luego revisar todos los aperos:
guarniciones, collares, arados, balancines, palotes, riendas. Todo, y si había
algo descompuesto, pues a repararlos a como diera lugar. Era cosa de días para
salir a las siembras.
Yo me acuerdo clarito que había un día señalado para salir todos a sembrar. Ese
día parecía un desfile de yuntas y de hombres; burros cargando los costales de
semilla y a los sembradores, que éramos todos los chiquillos del pueblo. El
desfile comenzaba desde las siete de la mañana y salían las formaciones por los
cuatro rumbos del pueblo. Unos por el Ojo de Agua, otros acá para El Mirador,
muchos allá para Gurupato y algunos por el rumbo de La Joya.
Gritos de hombres arriando las yuntas; sonar de cadenas como campanas de
navidad; rebusnidos de burros por todos lados, ladridos de perros y caminar
rumbo a las parcelas. Luego todo quedaba quieto en el pueblo. Mañanas mojadas y
silenciosas abrigaban a las mamás en las cocinas de todas las casas, ellas junto
con sus hijas comenzaban desde muy temprano a cocinar los alimentos que luego
llevarían a los hombres que trabajaban sembrando enormes extensiones de tierras
de labor.
A las nueve de la mañana comenzaba otro desfile; ahora eran las mujeres que
cargando sobre sus cabezas enormes canastas repletas de alimentos y bien
cubiertas con servilletas muy blancas, caminaban en las mismas direcciones:
Gurupato, El Ojo de Agua, El Mirador y La Joya. Allá llegarían después de las
diez de la mañana, hora en que los hombres paraban las yuntas en una cabecera de
la parcela y luego se reunían todos bajo la sombra de un mezquite; era la hora
del almuerzo. Bendito momento, Manuel, ¡Qué ricos taquitos sudados! ¡Qué sabroso
atole blanco con piloncillo o café con leche bien calientito. Esa si era vida,
una autentica y bellísima convivencia.
Después de las siembras, seguían los beneficios; repasar, deshierbar, asegundar;
luego los despuntes para que las mazorcas endurecieran y pizcarlas ahí en los
rastrojos.
Eran cinco meses de trabajo continuo, Manuel, cinco meses sin descanso, yendo y
viniendo a los potreros, desde que amanecía hasta que se perdía el sol allá por
la sierra de Juanchorrey. Y muchos nos enfermábamos del paludismo, del tifo, o
de las viruelas; nos decía mi mamá que era por tanto trabajo; que la tierra se
comía nuestras fuerzas y nos dejaba todos flacuchos y debilitados. A lo mejor
así era; yo tengo bien clarito el recuerdo de mis manos llenas de callos y mis
pies todos agrietados que a veces hasta la sangre me brotaba, y me dolían mucho
mis talones.
Yo creo que por eso nos fuimos para lo Estados Unidos, Manuel huyéndole al
trabajo y a las inclemencias de esta vida.
Mi hermano mayor fue el primero que se fue; le fue bien en aquel país y años
después se fue llevando a los demás; primero de braceros y luego de espaldas
mojadas. Pablo, Macario y Emilio ya estaban casados y así se fueron. Tiempo
después vinieron por sus familias. El sesenta y dos ya nomás quedábamos aquí en
Tepetongo mis papás, una hermana y Manuel y yo. Pero pronto nos llevaron. Aunque
mis papás no querían, mi hermano Pedro que era el mayor, preparo todos los
papeles y nos fuimos con residencia legal.
Para mi, Manuel, allá comenzó otra historia, otra vida muy diferente, en todo a
lo que estábamos acostumbrados.
Ahora teníamos una buena y bonita casa para vivir; un trabajo mas decoroso y
buen salario en dólares. Vivíamos bien. Yo reunía y ahorraba algún dinero;
aunque ya no pensaba en Tepetongo, quería hacer mi propio negocio. Lo logré.
Pero sobre todo apareció en mi vida esta hermosa mujer. CONTINUARA…
Y se fue Cecilio con su esposa y sus
hijos para el rancho de El Jomate. Si la conversación con Manuel lo hizo
recordar con nostalgia el lugar donde nació y vivió su infancia, ahora quería ir
al encuentro con aquel destino que se quedo enterrado en los barbechos y en los
arroyos y callejones. Quería compartirlo con sus seres queridos. Deseaba
escribir esas páginas que se quedaron en blanco en la historia de su vida de
pequeño.
Al momento en que Cecilio se alejaba por la calle Iturbide rumbo a los
callejones que lo llevarían a la región poniente de Tepetongo, aquí en el Hotel,
Manuel seguía su labor de supervisor cualquier detalle por insignificante que
pareciera. El quería que todos sus compañeros quedaran contentos y sobre todo
complacidos en la fiesta preparada para ellos.
¡Manuel!.- retumbó por todo el salón aquella voz tan peculiar de Justino;
descendía las escaleras que llevaban a las habitaciones y que él bajaba
salerosamente del brazo de su esposa. Manuel volteó hacia el lugar de donde
escucho su nombre y le pareció interesante ver a la pareja que descendía muy
ceremoniosamente. Vestían ropa casual pero de marca; la señora portaba un
conjunto color marrón oscuro casi llegando al cobrizo, rematado con una mascada
dorada que le caía del cuello hacia sus hombros; Justino vestía un pantalón de
corte recto beige y camisa café claro llevaba botas italianas recién compradas.
Se veían elegantes en el espacio y su presencia irradiaba felicidad y una
alegría infantil.
Se están sacando un ocho, Manuel, yo no me imaginaba venir a mi tierra y
saborear este ambiente tan agradable, tan bonito, tan lleno de amistad y
compañerismo !Que bueno!, Manuel, estamos muy contentos mi esposa y yo, al igual
que todos los del grupo.
Gracias, Justino… todo esto es de nosotros, es nuestro
encuentro, y deseamos disfrutarlo de la mejor manera. vengan, vamos aquí al bar,
tomemos una soda, y platicamos unos momentos, si es que disponen de tiempo ¿les
parece?.
¡Claro!, vamos a platicar de tanto que tenemos que recordar y compartir.
Avanzaran cinco o seis pasos del salón y ya se acomodaban en la primer mesa del
pequeño bar, que se encontraba en el mismo vestíbulo del edificio.
¿Cuántos años hace que te fuiste de Tepetongo, Justino? Y ¿Cuál fue el motivo de
tu partida?. Porque igual que yo, todos los del grupo desaparecimos de este
pueblo allá por los sesentas; unos primero, otros después; años más, años menos.
Yo por ejemplo regrese a Tepetongo el sesenta y dos, y ya casi todos se habían
ido; cada uno con el rumbo que escogió, pero todos estaban fuera.
Efectivamente, Manuel, bien recuerdo que tú al salir de la escuela aquel verano
del cincuenta y nueve te desapareciste; luego supimos que estudiabas allá en la
ciudad de Chihuahua, en una escuela Normal para maestros. Fuiste el único del
grupo que tomó ese camino, después ya no supe que fue de ti.
Yo, continué dos años mas aquí en Tepetongo, dedicado con mi padre y mi hermano
al trabajo del campo: sembrar, cortar leña, cuidar animales, ir y venir todos
los días al potrero. Mi padre fue un hombre muy trabajador, muy matado y, bueno,
así quería que fuéramos nosotros. Recuerdo que desde antes de salir de la
escuela todas las tardes nos íbamos hasta el potrero de las Cruces. Allá
teníamos unas hectáreas de terreno y todo el año trabajamos, limpiándolo de
breñas, piedras, levantando portillos en los lienzos, limpiando el estanque.
Continuara. . .
Quiero que mis hijos y mi esposa juntos
conmigo recorramos esos caminos llenos de lodo en esta época; que pisen las
yerbas que crecen en los barbechos; que vean los nopales con tunas y los
mezquites llenos de frutos. Y luego que lleguemos al Jitomate, recorramos las
veredas que llevan a las poquitas casas, ahora en ruinas; me dicen que todo está
acabado; que las casas se cayeron de tristeza por el abandono en que las
dejamos. No me importa; yo quiero que mi esposa y mis hijos conozcan la casa de
sus abuelos de acá, de mi tierra. Yo creo que puedo todavía enseñarles los
cuartos que tenía nuestra casa; y hasta decirles donde dormía yo; donde jugaba.
Y luego la cocina con su chimenea donde su abuela todas las mañanas reavivaba
las brazas que se conservaban en la ceniza y con pequeñas astillas comenzaba la
lumbre donde muy temprano empezaba a preparar nuestros alimentos: frijoles,
chile, tortillas del comal y leche recién ordeñada; bien espumadita nos la daba
a tomar en jarros de barro. Esa fue mi vida allá en el rancho del Jitomate, casi
pegadito a la Joya.
