BIENVENIDOS INTEGRANTES DEL GRUPO DE LOS ONCE

Primero fueron braceros contratados viendo intereses de paises, nunca de trabajadores; luego, muchos de ellos para verse menos explotados, desertaron de los campos, y se convierten en otro fenómeno: los ilegales, que más tarde son los “Espaldas Mojadas”, “Los alambres” y demás, reforzando así el fenómeno de la emigración y la dependencia de un país que está abandonado de la mano de Dios y tan cerca de los Estados Unidos, tan cerca que solamente una caprichosa línea fronteriza los separa.
Una línea fronteriza que a través del tiempo la han ido trazando, con sudor, lágrimas y sangre de braceros e ilegales.
Trabajo, dolor y muerte de mexicanos han venido delimitando esa frontera norte con más de mil kilómetros. Incalculable es el número de muertos y asesinados en aquella zona. Incalculables las familias que aún les queda el recuerdo amargo del padre, el hijo o el hermano que nunca regresaron a casa. Incalculables los daños emocionales y psicológicos causados a los que acá se quedaron y que vivieron o viven soportando el fantasma del rencor, la importancia y el desconsuelo. Nunca volvieron aquellos seres queridos que un día salieron a buscar un destino seguro y prometedor.
Esa fue la herencia que nos legaron algunos de los migrantes.
Y si bien es cierto que a los actores del fenómeno social y económico mas grande en la historia de México, les trajo beneficios de orden económico y material hasta transformar a trastocar nuestra cultura y nuestros valores, me pregunto una vez más:
Ganar dinero para acabar el hambre, vestir mejor, construir una buena casa o comprar un vehículo, todo esto de orden material, ¿valen la pena? ¿Esa es la felicidad esperada? ¿es ese el destino que fuiste a buscar? Esta bien. Llenaste la panza, traes dinero, vives en una buena casa y transitas en un vehículo de motor ¿valió la pena? ¿eres y estás feliz? Y todo eso a costa de qué. Tu familia creció y se malformó sin padre, tu esposa no soporto el abandono y te fue infiel. Tus hijos, con el dinero que les traías aprendieron a gastarlo, nunca nadie les enseño a trabajar para ganarlo.
Valió la pena ganar dólares para pagar el precio de una familia deshecha y desintegrada social y moralmente? y unos hijos que crecieron desamparados por el padre y se enrolaron en el vicio del alcohol y las drogas?
Y la felicidad buscada…y esa paz de la conciencia y del espíritu pudiste pagarlo con dólares?
¡A qué precio Amigo¡… ¡Qué precio fuiste capaz de pagar¡ ¿ese es tu destino?
CONTINUARA…


Y que gracias a ese tránsito que formó algo de nuestro destino, presente en cada una de las acciones que realizamos ayer y hoy, seguimos haciendo camino en nuestro trabajo, con nuestra familia; heredando a esos hijos nuestros el cúmulo de enseñanzas y valores que nos llevaron al éxito más que económico, aun éxito en la libertad, en la felicidad y sobre todo en la realización como seres humanos.
Amigos integrantes del grupo de los once: el hecho de haber compartido y convivido en una amalgama emocional, donde el recuerdo, la nostalgia y la alegría y la satisfacción estuvieron siempre a flor de nuestra piel, ha permitido a cada uno delinear un capitulo de esta historia que llamamos vida.
No pudimos disgregar pasajes oscuros que también transitamos haciendo destino. La reflexión en los momentos íntimos, de ausencia para compartir, nos llevaron a darles el lugar en un tiempo que fue nuestro por herencia. Cuando somos pequeños todo nos lo heredan. Así nos formamos, hombres y mujeres.
Yo muchas veces me he preguntado: ¿Por qué en el cúmulo de principios y valores in calculados en nuestra infancia iban aparejadas conductas mayores de abandono, reproche y reniego?
¿Cómo iban a modelar nuestro crecimiento esas acciones vividas en carne propia, y vistas en todos los rincones de nuestro entorno?
¿Qué te forma y educa más, el principio y la norma impuesta, o el comportamiento de quien enseña?
Las respuestas están en cada uno; en el como fuimos capaces de ir creciendo en esa confusión y en ese torbellino de decir cosas buenas y actuar de manera contraría. Porque así vivimos y crecimos los hijos de braceros que abrieron camino. Los pioneros de la emigración de un México campesino, de una patria pobre y sin destino. Entonces fuimos los hijos de braceros que todo el año se nos iban, abandonando temporalmente la familia con hijos pequeños cuando más les hace falta su padre, para aprender de él todas las cosas que se necesitan para crecer.
Nuestros braceros iban por dinero a los Estados Unidos. En México había muy poco y nunca, desde hace setenta años llega ese dinero escaso, a las familias del campo. México no fue entonces, capaz de retener a sus hombres cultivando las parcelas. Prefirió firmar acuerdos con aquel país para que fuesen contratados cientos de miles de hombres como trabajadores agrícolas en los estados de Texas, Nuevo México, Arizona, California y otros más.
Y ese fue el principio del fenómeno social y económico más enorme en la historia de México. Mil novecientos cuarenta y tres marca el principio de una era que la historias de los dos países deben registrar como decisivas para el enriquecimiento acelerado de aquel y la dependencia gradual y determinante hasta nuestros días de este país.

CONTINUARA...


Sin sobresaltos, sin muchas presiones; a lo mejor con algunas carencias materiales y económicas, pero viviéndolas plenamente; sacándole alegrías a la tristeza y a la monotonía de los mismos amaneceres; y a las mismas noches de sueños reconfortadotes para reiniciar nuevos anhelos de vida plena: amar con libertad, sentirla, ejercerla y compartirla como natural derecho que nace contigo mismo y que pocas veces te enseñaron a valorarla.
Yo sé que entiendes estas reflexiones porque dime lo que presumes y te diré tus carencias; además que ya lo has comprobado: nada más cuando has perdido lo más valioso en ti; es que te das cuenta que lo tenías.
Y ya ¿Para que? ¿Acaso podrás recuperar todo aquello que dejaste por acá, para ir en busca de tu destino? ¿Tu destino?.
¡Ay! Amigo mío, quien va en busca de lo ignorado, se aventura a desviar de su existencia lo más hermoso de si mismo.
El destino, la buena suerte, la oportunidad de sobresalir siempre están en ti.
Un hombre sin destino, no existe; como tampoco se da la buena suerte cerca o distante del hombre; las oportunidades están también en el hombre y solo hay que descubrirlas.
El destino es el camino por el que todos avanzamos y cada hombre lo hace imprimiéndole decisión, voluntad, intrepidez; o bien, dejándose llevar con desgano indolencia, o apatía que lo conduzcan al conformismo, la mediocridad y el fracaso absoluto.
¿Dónde estamos t y yo? Y ¿Dónde están nuestros padres, hermanos, amigos y compañeros integrantes todos de una sociedad desquiciada y carcomida? ¿No somos acaso, cada uno, con nuestras propias acciones, pensamientos y voluntades los que hemos ido forjando esa sociedad y ese destino propio y de nuestro pueblo.
Es importante muy importante darnos cuenta quienes somos, dónde estamos y qué hacemos. Cuando nos respondamos con sinceridad y honradez estas tres cuestiones, cuando le imprimamos a nuestras respuestas toda la honestidad que seamos capaces, y las interrogantes nos guíen en cada uno de los pasos que recorremos desde el alba hasta que el sol llega al ocaso, y donde la reflexión en el remanso de los sueños clarifique e ilumine nuestras conciencias, vamos forjando destino; un destino seguro, firme en nuestro cotidiano existir. Un destino si búsqueda ni tropiezo; un destino promisorio, retador y lleno de promesas; un destino que eres tú, o yo. Todos.
¿Verdad que es interesante aprovechar el encuentro casual, o la entrevista planeada para incursionar en estos asuntos tan complejos, subjetivos e intricados como nosotros mismos?
¡Que bueno! Qué interesante resultó compartir los once compañeros nuestros destinos. Unos forjados en un país, que a alguien se le ocurrió llamarle "De las oportunidades". Otros acá; en el terruño, en el rancho, en el lugar donde nacimos, crecimos y encontramos la manera de estar y ser de acá.