Cuando ya crecimos mis hermanos y yo, pues tuvimos que venirnos al pueblo para
ir a la escuela y terminar la primaria. En el rancho nomás había hasta el tercer
año. Llegamos a Tepetongo y mi papá rentó una casa que está por la salida a el
Salitral; creo que el dueño se llamaba Don Pastor.
Y comenzamos a ir a la escuela que estaba en la misma cuadra de mi casa. Algunas
de mis hermanas las pusieron en terceros a otras en cuarto año; a mi también me
mandaron a ese grado y mi hermana la mayor se fue a quinto.
Mi papá ya no volvía a asomarse para el rancho; menos a la parcela que después
de dos o tres años se llenó de breñas y de piedras en montón a la primera salida
de “braceros” mi papá se fue para los Estados Unidos. Allí comenzó otra forma de
vida: nos quedamos al cuidado de mi mamá que era todo en nuestra casa. Ella
administraba los pocos dólares que mandaba mi papá cada dos o tres semanas. Ella
nos mandaba a la escuela todos los días por la mañana y por la tarde. Ella
tomaba las decisiones que fueran necesarias.
El tiempo fue avanzando mis hermanas mayores se fueron casando y formaron su
propia familia; mi papá se acostumbró tanto a irse de braceros, que ya casi todo
el tiempo se la pasaba trabajando en el Norte para poder mantenernos; yo creo
que más que todo, un pretexto para irse a la aventura, decía él. Cuando yo salí
de sexto grado, sentía ganas de seguir estudiando. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Con qué?
Nunca encontré respuestas a cada una de mis dudas.
Mi papá en una de las veces que vino a la casa me dijo: pos si quieres venirte
conmigo, yo veré cómo te paso p´al otro lado. No lo pensé mucho. ¿Qué podía
pensar un muchacho de quince años en un pueblo donde todos los hombres se iban
de braceros? Aquí no habrá donde trabajar, donde ganar un peso para costearse
sus propias creencias. No me quedó de otra y me fui con mi papá a los Estados
Unidos ya los dos allá, mi papá empezó con la idea de llevarse a la demás
familia. ¿Cómo? Muy fácil; se desertaba de bracero y nos íbamos a una ciudad a
trabajar, ya no en el campo, ahora pudiera ser en una fábrica, en un restaurante
o en la construcción.
Lo pensamos unos cuantos meses y ya con un ahorritos que habíamos hecho, nos
llevamos a la familia toda; mi mamá y tres hermanas mas pequeñas que yo.
Así continuaba nuestra vida migratoria; primero del rancho al pueblo; luego del
pueblo a otro país aunque fuera de ilegales; refundidos en una ciudad
desconociendo idioma, costumbres, formas de vida y sobre todo con la zozobra
siempre de ser detenidos y reportados.
Fueron muchos años, Manuel, Muchos años de sortear la justicia y las leyes de
aquel país; luego vienen los cambios y me caso. Una excelente mujer se convirtió
en mi esposa y la madre de mis hijos. Vino la calma y una vida más placentera.
Aunque mí esposa es mexicana, a ella le tocó nacer allá, igual que ahora sus
hijos, nuestros hijos. Ellos se dicen y se sienten americanos, y si, lo son por
haber nacido en el suelo de aquel país. Pero sí son hijos de mexicanos, ellos,
por sólo ese hecho y de acuerdo a nuestra constitución, son “Mexicanos por
Nacimiento”. Es decir: “Mexicanos hasta las cachas” con gorra y con guaraches.
Aunque no les parece, y aunque les duela, son tan mexicanos como esos nopales
llenos de tunas y esos mezquites que nos dan sus vainas para masticarlas. Es
triste, muy triste pensar y sabe que nuestros hijos no acepten su origen; que se
avergüencen de la tierra de sus padres…
Continuará…
Y mientras Manuel continuaba verificando
hasta los mínimos detalles para la celebración del Baile de Generación, afuera
del salón todo era monotonía y vida apacible y pueblerina.
Manuel observó antes de salir del Salón Tepetongo, todo el escenario: un pequeño
estrado para la colocación de la orquesta a sesenta centímetros del piso; once
mesas para veinte personas dispuestas estratégicamente todas frente al Grupo
Musical y colocados en sus centros una personificador en cartulina blanca:
María, Felipa, Delia, José, Casimiro Justino, Venancio, Carlos, Víctor Y Manuel.
“El Grupo de los Once”, pensó Carlos para sus adentros, y al regresar ya para
salir por la principal, escucha voces por las escaleras y voltea para
cerciorarse de quien se trata.
Es Cecilio y su familia que vienen haciendo comentarios muy propios de cosas,
cosas y lugares de Tepetongo.
Hola ¿cómo la están pasando?- veo que van de paseo. Esta bien, aún es temprano.
-Vamos al Rancho, Manuel. Quiero que esta mujer hermosa que es mi esposa y estos
chicos, parte de un ejército, vean y conozcan mi tierra. Que sepan dónde y cómo
nacimos a ala luz de este sol de veranos allá en los potreros donde solamente un
mezquitito nos daba su sombra.
-Quiero ir a caminas con mi esposa y ms hijos os barbechos, las parcelas donde
quedaron las huellas de mis pies descalzos cuando acompañado por mi padre, él
llevaba la yunta que jalaba el arado de ala para abrir el surco y yo detrás
echando los granos de maíz y de vez en cuando unas semillas de calabaza, la
tierra calientita acariciaba mis pies y los cobijaba cuando pisaba el bordo del
surco. Y luego, a media mañana, veíamos, con un gusto grandote como el cuamil,
venir a mi mamá y las muchachas con canastas sobre sus cabezas. Era el almuerzo;
los manjares más ricos de toda la comarca. Mi mamá llegaba hasta el mezquite que
había arecido en la cabecera de la parcela; extendía un enorme mantel en el piso
de tierra comenzaba a sacar las cosas de las canastas. Allí almorzábamos todos;
sentados a la sombra del frondoso árbol que mi papá había venido cultivando
hasta hacerlo como un paraguas; el follaje y las ramas bien redonditas; como
para guarecernos del sol y de las lluvias en esta época.
Descansábamos un poco rato allí, todos juntos, luego mi mamá recogía las cosas;
nos echaba en un morral los alimentos que sobraban y lo colgaba de una rama. En
la tarde calentaríamos aquello para aguantar hasta el oscurecer sembrando la
parcela.
Y mientras las mujeres bajaban al arroyo, a lavar donde habíamos almorzado, mi
papá y yo regresamos a los surcos. El trabajo de la siembra duraba dos semanas,
pero cuando sembrábamos la última siembra ya las primeras siembras se ponían
para el repaso. Y comenzábamos de nuevo a zurcar aquellas tierras; mi papá con
su yunta y yo detrás desenterrando cañitas o arrancando hierbas malas. Otras dos
semanas de repaso a la milpa, y luego viene el asegunde, ese es más rápido y lo
hacía ya solo mi papá. Para esas fechas, un mes y medio después la milpa ya
había alcanzado casi medio metro de altura en algunas partes. Había pedazos de
milpa que llegaban ya hasta el metro cuando andaban asegundándola.
Yo me quedaba en la casa y ayudaba a mi mamá a ordeñar las vacas; llevarlas al
potrero y llevarle su almuerzo al viejo que andaba a vuelta y vuelta sin parar
toda la mañana.
Yo les platico a mis hijos todo esto, Manuel. Ellos no me creen; dicen que lo vi
en una película mexicana de rancheros ¿Cómo vez? Me da lástima lo que hemos
hecho de nuestra historia de lo que somos nosotros.
Por eso quiero llevarlos al racho…
ContinuaráY mientras Manuel continuaba verificando hasta los mínimos detalles
para la celebración del Baile de Generación, afuera del salón todo era monotonía
y vida apacible y pueblerina.
Manuel observó antes de salir del Salón Tepetongo, todo el escenario: un pequeño
estrado para la colocación de la orquesta a sesenta centímetros del piso; once
mesas para veinte personas dispuestas estratégicamente todas frente al Grupo
Musical y colocados en sus centros una personificador en cartulina blanca:
María, Felipa, Delia, José, Casimiro Justino, Venancio, Carlos, Víctor Y Manuel.
“El Grupo de los Once”, pensó Carlos para sus adentros, y al regresar ya para
salir por la principal, escucha voces por las escaleras y voltea para
cerciorarse de quien se trata.
Es Cecilio y su familia que vienen haciendo comentarios muy propios de cosas,
cosas y lugares de Tepetongo.