Compartimos y convivimos como hace cincuenta años, once destinos de triunfadores; la sola presencia física; las alegrías y manifestaciones de nostalgia y recuerdo amalgamados dicen lo que nunca las palabras logran expresar. El hombre y la mujer que triunfan en el camino por la vida son así: seguros, satisfechos, y libres en sus actos y decisiones. Todos y cada uno de los once somos triunfadores satisfechos y convencidos.
No transitamos por el fracaso; jamás nos escudamos en la indolencia menos en la envidia y la cizaña. Estamos lejos de Tepetongo pero aquí está nuestro destino de hombres y mujeres de bien y de buenas costumbres. Nos alimenta el sentimiento de amor a nuestro origen; nos unen las enseñanzas y los valores inculcados en el seno familiar, en la escuela y en el cotidiano y bello transitar de nuestra niñez a la adolescencia y a la juventud. Los principios y valores asimilados entonces, permanecen vivos aquí, en nuestro corazón y acá en nuestro pensamiento, donde esta nuestro destino…
CONTINUARA…


Un destino que forjaste a cambio del abandono prematuro de la tierra donde se que quedó tu ombligo, en la rendija de la junta de los adobes, en las desnudas bardas de los corrales de tu casa. Un destino que forjaste en suelos extranjeros, donde el verde de sus campos y lo caliente y negro del petróleo, extendido por las grandes avenidas interminables y bordeadas por grandes edificios te deslumbraron; te alucinaron para quedarte donde todo parecía extraño y retador; inseguro y trastocado para tu precaria cultura y tu frágil escala de valores.
Y sin embargo te aferraste a la vida en un país donde tu voz permanecía muda; tus ojos se cegaban por los reflejos del sol en los cristales de millones de muros transparentes; y tus oídos ensordecían, acechados interminablemente por los constantes ruidos de máquinas en movimiento, silbidos de trenes y los acelerados pasos de millones de gentes que vagaban, también en busca de su destino que habían decidido cambiarlo por el país de las grandes oportunidades; un mundo en la paz de la tierra, cuyo destino tenía bien claro: explotar al hombre por el hombre mismo. Y si no, recordarás ahora, cuando ya estás entrampado, los relatos, tristes relatos del dolor causado a tus padres en tiempos de los braceros ¿recuerdas?
Nuestros padres se enrolaron de braceros a principios de los cuarenta, cuando estaba por concluir la segunda guerra mundial y aquél país necesitaba brazos, muchos brazos, miles de brazos que fueran a reactivar la menguada economía. Carcomida por los elevadísimos costos de la guerra. Y allá se fueron tu papá y el mío; y miles de papás de aquí, de allá, de todos los rumbos de un México campesino, donde apenas los hombres del campo empezaban a creerse el sueño de tener una parcela dentro de un ejido para trabajarla y sacarle el sustento a su familia. Nomás eso, el sustento con abundantes cosechas del maíz y fríjol que les permitía mantenerse sin problemas en el ambiente del rancho, la sierra o las extensas llanuras de la campiña mediana.
Y esa fue la otra herencia la que sin proponérselo y menos decidirlo, involuntariamente nos legaron nuestros padres:
-Nos heredaron la enseñanza de cómo abandonar a nuestro México.
-Nos heredaron el camino, la ruta prometedora hacía los estados unidos de américa.
-Nos heredaron la desintegración de muchas familias a causa de la ausencia del padre.
-Nos heredaron enseñanzas de cómo discriminar a México, su historia y sus símbolos.
-Nos heredaron el reniego y la frustración de ser hijos de campesinos.
-Nos heredaron el reniego por nuestro patrimonio: la parcela, la casa y los animales.
-Nos heredaron la falsa creencia de que en México y en el rancho nos moriríamos de hambre.
-Nos heredaron la falsa creencia de que en México no había oportunidades
-Nos heredaron la apatía y la indiferencia hacia el estudio, hacia el trabajo
-Nos heredaron la forma para truncar las aspiraciones juveniles para crecer y formarnos como hombres de provecho.
-Nos heredaron la falsa creencia de que solo podríamos crecer y ser ricos en los estados unidos y que debiéramos ir en busca de un destino seguro y prometedor.
-y esa herencia involuntaria, sin propósito, esa herencia subliminal y mal encausada continúa vigente; sigue generando en ti o en mi sentimientos encontrados.
La vemos y la vivimos de formas muy variadas, distintas y distantes. Los de allá luchan a diario, se esclavizan constantemente y su trabajo de ocho a diez horas apenas les permite sobrevivir (salvo en muy raros casos). Y así han soportado su existir y su estar allá: trabajando para comer y vestirse escondiendo a lo mejor, la esclavizante tarea de tener que pagar rentas de casa, teléfono, luz, agua, vigilancias, limpieza de calles, supuesta seguridad, etc.
Pero escondiendo ante los mismos de allá y sobretodo escondiéndose de los que aquí, sus verdaderos anhelos como personas; los sufrimientos del alma, del espíritu, cuando confundidos viven una constante frustración como seres humanos. Añoran su patria, el campo que les vio nacer y crecer en la libertad del viento; volver a saborear el olor, y el color de la tierra mojada después de las tormentas en el verano.
Pero no pueden volver a repetirse aquellas historias hechas de lluvia, polvo y sol; se perdieron en el tiempo que te llevó a buscar otro destino. Un destino trunco en tu interior de hombre campesino. Un destino borroso e inseguro que a diario saborea con amargura y qu ingenuamente pretendes esconder ante los que acá permanecen, libres, contentos por un destino que les permitió la realización acorde a sus aspiraciones, la realización que como seres humanos la viven y la disfrutan.
…CONTINUARA


No era para menos: un reencuentro con Tepetongo, la escuela de la infancia; y el hecho de poder estrechar con un fuerte abrazo al amigo especial, al compañero de la adolescencia, al primer enamorado. Todo se fundía en este acontecimiento cincuenta años después. Cincuenta años que ya se habían ido dejando en cada actor de esta fiesta un montón de recuerdos; una alforja repleta de nostalgia y de alegrías amalgamadas.
Nada podía ser igual ahora; después de este encuentro, llevábamos esa enorme fortaleza espiritual, alimentada por la convivencia y el compartir de triunfos, y el recordar sufrimientos, fracasos y escollos que permitieron modelar nuestro existir aquí, en esta tierra, o lejos materialmente de nuestro suelo. Todo era confusión, un cúmulo de sentimientos para manifestarlos, el falso pudor y la carencia de expresividad no contaban. Había entrega total, había enorme voluntad para decir: ¡Gracias amigo! ¡Aquí estamos! ¡Vinimos a Tepetongo! ¡Eso! ¡Vale la pena! Y aquí estamos casi todos aquellos chicos de hace cincuenta años, ¡la generación de los doce, de los primeros, de los mejores.
El epílogo de nuestra convivencia no podía ser mejor, cantando y bailando. Ahora, aquí dejábamos la huella imborrable de nuestro encuentro:
Los nombres de todos nosotros quedaron grabados en una placa metálica. ¡que hermoso gesto de quienes así lo decidieron! Esta lista de doce nombres, la escuchábamos a diario, tardes y mañanas de todos los días que transcurrían lentos en un saloncito situado por aquí en ese rincón.
Los nombres en ese mismo orden, eran recitados por el profesor antes de comenzar a darnos la primera clase; una clase amena, interesante y plena de conocimientos diferentes y nuevos, que a diario se asimilaban sobre todo los últimos dos años.
Pero los integrantes de este grupo teníamos esos nombres, esa lista, presente en nuestra existencia y en cualquier momento o en cualquier sitio; siempre se nombraba a cada uno de los del grupo; agregando el comentario de algo que lo identificara: un chascarrillo, una broma; cualquier puntada de aquellos días y de aquellos ya lejanos tiempos.
Por todo esto nos vamos felices y satisfechos. Porque vinimos a comprobar que ese timón que a todos nos lleva por la vida y que se llama AMOR, sigue vivo en cada uno, y ese amor nos guío, nos condujo y nos trajo a Tepetongo; lo compartimos en sus calles, en sus fiestas y en este cuento imborrable lo recibimos y ofrecimos de y a todos ustedes, amigos, familiares y visitantes.