Hola ¿cómo la están pasando?- veo que van de paseo. Esta bien, aún es temprano.
-Vamos al Rancho, Manuel. Quiero que esta mujer hermosa que es mi esposa y estos
chicos, parte de un ejército, vean y conozcan mi tierra. Que sepan dónde y cómo
nacimos a ala luz de este sol de veranos allá en los potreros donde solamente un
mezquitito nos daba su sombra.
-Quiero ir a caminas con mi esposa y ms hijos os barbechos, las parcelas donde
quedaron las huellas de mis pies descalzos cuando acompañado por mi padre, él
llevaba la yunta que jalaba el arado de ala para abrir el surco y yo detrás
echando los granos de maíz y de vez en cuando unas semillas de calabaza, la
tierra calientita acariciaba mis pies y los cobijaba cuando pisaba el bordo del
surco. Y luego, a media mañana, veíamos, con un gusto grandote como el cuamil,
venir a mi mamá y las muchachas con canastas sobre sus cabezas. Era el almuerzo;
los manjares más ricos de toda la comarca. Mi mamá llegaba hasta el mezquite que
había arecido en la cabecera de la parcela; extendía un enorme mantel en el piso
de tierra comenzaba a sacar las cosas de las canastas. Allí almorzábamos todos;
sentados a la sombra del frondoso árbol que mi papá había venido cultivando
hasta hacerlo como un paraguas; el follaje y las ramas bien redonditas; como
para guarecernos del sol y de las lluvias en esta época.
Descansábamos un poco rato allí, todos juntos, luego mi mamá recogía las cosas;
nos echaba en un morral los alimentos que sobraban y lo colgaba de una rama. En
la tarde calentaríamos aquello para aguantar hasta el oscurecer sembrando la
parcela.
Y mientras las mujeres bajaban al arroyo, a lavar donde habíamos almorzado, mi
papá y yo regresamos a los surcos. El trabajo de la siembra duraba dos semanas,
pero cuando sembrábamos la última siembra ya las primeras siembras se ponían
para el repaso. Y comenzábamos de nuevo a zurcar aquellas tierras; mi papá con
su yunta y yo detrás desenterrando cañitas o arrancando hierbas malas. Otras dos
semanas de repaso a la milpa, y luego viene el asegunde, ese es más rápido y lo
hacía ya solo mi papá. Para esas fechas, un mes y medio después la milpa ya
había alcanzado casi medio metro de altura en algunas partes. Había pedazos de
milpa que llegaban ya hasta el metro cuando andaban asegundándola.
Yo me quedaba en la casa y ayudaba a mi mamá a ordeñar las vacas; llevarlas al
potrero y llevarle su almuerzo al viejo que andaba a vuelta y vuelta sin parar
toda la mañana.
Yo les platico a mis hijos todo esto, Manuel. Ellos no me creen; dicen que lo vi
en una película mexicana de rancheros ¿Cómo vez? Me da lástima lo que hemos
hecho de nuestra historia de lo que somos nosotros.
Por eso quiero llevarlos al racho…
Continuará
José había aceptado participar en este
encuentro y eso dejó perplejos a más de tres; todos tenemos una idea más o menos
precisa de lo que somos tenemos y hacemos desde que cursamos la escuela
elemental; cuando sin darnos cuenta, despertamos a la etapa de las ilusiones, a
la edad de los retos y de los propósitos. Cuando nos fuimos por rumbos distintos
cada uno de los del grupo, ya estaba echada la suerte de que jamás nos
olvidaríamos; Estuviésemos en el lugar que fuere, el recuerdo de nuestra
infancia juntos siempre nos acompañaría. Y la imagen de José estaba presente en
todos: ingenuo, despistado, sarcástico; pero sobretodo el que viviera una
especia de introversión, autismo, o digamos vida aparte y solitaria. En
California, Chicago, Zacatecas o Tepetongo. José siempre tenía el mismo
comportamiento; permanecer apartado e indiferente al mundo de todos. Él solo en
los patios de recreo; él participando en los juegos de beisbol indiferente y
apartado. José caminando solo por sus potreros, buscando portillos en las
cercas. José allá en la casita de las peñas, encerrado en sus ideas de la vida y
de la existencia. José acá en los corrales de su casa, hurgando los rincones y
viviendo fantasías que lo dejaban agotado y triste al sentirse otra vez en su
precaria vida carente de un propósito firme y decidido. Y así se fue con esas
manifestaciones y comportamientos para algunos, tal vez no se hayan vuelto a
encontrar; para otros ha sido más frecuente el trato y siguen viviendo en el
momento de lo que fue cincuenta años antes. Por eso no me parece extraña la
actitud que hoy, a un día de la gran convivencia él esté solo allá en la puerta
de servicio, fumando y esperando que alguien se lo lleve. Así es, aparece Jesús
sonriéndole burlonamente e inquiriéndole si puede acercarse al salón. José
cambia de semblante y sonriendo se encamina a su encuentro a mitad de la calle.
Se intercambian expresivas palmadas en sus espaldas como para intercomunicarse
todo el aprecio y trato especial que se tienen desde hace más de cincuenta años.
Se alejan caminando flojerosa y despreocupadamente por la calle donde está la
iglesia y más allá la plaza principal. Cruzan el jardín y antes de dirigirse a
la ½ casa de José éste le da un billete a Jesús quien lo recibe y camina rumbo
al mini súper; pide cigarrillos y 2 seises de cerveza… José ya está abriendo la
pesada puerta de dos hojas que protege el zaguán; al retirar la pesada llave,
entreabre una hoja y se introduce; Jesús hace lo propio y en menos de tres
minutos ya están en su mundo; ese mundo que los ha llevado a tener esa vida y
esta existencia que a lo mejor no se le puede llamar vida ni existencia.
Deambular, tomar cerveza, fumar otra vez volver, tomar otra vez, fumar más y
esperar… esperar ¡Que?. Que haya otro encuentro de los once para tener ese
pretexto y volver a vivir volver a Tepetongo. A esconderse en el rincón de la
puerta de tu zaguán. En fin allí estarán José y Jesús. Nombres bíblicos. Nombres
del primer plano del Nuevo Testamento…..
CONTINUARA.
Y es que José vivió una niñez algo
especial:
Hijo de padre viudo y vuelto a casar con la mamá de José y dos hermanos; uno
mayor y el otro mas chico.
Siendo aun niños, fallece su papá dejando una segunda viuda y a tres huérfanos
que sufrieron la presencia de su medio hermano mucho mayor; sintiéndose dueño de
los bienes y fortuna del papá.
José y sus hermanos tuvieron que soportar la repartición de las propiedades,
compartidas con la otra familia; esto, y la poca edad con la que contaban sus
hermanos y él, pudo afectarles emocionalmente.
La casa paterna fue dividida en dos, construyendo un muro que partió por la
mitad toda la finca. Lo mismo sucedió con los terrenos y animales que eran su
patrimonio.
Su medio hermano al tomar posesión de los bienes ocupó su parte de la casa y
comenzó con sus hijos a usufructuar los mejores potreros y ganado que tenía la
familia.
Estos sucesos cambiaron radicalmente el estilo de vida de José, su mamá y
hermanos que optaron por una marcada indiferencia hacia el patrimonio que les
quedó.
Los campos de cultivo fueron dados en aparcería y sólo se concretaban a recibir
la parte de las cosechas que de buena fe los medieros les hacían llegar a su
casa de Tepetongo.
Ni José ni sus hermanos trabajaban en nada productivo; vegetaban por la casa y
las calles sín motivo ni beneficio, su mamá conducía el hogar y los gastos de
manutención como ella podía; sin embargo llegó un momento en que los ingresos no
alcanzaban para el sostenimiento.
Fue entonces cuando José y su hermano mayor tuvieron que emigrar a los estados
unidos, dejando a su mamá y al más pequeño de sus hermanos aquí en Tepetongo.
Esto acabo de golpe la integración de su familia; los que se fueron al norte,
perdieron todo contacto con la mamá y el hermano.
Se hicieron frecuentes las visitas de la mamá de José y su Hijo con sus
parientes que vivían en el rancho allá por el rumbo de la sierra, donde pasaban
largas temporadas. Fueron años de ir y venir del rancho a su casa en Tepetongo
que lucía ya todo el tiempo sola, descuidada y en abandono.
Y José y su hermano jamás volvieron a verse por estos lugares. Se supo de que,
su mamá había enfermado y murió por allá en el Rancho, donde allí mismo fue
sepultada. Fue entonces cuando vinieron José y su hermano mayor a los funerales.
Se les vio muy poco aquí en Tepetongo; su esporádicamente aparecían los tres
hermanos en la puerta de su media casa; no hablaban con nadie. Como que no
deseaban permanecer mucho tiempo aquí.
Después de algunas semanas se les dejó de ver. Se habían regresado, ahora los
tres, para los estados unidos, de donde después de veinte años empezaron a venir
José y el chico; el hermano mayor se casó por allá y formó su propia familia.
Y José regresaba a Tepetongo, mucho tiempo después; no se sabrá cuando; su amigo
Pedro también se murió aquí. Jesús estuvo muchos años allá en el Norte donde se
frecuentaban para tomar cerveza y andar en la vagancia. Para eso trabajaron años
y años.
Jesús se vino ya viejo y solterón; comenzó a buscar, mujer y logro casarse;
procreo dos hijos y seguía tomando cerveza hasta embriagarse; lo hacía con mucha
frecuencia y descuidaba la atención de su familia.
Su esposa murió joven y le dejó a sus hijos ya casados. Ahora Jesús sigue
emborrachándose. Dice que lo hace de tristeza, al verse solo y olvidado por sus
hijos. Así que ahora cuando José viene a Tepetongo se juntan a convivir con la
cerveza. Lo hacen ellos solos, sin juntar a nadie.
Se arrinconan en el zaguán de la casa de José y allí se la pasan días y noches
tomando y platicando de sus vidas.
…continuara
Delia, no se puede recordar lo que nunca
sé ha olvidado, Tú y todos los que hoy estamos aquí, vinimos a revivir nuestra
infancia en la escuela, nuestro despertar a la adolescencia y partes muy
significativas de la primera juventud en nuestro pueblo. Estamos volviendo a
vivir en estos tres días aquello tan hermoso que fuimos aquí en este pueblo
donde nada pasa. Todo se queda, todo esta vivo, latente, fresquecito en cada una
de las cosas que hicimos en algún tiempo. Ahora solo pretende ocultarlas una
espesa capa de polvo que pretende ocultarlas a los extraños, pero no a nosotros
que fuimos quienes forjamos esa etapa de nuestra vida ¿verdad?.
¡Qué bonito! ¡ Que lindo, Manuel!.
Desde que llegué hoy por la mañana, me sentí invadida por muchas sensaciones;
mucha nostalgia y una enorme alegría. A casi cincuenta años de que me fui de
Tepetongo que es mi tierra.
Allá lejos, como tu dijiste en la maña encontré el amor, que nos hizo
realizarnos a mi esposo, a mis hijos y a mi. Hoy todo me queda muy claro; a
pesar de lo que logramos allá, todo nos sirvió para fortalecer nuestro origen,
nuestras raíces que nada ni nadie lograran
arrancarnos del corazón.
Por eso vinimos hoy, por eso estamos aquí en Tepetongo; para volver a vivir todo
lo hermoso que fuimos capaces de dejar aquí, no por gusto; fueron diversas
causas las que nos hicieron salir.
¡Que bonito! ¡Que hermoso! Estar de nuevo en esta tierra que engendró en cada
uno de nosotros ese inmenso amor a nuestro origen.
Gracias, Manuel, tu siempre nos das cada sorpresa. Y te lo digo en serio. Yo y
creo que todos los demás estamos siempre enterándonos lo que sucede aquí. Por
eso te digo sinceramente: este encuentro, Manuel, fue idea tuya. Todos lo
sabemos porque te hemos seguido tan cerca que estamos bien enterados de lo que
tú has logrado en este pueblo y todo de lo que has sido capas. ¡Qué bueno! Tú,
eres un hombre grandioso, y gracias a ti, muchas cosas grandes de nuestra tierra
son tu obra.
- Gracias, Delia, acepto tus opiniones porque las siento sinceras, honestas, y
Yo te felicito porque eres feliz.
La felicidad está donde vamos, donde estamos y con quien estemos. Yo quiero que
ahora, en estos tres días, estemos todos felices y seamos el reflejo de aquella
y de esta felicidad, ahora, aquí en Tepetongo, ¿Te parece?.
Ahora si me permites voy a pasar al salón quiero verificar que todo vaya como
está planeado.
- Nos vemos hoy por la noche aquí mismo, descansen y sean felices. Hasta luego.
- Al pasar Manuel al salón del hotel, le llamó la atención un hombre que
recargado en la puerta trasera, fumaba placidamente, observando las espirales
que formaba la bocanada de humo que arrojaba a intervalos y sacudía con los
dedos el cigarrillo para quitarle la ceniza.
Era José. A pesar de los años transcurridos en el extranjero, conservaba los
mismos hábitos en su forma de vestir; fumaba demasiado desde la adolescencia;
tomaba muchas cervezas por las noches, arrinconado en algún lugar con poca luz,
y hablaba lo indispensable. Solo compartía aquella forma de vida con dos amigos
inseparables: Pedro y Jesús. Ellos se identificaban en todo.
Si, tal vez Delia recordaba su infancia
y juventud transcurridas en Tepetongo, mucho tiempo atrás.
Ella y la mayoría de sus hermanos habían nacido en este pueblo, que por azares
de la vida trajo a sus padres, a tres de sus hermanos mayores que ella a vivir
aquí.
Vivieron épocas difíciles en la década de los cuarenta. Su papá fue maestro
rural en algunas comunidades del municipio.
A lo mejor a Delia nunca le contaron de esos tiempos y las penurias que enfrentó
su familia aquellos años. A ella le tocó la suerte de nacer y vivir en el seno
de una familia de clase media alta donde ya nunca les faltaba sustento casa y
vestido para ella y sus hermanas.
Delia y sus hermanos más pequeños cuando nacieron, ya eran los hijos del Doctor,
un hombre que abandonó su carrera de profesor rural, para prepararse
autodidactamente en algunos libros de medicina y ya comenzaba a curar primero en
Buenavista y luego aquí en Tepetongo y la región donde no existían servicios
médicos de ninguna clase y el señor supo capitalizar esa situación que
prevalecía. Comenzó a venir al pueblo los fines de semana y en casas de algunos
conocidos comenzó a dar consultas y recetar medicamentos.
Buena preparación, o buena estrella, o las dos cosas hicieron que en muy pocos
años la fama del buen Doctor de Tepetongo corría como el agua de un río, y
muchas personas demandaban a diario sus servicios.
El tiempo transcurrió muy rápido, y el señor se jactaba de ser un buen médico.
Adquirió una buena casa donde su numerosa familia ya disfrutaba las primicias de
su trabajo.
Y allí transcurrió la infancia de Delia, la hija del Doctor. Bien vestida, nunca
tuvo hambre- cosa muy común en casi todas las familias de Tepetongo- Ella y sus
hermanos convivían con los niños de las mejores familias (muy pocas en el
pueblo) y formaban un pequeño circulo o highclass como se diría en estos
tiempos.
Y esa forma de vida con todos sus aconteceres, viscicitudes, alegrías y
sinsabores cobraba vida ahora en este momento al estar sentada allí en esa
pequeña sala del Hotel acompañada de sus dos hijos.
Sí Delia platicara con ellos aquella historia, nunca lo creerían. Los chicos
eran hijos de padre americano y les toco nacer en un país de primer mundo con
todas sus tecnologías, adelantos y formas de vida muy distintas a las que vivió
su mamá en Tepetongo cincuenta años atrás.
Ellos venían a este pueblo ignorado por aquella sociedad, pero en el que su mamá
dejó escritas muchas paginas de su historia; una historia muy lejana ya, pero
nítida viva en sus recuerdos y en su corazón.
Y Delia sabia muy bien que a pesar de que ella se había ido de Tepetongo en
plena juventud, cuando el amor llega y se queda como tatuaje en un corazón
abierto a la vida, ese tiempo, esa etapa de su existencia estaba aquí: en los
corredores de la escuela; en los balcones de su casa o en las sombras de los
árboles del pequeño jardín, allí a escasos cincuenta metros de su hogar y en el
que tarde por tarde cuando fue niña tiraba los ecos de sus risas y sus gritos de
adolescentes rebotaban entre los troncos de los viejos fresnos, truenos y
jacarandas.
Y luego la primera cita, cuando en la algarabía de todas las muchachas que
jugaban y se divertían corriendo y saltando se dio cuenta de que allí estaba El.
Protegido en el arbotante de cantera que remataba ka esquina del balaustrado. Su
mirada le decía muchas cosas bonitas y ella las sabía descifrar con toda su
certeza.
Después de tres noches El se decidió abordándola así: sorpresivamente, pero con
la mayor sutileza para no causarle desagrado, ni molestia. Se paró frente a Ella
y la miró otra vez . . . tiernamente, limpiamente, con amor…
-¿Disfrutando de esta hermosa tranquilidad?- Inquirió Manuel con un tono de voz
suave y cadencioso, que en esos momentos subía lentamente las escaleras de
acceso.
-Hola, Manuel, vente, siéntate a mi lado para que me ayudes a recordar.
-Delia no se puede recordar lo que nunca se ha olvidado…
C O N T I N U A R A . . .
Y el evento se dio en la claridad y
tibieza de esa mañana de junio en aquel rinconcito de nuestra tierra, bañado por
los rayos brillantes y calientitos de un sol en el incipiente verano.
Otra vez las charlas, las anécdotas y recuerdos cobraran vida en cada uno de los
que allí se encontraban degustando y saboreando los exquisitos platillos y las
bebidas que circulaban a intervalos por la enorme mesa.
El tiempo se iba, arrastrando en su vorágine los propósitos y anhelos que todos
querían retener, aunque fuera lo indispensable como para guardarles en las
alforjas del recuerdo. Llegó la hora de salir. A las doce mediodía los
integrantes del grupo podían dedicar toda la tarde para visitar familiares,
amigos y conocidos; y convivir con ellos.
Para las diez de la noche todo estaba programado; iban a participar en el “Baile
de Generación” a donde cada uno del grupo de los Once podía llevar a veinte
invitados. La Fiesta se había planeado para doscientas cincuenta personas, y
amenizaría el evento una Orquesta de mucho renombre en el país. Para comodidad
de todos el baile era un el Salón Tepetongo del mismo Hotel.
Manuel, Carlos y María salieron en ese momento rumbo al Salón; querían verificar
que todo estuviera preparado: bebidas en la barra, mantelería, personalizadotes
y decoración del lugar y de las mesas; iba a ser un Baile muy especial, donde se
encontrarían dos generaciones de familias tepetonguenses que se habían
emparentado con otras de diversos puntos del país y también del extranjero.
La intención de los anfitriones siempre fue de que esos tres días de encuentro
entre los integrantes del grupo de los once, se vivieran a plenitud cada uno de
los actos y eventos programados.
Grata sorpresa recibió Manuel cuando al entrar al vestíbulo del Hotel se da
cuenta que Delia y dos jóvenes, que de seguro son sus hijos, descansan
placidamente en los mullidos sillones de la pequeña sala de estar.
Delia, mujer ya madura, aún conserva sus rasgos de juventud: sus ojos grandes y
de mirada inquieta, recorren sin disimular la grata impresión que le casan todas
las instalaciones del edificio, que alberga al Hotel. Es un edificio de estilo
colonial construido en dos niveles: la fachada exterior deja admirar el enorme
pórtico enmarcado e canteras blancas que juegan con los ventanales de corte
vertical que sobresalen de los balcones protegidos por enrejados de fierro
forjado. En el interior, se llega a todo un conjunto de espacios bien
distribuidos por amplias escalinatas vestidas con azulejos blancos y rematadas
también con bordes de cantera. La oficina de administración está al frente
enmarcada por una hermosa barra de caoba roja y cubierta de formaica imitación
mármol rosa; al fondo está el acceso al Salón Tepetongo; se llega a él por un
enorme cancel de aluminio y vidrio transparente. A la derecha queda el
Restaurante con otra barra de iguales características complementándola el enorme
porta copas en la parte posterior que sobresale hacia el frente del comedor
simulando una enorme visera que cobija a los que utilizan las altasillas para
estar en la barra. Un pequeño saloncito delimitado por un balaustrado de cantera
es el comedor; dos enormes ventanales dan una preciosa vista a la calle
principal, y Delia lo ha recorrido todo con aquellos ojos inquietos y vivaces.
Disfruta a plenitud su estancia en esa salita; tal vez relaciones todo aquello
con lo que fue su casa en Tepetongo durante su infancia y parte de su juventud.
No cabe duda, está recordando. . .
C O N T I N U A R A . . . .
BIENVENIDOS INTEGRANTES DEL GRUPO DE
LOS ONCE
Enmarcaba el escenario una manta muy
blanca con un letrero en tinta naranja y rojo:
Y a los extremos de la manta, dos
enormes jarrones de barro sostenían ambos arreglos florales que perfumaban y
ofrecían frescura al lugar.
El Anfitrión pasaba a los invitados y a discreción les ofrecía los lugares
dispuestos y los orientaba para que saborearan alguna bebida.
A las diez de la mañana la mesa del Bar se ocupó en su totalidad; hombres,
mujeres jóvenes y señoritas departían con una muy mal disimulada reticencia los
antojitos y bebidas allí dispuestas.
Manuel ocupo una silla del extremo de la mesa y a una insinuación de Carlos,
solicitó unos instantes la atención de los presentes:
Amigas, Amigos, y sus queridos acompañantes.
Gracias por estar aquí.
Ofrezcamos antes que nada un pensamiento de gratitud a Dios. Porque ÉL ha
permitido este encuentro de mucha significación y muchos anhelos retenidos de
los once que compartimos este almuerzo.
Hace cincuenta años que nos alejamos de este pueblo, nuestra tierra y nuestra
casa. Algunos dejamos aquí a nuestra familia: padres y hermanos nos vieron
partir. Muy diferentes causas y circunstancias nos motivaron para alejarnos. La
partida fue definitiva.
Nos fuimos cargando un equipaje repleto de ilusiones, de anhelos y muchos deseos
de que nuestra decisión y voluntad de triunfo, superara entonces, la natural
nostalgia el temor y tristeza que sentíamos al abandonar para siempre los
recuerdos de una infancia precoz y una juventud plena de los primeros amores
despertados en la escuela, en los jardines y las calles que atestiguaron el
despertar de nuestros ímpetus juveniles.
Salimos por rumbos diferentes; vivimos en cualquier lugar y de formas muy
variadas. Triunfamos: El que hacer realizado permitió que llegara a cada uno de
nosotros el amor definitivo, clamor maduro que nos ha acompañado hasta ahora,
generando la felicidad de nuestras esposas y de nuestros hijos, que muchos de
ellos nos han superado y viven ahora sus propias conquistas en el trabajo y en
sus hogares.
Por todo ello, por nuestros triunfos en la vida, y por los triunfos de nuestros
seres amaos, agradezcamos a Dios esa dicha.
Agradezcámonos las decisiones y voluntades para lograrlo nosotros.
Nuestra vida ha sido y es lucha constante que todavía reditúa frutos en cada uno
de nosotros; continuemos así; viviendo de las satisfacciones, disfrutando de la
felicidad que significa, ser y vivir a plenitud esta existencia.
Tres días es poco tiempo para recordar lo que hemos sido en cincuenta años. Tres
días son insuficientes para lograr en nuestras familias una relación de amistad
y compañerismo.
Dejémoslo así; participemos con gusto en lo que suceda estos tres días, y al
final llevémonos en nuestro corazón el resultado.
Amigas, amigos, gracias por estar aquí. Disfrutemos ahorita este almuerzo que es
de todos y para todos.
Después, vayamos guardando en nuestras alforjas todo lo que hagamos, lo que
digamos y los sentimientos que nos generen los sucesos.
Les agradezco que me hayan permitido ofrecerles estas modestas palabras.
Gracias continuara…
No era la fatiga del viaje que comenzaba
a ensombrecer los rostros. No; tampoco era el efecto de los tragos;
involuntariamente se habían detenido en ese punto, allí, frente al edificio
donde pasaron gran parte de su infancia, de su adolescencia y el despertar de
los ímpetus juveniles muchos años atrás.
-No es justo, muchachos, miren vean ese edificio; esa no es nuestra escuela; nos
la cambiaron, nos robaron aquella hermosa fachada de ventanales largos y una
puerta de entrada enorme, tan grande que nunca soñamos en alcanzar siquiera la
aldaba que cerraba las dos hojas de gruesas y carcomida madera de pino ¿Dónde
quedo todo aquello? ¿Qué le hicieron a mi escuela?
Era Víctor el que hablaba tartamudeando y con los ojos vidriosos por las
lágrimas que ya le brotaban. Era el otro Víctor, El hombre forjado en diferentes
actividades aquí en el país y en los Estado Unidos por mas de sesenta años, y
que ahora, al añorar una lejana juventud vivida en esa casona en compañía de
muchos amigos le ponía nostálgico, triste y que gracias a las copas que ingería,
los sentimientos de niño y de joven afloraban esta madrugada húmeda y tibia del
mes de junio.
Nadie pretendió turbar sus recuerdos ¿Por qué tendrían que hacerlo? Víctor hablo
por el; al hacerlo cada uno de los nueve allí parados se vieron retratados en
sus palabras, y cada uno se dejaba llevar por sus muy personales recuerdos
llenos de amor y de ternura. Por eso callaban, por eso, a mas de cuatro también
les brotaban gruesas lagrimas que enjugaban sus ya anheladas añoranzas. Por eso
se calló la música en esos momentos, necesitaban esos instantes de remembranza,
de nostalgia que revitalizara su amor escondido mucho tiempo.
Ahora podían y querían revivirlo en ese jardín que les protegió en sus diabluras
juveniles. Por eso fueron a pararse allí. Deseaban todos ese encuentro con sus
ya lejanas juventudes.
-Víctor agradeció a los músicos haber aceptado ese rato de tocada. Les cubrió el
costo y se retiraron.
-Manuel, Carlos y María, comprensivos y amables esperaban que alguno de los
visitantes expresara sus deseos de retirarse a descansar.
Las campanas de la iglesia anunciaban la primer llamada de misa. Eran las cinco
y treinta de la mañana.
-Señores, dijo Cecilio, las campanas nos llaman a descansar. Les invito a que
cada uno nos vayamos por donde vinimos; ya luego tendremos más tiempo para
continuar estas actividades tan importantes para cada uno de nosotros.
-Quienes vayan al Hotel, síganme; quienes van a sus casas, hasta pronto. Que
descansen lo mejor que puedan.
Con muchos hasta luego, el grupo se dispersó en distintas direcciones.
Amanecería el día 21 de junio del dos mil nueve en Tepetongo. Era Domingo, el
día más indicado para el descanso, el paseo y visitarse los familiares y amigos
en sus casas, en lugares de recreo colectivo.
Para nuestros personajes, el grupo de los once, el programa comenzaba a las diez
de la mañana en un Restaurante muy típico; El Pedregal, cuyo propietario era
integrante de ese grupo y se había ofrecido para ser el anfitrión del primer
evento formal del encuentro.
Se dispuso un espacio adecuado en el Bar del Restaurante uniendo varias mesas en
forma de U para que se instalaran veinticinco sillas. Al almuerzo de bienvenida
asistirían los once acompañados por su pareja u otras personas. Todos excepto
Delia tenían en su poder una agenda de las actividades a realizarse en los tres
días del Encuentro.
Faltaban quince minutos para las diez de la mañana cuando comenzaron a llegar
los invitados; para entonces el comedor se encontraba en un cincuenta por ciento
de su capacidad ocupado por clientes cotidianos, no así el bar que lucia
desierto de almorzadotes. Las mesas de los cubiertos, jarras con agua y jugos de
naranja, toronja y betabel, charolas de barro con frutas frescas picadas,
ensaladas verdes y dos o tres botaneras con cueritos curtidos, chicharrones de
cuero de cerdo y una o dos paneras repletas de pan calientito…
C O N T I N U A R A . . .
Pasaba de la media noche y los diez
amigos degustaban tragos y exquisitas botanas que se agotaban rápidamente en las
vasijas, al igual que el contenido de las diferentes botellas de licor, wisky,
cogñac y tequila.
-Señores, señoras, puntualizaron José y Casimiro poniéndose de pie y con su copa
medio llena en la mano: nosotros vamos a llegar a nuestras casas, no tenemos
necesidad de ocupar habitaciones en este hotel. Casimiro va a la casa de su tía
Isidra y a mi me espera “Chole” allá en una casona junto al jardín.
-esta bien, acepto Manuel, pero esperense un rato más. Creo que la estamos
pasando muy a gusto.
-Claro, claro que estamos muy contentos; siéntense, muchachos vamos a seguir
disfrutando la ocasión. Hablaban Venancio y Justino ya medios mareados por los
tragos ingeridos.
-Es más, aclaró Víctor muy formal ¿Quieren todos que sigamos conbebiendo? OK yo
les propongo que continuemos y luego que ya vayan a retirarse los que quieran
irse ah, pues les vamos a llevar a sus casas. Por ahora digamos ¡Salud!
-Esperenme un ratito voy al foro y regreso. Víctor también se tambaleaba al
dirigirse a la oficina del Hotel a hablar con el velador.
-Esta bien señor, no me comprometo a nada, pero voy a ver que consigo. Y salió
abotonándose la chamarra de pana azul.
Víctor pasó al Sanitario General y después de algunos minutos salio con claras
señales de haberse lavado la cara y alisado el pelo con agua y cepillo.
-¡Salud! Compañeros, que el encontrarnos ahora aquí en Tepetongo sea el
meritorio motivo para decir salud y tomando la copa vacía pidió a quien fuera
que le sirviera Tequila, si, quería saborear la bebida mexicana por excelencia
el timbre del teléfono sonaba una, dos, tres veces y nadie contestaba.
Manuel volteó hacia la recepción y al percatarse que nadie estaba allí, se
levanto rápidamente y casi corriendo cruzó el may para levantar la bocina.
-Bueno, Hotel Don Genaro a sus órdenes.
-Buenas noches, ¿Con quien desea hablar?
-Mire, el encargado del turno salió un momento, ¿Le puedo servir en algo?
-Soy Manuel Díaz.
-¡Hola, Delía! Me da mucho gusto escuchar tu voz, ¡Claro! Si, aquí estamos todos
nada más faltas tú, -¿Vienes para aca?
-Si, claro, no, no importa se los hago llegar de tu parte.
-Hasta mañana, Delia. Si a las diez en “El Pedregal”, allí vamos a desayunar
todos.
Hasta mañana, Delia.
Manuel regresa al restaurante y antes de integrarse al grupo, observa a sus
nueve compañeros: no cabe duda, a todos les ha tratado bien la vida; pasan de
sesenta años y las mujeres están bien.; un poquito sobradas de kilos pero, bien.
Los caballeros, tienen una presencia importante; a pesar de ya encontrarse
entonados, mantienen la enteresa y los buenos modales, se comportan ceremoniosos
y con altos dotes de educación y cortesía.
-Muchachos, les dice Manuel; propongo un brindis más, pero un brindis muy
especial un brindis con mucha alegría. Pongámonos de pié y digamos ¡Salud!
Porque ya estamos todos.
-Delia Casas, acababa de llamar por teléfono y les manda una saludo y un abrazo
por esta noche. Mañana se integra al grupo a la hora del Desayuno. Por eso,
amigos: Digamos ¡Salud!
¡Salud! Corearon los reunidos en torno a Manuel que mágicamente había cambiado
si estado de ánimo
¡Bravo!, Manuel, ya se te hizo eh? Nada más recibiste esa llamada y todo se
transformó en tu semblante, verdad? Muchachos. Aseguro Venancio levantando su
copa.
-Tenía que ser así, continuó en tono burlón el buen Cecilio que había estado muy
reservado en sus opiniones. Ahora si, ya tenemos las tres parejas de
ex-enamorados, aquellos que vivieron su primer amor en la escuela:
Víctor y María
José y Felipa y
Manuel y Delia ¿Qué tal, eh?
¡Bravo! y otros bravos por ustedes y por nosotros.
Todos festejaron la buena puntada de Cecilio y continuó la tormenta de tragos,
bromas y expresiones de afecto entre los presentes tan enfrascados se
encontraban en su encuentro lleno de buenas voluntades que nunca se dieron
cuenta de la presencia del grupo de tambora que ya se preparaban para iniciar su
actuación.
Se escucharon los acordes de “Mi Ranchito” y las trompetas y los tamborazos
hicieron que espontáneamente más de tres de los reunidos, aún si saber de de
donde provenía la música dejaban escapar emotivos y bien timbrados gritos de
alegría, al tiempo que se ponían de pie, alzaban sus copas y dirigían sus
miradas al lugar donde se escuchaba la tambora.
-Les invito, exclamó Víctor, les invito a que disfrutemos por las calles de
Tepetongo, vamos a llevar gallo a los que duermen, a ver si o la regamos y nos
sale un valentón
Vámonos, aceptaron todos que ya tomaban de la mesa algunas botellas de bebido y
vasos desechables. Salieron en grupo y se colocaron enfrente del conjunto
musical; comenzaron por la misma calle con dirección a la plaza principal; se
veían felices, realmente felices, a pesar del cansancio de más de veinticinco
horas de viaje por carretera. Los rostros de todos, reflejaban, alegrías
satisfacciones, y porqué no muchas emociones retenidas tal vez por más de
cincuenta años.
Vagaron por todas las calles sin rumbo determinado; fueron por los cuatro
barrios, escuchando canciones románticas, rancheras, pasos dobles, y todos los
géneros que supieron los músicos.
A las cinco de la mañana estaban felices en el jardín por el lado de la Escuela
Primaria Miguel Hidalgo que no mostraba ni un ápice de lo que fue cincuenta años
atrás.
La nostalgia comenzó a dibujarse en los rostros de los reunidos allí…
Continuará . . .
Lo hizo con el primero –soy Manuel Díaz,
habló fuerte, al tiempo que golpeaba suavemente el cristal del lado del
conductor deseando ser escuchado. El vidrio bajó hasta la mitad y el conductor
inclinándose hacia el lado opuesto para no ser alcanzado por la lluvia le
contestó:
-Yo soy Venancio, Manuel. Esperamos que calme esta tormenta para pasar.
-No es necesario esperar, sean bienvenidos; mira, la puerta del estacionamiento
del Hotel ya está abierta, regrésate un poco y entren allá abajo pueden dejar el
auto y subir sin problemas a donde les esperamos. Pásenle, voy a avisarles a los
demás.
Lo hizo con los otros, de los autos de más adelante, y en menos de diez minutos,
todos se encontraban desempacando y subiendo maletas a las habitaciones.
Habían llegado Venancio, Cecilio y Justino; a los tres les acompañaban sus
esposas y algunos de sus hijos, según me informaron allá abajo.
La puerta del estacionamiento fue cerrada nuevamente y pasados quince minutos ya
se encontraban ocho compañeros departiendo en la mesa dispuesta para ellos.
-Señores, dijo Manuel, les propongo un brindis por los que ya están aquí, se
casa, que nunca les dejó irse. Brindemos por ustedes y por los que seguro estoy,
ya pronto llegarán a nuestra cita.
-Me parece buen pretexto, festejó Víctor, que poniéndose de pié y alzando su
copa repleta de whisky a las rocas dijo:”Por los que nos fuimos de Tepetongo,
para quedarnos aquí” ¡Salud¡
-¡Salud! ¡Salud! Exclamaron todos a coro levantando sus bebidas hacia el frente,
con el entusiasmo y alegría que cada uno expresaba de manera espontánea y sin
fingimientos.
Seguía la tempestad allá afuera del Hotel, y aquí adentro, y dentro de los
corazones y de las bocas de los presentes se daba una tormenta de tragos, risas
y comentarios sin fin.
El camino del reloj continuaba lento en su cotidiano recorrido; no así para los
reunidos que lo veían irse rápidamente.
-Son las once de la noche, comentó María les propongo otro brindis en esta
velada: Brindemos por los que faltan de llegar; me indican que son tres. Los
nombres no los menciono porque descubriría el encanto, así que…
-¡Por los que faltan! ¡Salud! Y porque lleguen pronto otra salud.
-¡Salud, asegurando en coro los siete poniéndose de pié ¡Salud! Por los que van
a llegar esta noche ¿O no es así, Manuel? Corearon entre risas y aplausos de
entusiasmo.
-Claro, van a llegar en cualquier momento. No se preocupen; vamos a estar todos
juntos esta noche.
Sin embargo, Manuel aunque fingía un poco la alegría de ver el grupo ya casi
completo, le preocupaban dos cosas:
La primera, tener que comunicar a los presentes la falta de Luciano. El no
llegaría a la cita porque ya se había ido de Tepetongo; ya no estaba, ni estaría
con nosotros. Luciano había muerto ya hacía dos años.
La segunda cosa que le preocupaba era que Delia no llegara a la cita. Aunque se
había tenido comunicación con ella en tiempo y forma, al principio festejo el
proyecto y aseguró que estaría en el. Tiempo después una llamada telefónica a
María, le pidió que avisara a los organizadores su posible ausencia en los
eventos.
Eso le causaba incomodidad a Manuel que nunca hizo comentarios ni con Carlos y
María, menos con los que llegaban al encuentro.
Casimiro y José Román aseguraron que estarían en tiempo. Por eso tenían la
confianza que así fuera.
Y cuando todos animados y más de tres un poquito trastornados por los cinco o
seis tragos en el interior de sus organismos, hablaban un poco fuerte, el sonido
de un cláxon allá en la calle les hizo voltear bruscamente y varios se
levantaron y corrieron a las ventanas del restaurante
Un taxi del aeropuerto se había detenido frente al Hotel, y dos de sus
ocupantes, liquidaban el costo del viaje al chofer, luego descendieron los tres:
ese último abrió la cajuela y bajó las maletas de los viajeros se despidieron y
el auto arrancó para doblar en la próxima esquina.
Los ocho del Hotel bajaron apresuradamente las escaleras y en un instante se
encontraban en círculo, rodeando a los recién llegados.
La tormenta había calmado; el agua en las calles corría rápidamente hacia las
partes bajas. Todo se veía brillante y escurriendo agua de todos lados.
Tepetongo se mojaba otra vez con las tormentas de junio y ahora, allí en la
desierta calle principal de Tepetongo, diez personas todas llevando más de
sesenta años acuestas, están felices; saborean y respiran el ambiente que nunca
dejaron. El olor a tierra mojada y el sabor de su pueblo querido, otra vez
estaba con ellos y eso los embriagaba…
C O N T I N U A R A . . .
No solamente se levantaron Carlos y
María; también lo hicieron Felipa y Víctor que uniéndose a los primeros ya
bajaban las escaleras; pronto estaban nuevamente los cinco en el pórtico del
hotel.
La noche era tibia y las calles de Tepetongo lucían desiertas; las pequeñas
lámparas de sodio permitían vislumbrar las siluetas de las casas alineadas
paralelamente en las aceras, dibujando líneas quebradas en los altibajos de los
pretiles.
Comenzaron a salir unos nubarrones negros allá por el lado del camposanto, y a
intervalos se dejaban ver ráfagas luminosas que rasgaban el cielo ya oscurecido,
y con ganas de cobijar al pueblo. Un trueno ronco y largo se dejó escuchar entre
las laderas del Ahijadero dejando un eco lento y flojeroso que recorrió todas
las calles.
-Es el mes de junio, muchachos, parece que viene la tormenta; que bueno porque
hasta la misma noche se alegra que estemos juntos y podamos recordar los tiempos
en que estas tormentas nos hacían guarecernos en la casita o bajo el follaje de
algún mezquite ¿se acuerdan?
Cada uno guardó silencio mirando absortos como gruesas y tupidas gotas de lluvia
comenzaban a caer en el suelo desapareciendo por segundos, haciendo saltar
partículas de tierra que iban ensuciando los zapatos de quienes parados en la
puerta se divertían disfrutando y añorando cada uno a su manera.
Los tres coches permanecían allí a escasos ocho metros de la puerta; ninguna
señal indicaba que sus ocupantes desearan bajar, la lluvia arreciaba, y se
dejaban ver pequeños hilillos de agua parda que flojerosa corría por loa cunetas
de la calle.
La puerta de entrada al estacionamiento del sótano en el Hotel siempre
permanecería cerrada; el encargado del turno de la noche sólo la abría cuando un
cliente deseaba meter su coche, Ahora, Manuel le estaba pidiendo a este señor
que abriera la puerta de fierro forjado. Unas personas entrarían al
estacionamiento, y de allí bajarían a ocupar las habitaciones ya reservadas.
-Si, Manuel en este momento voy a abrir ese portón. Es que mucha gente que viene
a dormir deja su carro allí en la calle. Ahorita está abierta esa puerta.
Bajo los dos tramos de escalones que conducían a un espacio de más de doscientos
metros: era el sótano del hotel, habilitado como estacionamiento, en realidad
eran las instalaciones de una discoteca de nombre La Cueva. Esporádicamente
funcionaba, pues en Tepetongo, mucha gente adulta se escandalizaba de esos
centros de Diversión propios para jóvenes.
Don Lupe, el encargado de abrir el portón se dirige a los controles de la luz y
acciona dos o tres interruptores; de inmediato el espacio antes oscuras ahora
deja ver a plenitud las instalaciones y lo que allí se encuentra; al fondo una
enorme barra cubierta con azulejos blancos y relucientes.
Atrás de la barra estantes de caoba roja sostenien algunas botellas vacías
colocadas sin ningún orden; sobre la cubierta de formaica imitación de madera
hay platos y vasos desechables rodados y cubiertos de polvo. Allá en un rincón
unas mesas pequeñas encimadas y alteros de sillas replegables. El demás espacio
está desierto y todo lleno de polvo el piso donde se dibujan las rodadas de los
dos coches que ya descansan apareados en un costado del salón
Don Lupe ya abrió la puerta y parado bajo el marco para protegerse de la
tormenta le grita a Manuel: ¿Qué carros van a entrar?¿Donde están? Que no puedo
dejar abierto.
Manuel, protegiéndose con un capote de plástico y un paraguas negro, da saltos
para cruzar la calle y abordar a quienes siguen en el interior de los autos…
Continuará...
-Vamos adentro; creo que no es muy
apropiado interrumpir el tráfico y despertar la curiosidad de los que pasan por
aquí. Ya tendremos tiempo para que saluden y visiten a sus familiares, amigos y
conocidos. ¿Te parece bien, Felipa?
-Claro, claro que si. ¡Ah! Miren acá viene mi esposo y dos de mis pequeños,
vengan para que los conozcan, y pasen a instalarse.
Se daban las presentaciones cuando otro automóvil ya estacionado un lugar
adelante dejo escuchar su bocina al tiempo que de su interior bajaba un hombre
alto y robusto; vestido con pantalones y chamarra negros, su cabeza lucía
semicalva dejando apreciar una frente que abarcaba casi a la mitad. Su mirada
inquieta y despistada, se posaba en la fachada del edificio que tenía enfrente,
para luego transportarla por las calles que podía abarcar.
-¿Es de los nuestros? Inquirió María, que no había dejado de mirarle desde que
descendió del auto.
Ya para entonces había bajado una mujer que de seguro era su compañera. Se le
veía fatigada; recargada en el costado de su coche mantenía su mirada clavada en
el piso, como haciendo una rutina de relajación.
-¿Apoco no lo reconoces? Le contestó Carlos con un tono y sonrisa medio
sarcásticos. ¿No te acuerdas de tu enamorado?
¡Víctor! ¡Víctor! Gritó María, al tiempo que se encaminaba casi corriendo hacia
la banqueta de enfrente.
El hombre y la mujer del segundo auto voltearon al escuchar el nombre de
“Víctor”, cuando María ya estaba frente a ellos y con los brazos abiertos le
ofrecía una emocionada bienvenida.
-¡María! ¡María Carrillo! ¿Verdad?
-¡La misma, tonto! ¡Nadamás un poquito más vieja y gorda! Pero soy la que te
pasaba los apuntes en todas las clases ¿Recuerdas?
-ya empezamos… expresó Víctor al tiempo que la estrechaba en un emotivo abrazo
sellada con un tierno beso en la mejilla de María.
- ya estamos cinco muchachos, dijo Carlos que también ofrecía su fraternal
abrazo al recién llegado.
-Vamos, dijo Manuel, vamos adentro.
-Tenemos que esperar a los que, pienso, no tardarán en llegar.
Cruzaron la calle los cinco abrazados por los hombros. Las dos mujeres iban al
interior del semicírculo que formaban el grupo.
Los acompañantes después de ser presentados a los anfitriones subieron a sus
respectivas habitaciones en el primer piso del hotel.
Los cinco se dirigieron al Bar ubicado al lado derecho de las escaleras con
vista a la calle por donde habían llegado.
-Interesante va a resultar esta reunión, dijo Manuel, al tiempo que organizaba
la mesa con doce sillas; al centro; y distribuidas con elegancia. Vasos de
cristal, copas y platitos botaderos; todos rigurosamente limpios y brillantes a
la luz de tres lámparas que colgaban del falso platón.
También aparecían en la mesa botellas de champagne, wisky, brandi y tequila; dos
hieleras repletas de cubitos y una vasija con limones partidos.
-¡Vaya! Exclamó Víctor. Me asombra este recibimiento, pienso que hoy estaremos
todos aquí, para dar cuenta de todo esto que luce rico, rico y con mucho sabor a
parranda.
¡Y lo que falta! Se apresuró a complementar María muy emocionada. Tenemos ricas
botanas preparadas con productos nuestros; productos de Tepetongo ¿Cómo ven?
-Felipa, inmersa en los acontecimientos, miraba a intervalos por los ventanales,
y de pronto se levanto diciendo:
¡Llegan más! Creo que son tres los coches que se están deteniendo aquí al frente
¡Miren!
Efectivamente, tres lujosos vehículos, un blanco y dos grisobscuros se
estacionaban ya frente al hotel. Todos dirigimos las miradas hacia las placas de
los coches; efectivamente eran de California y dadas las condiciones tendrían
que ser de nuestros invitados, que ninguno bajaba aún.
-Vengan, Carlos y María vamos por “estos” que llegan a nuestra cita…
Continuara....
Llegó el tan
esperado día veinte de junio. En la entrada principal del único hotel que hay en
Tepetongo se encuentran Carlos Manuel y María. Platican despreocupadamente sobre
ningún tema interesante. Los tres viven en Tepetongo donde han hecho una vida
sin muchos altibajos y donde las historias de sus vidas se las va tragando el
tiempo que no pasa.
Carlos lleva a cuestas sesenta y cinco años dedicados por completo a la atención
de su rancho de aguas allá en el cerro, y donde ahora solo quedan las ruinas de
lo que fueron casas de campo que le vieron crecer, y donde se guardaron las
travesuras de muchos veranos; también fueron testigos del despertar de ilusiones
amorosas inquietudes y anhelos para alcanzar algo diferente.
Todo se quedó allá enterrado en el polvo de las tapias y en los rincones de cada
corral. Ahora vive en una casa de regular clase situada en céntrica calle de
Tepetongo en compañía, los tres se alientan a diario de los recuerdos y las
añoranzas que les provocan nostalgia y hastío. Ellos nunca se cansaron; su
infancia transcurrida allá en el cerro les había generado en su conciencia y en
su espíritu un estilo de vida solitario y taciturno.
Siempre compartieron con sus papás las tareas domésticas y las propias del
campesino. Luego les atendieron los achaques de la vejez y sus enfermedades
producto de la edad y del descuido de vigilar su salud.
Primero se fue su papá, dejando a la viuda para que la siguieran atendiendo sus
tres solterones que ya pasaban de los cincuenta. Tiempo después también murió la
mamá de los mismos padeceres. Ahora, por jerarquía familiar, Carlos es el jefe
de su familia; Carlota y Lupe, sus hermanas, de dos o tres años menores que él,
se someten al tácito principio de su autoridad heredada por sus progenitores.
La vida de Manuel contrasta mucho con las demás: Es de carácter fuerte y
agresivo; producto del haber crecido en extrema pobreza y miseria en las que
vivió toda su infancia en tepetongo.
Manuel abandona su tierra y su familia cuando apenas cumplía los quince años, se
va llevándose con El un equipaje repleto de ilusiones y recuerdos. La historia
desde la misma partida.
Se va a una ciudad del Norte a continuar su preparación en la Escuela Normal va
a ser profesor para seguir el ejemplo de apostolada y mística de servicio de los
que le brindaron, hasta ahora, todas las enseñanzas y conocimientos que lleva
consigo y que son muchos, tantos, que le permiten transitar del pueblo a la
ciudad y salir adelante. No allá en Chihuahua. La vida en el Norte era muy cara
y la familia no puede sostener los gastos.
Regresó a Tepetongo después de dos años y ya nada le pareció igual. La ilusión
del primer amor se había fugado junto con su ausencia; los compañeros de la
escuela ya se habían salido.
El pueblo, sus calles y sus barrios con las muchachas y la palomilla le
parecieron indiferentes, ajeno a él pues.
Y comenzó su apostolado en escuelas rurales así nomás y al puro valor mexicano.
Después se fue dando la formación profesional poco a poco, al llegar muchos
veranos en los que viajaba a diferentes ciudades a realizar cursos y logrando
grados académicos para laborar en Escuelas de Educación Media y Superior.
La preparación y su entrega en la docencia le permitieron desempeñarse en
diversos puestos de Dirección y Supervisión Educativas y de la Administración
Pública.
Labora en estos campos más de cuarenta años y se retira satisfecho de haber
cumplido la tarea que se encomendó realizar. Misión Cumplida.
Al regresar a Tepetongo hace apenas acho años, emprende y se dedica a la
atención de una pequeña empresa familiar. Lo hace con gusto y entrega
responsable hacia el negocio. Ello le permite transitar en una nueva faceta de
la vida; brindar un servicio a la sociedad y obtener recursos que juntos a la
pensión que recibe del gobierno, puede llevar una forma de vida holgada y sin
problemas económicos.
Se caso a los veinticinco años y formo una familia con cuatro hijos, dos varones
y dos mujeres; tres de ellos ya están casados y tienen sus familias, la más
pequeña vive en la casa paterna y trabaja en el negocio de la familia.
Este círculo de vida le hace en compañía de su esposa, vivir con tranquilidad y
satisfacción pues todos sus hijos tienen una profesión y se desempeñan
cabalmente cada uno en su ámbito y compartiendo con sus padres el cotidiano ir y
venir en el trabajo y en el hogar. . . .
CONTINUARÁ…