Mañana regresamos a nuestras casas, la casa grande de todos se llama Tepetongo, tenemos que dejarla por circunstancias diversas; el trabajo nos espera; los hijos tal vez nos necesiten para una consulta, un consejo o simplemente para que se enteren que ya regresamos de este viaje a una tierra extraña para ellos.
Muchos no quisiéramos se terminara. Sin embargo tenemos que volvernos, ojalá y pudiera ser que muchos de nosotros regresáramos a nuestra tierra con más frecuencia y con el único motivo especial de estar en Tepetongo; de saborear en cualquier época del año el olor del viento, el color del sol que enterramos mucho tiempo atrás; andar por sus calles de piedras calientes; guarecernos de los rayos candentes del sol de medio día recargándonos en el desgastado muro de una casona también ya vieja como nosotros.
Salir a caminos con un amigo por los barrios cenizos y olvidados de mi pueblo y saborear la pátina del tiempo que aún no pasa, pero que ya dejó huella.
Para muchos eso sería volver a vivir en Tepetongo. Disfrutar a plenitud el cercano ocaso de cada existencia. Tal vez preparar el camino que lleva a la ladera, dejando correr en nuestras manos las cuentas de un rosario, sentados en una arrinconada banda en la nave principal de la parroquia. Y luego, al recibir la bendición del cura, abandonar el recinto de oración para dirigir los pasos a la única plaza, descansar la espalda en la frescura de la cantera blanca de los balaustros. Esperar y despedir del día, mirando al cielo para ver pasar la estela luminosa del avión que cruza con dirección a california y luego volverte sin mirar para ningún lado por la callejuela que te lleva a la casa.
Te vas a dormir.
Mañana es tiempo de partir, las maletas ya están hechas y esperan amontonadas en el piso, cerca de la cama en el cuarto del único hotel que hay en Tepetongo y que te brindó tu estancia de tres días.
Unos irán al aeropuerto, ya reservaron sus pasajes.
Varios regresaran por carretera en la comodidad de sus vehículos último modelo. De seguro harán algunos altos en el camino para continuar después de descansar un poco, y luego llegar a su destino… CONTINUARÁ...


Bueno, hay tantas cosas bonitas que contarles de mí permanencia en esta escuela, que no terminaría en toda la tarde; es mejor que venga otro de nosotros... ¿Quién?...Víctor, Justino, Delia, no sé que nos hable otra u otro compañero.
-Víctor se puso de pie y comenzó a caminar en dirección del presidum; se detuvo a media distancia, y envolvió a todos los asistentes con aquella mirada muy propia de él; perdida, vagando por cualquier lado, escondiéndola de todas las demás que en ese momento hacían blanco en él.
Dio un giro de cuarenta y cinco grados como para represarse; no lo hizo. Con tres o cuatro pasos largos y bien plantados ya estaba ante el micrófono. Lo tomó con temblorosa mano y fijo su mirada en aquel aparato como queriendo vencer el miedo a usarlo. Lo logró.
-¡Hola!, ¿Cómo están? - Yo soy Víctor, a lo mejor el más viejo de todos los que estamos aquí. También yo estuve como alumno de esta escuela hace muy poco tiempo; cincuenta años mas o menos. Entonces en 1960 mil novecientos sesenta yo ya había vivido dieciocho años. En aquellos tiempos no había limite de edad para ingresar a la escuela primaria; tan podía hacerlo un niño de cinco años que un joven o señorita de quince o veinte. ¡Que lindas edades!: quince o veinte. Las ilusiones y el amor están de la mano y nos llevan adonde ellos quieren.
El amor conmigo llegó primero, aquí me enamoré por primera vez, y como un adolescente. Pero luego las ilusiones de llegar a ser grande en la vida y buscar fortuna me hicieron abandonar a mi primer amor y a mi tierra.
Vagué por el mundo en busca de aquellos anhelos. Muchas ilusiones me llevaban vertiginosamente de aquí para allá, y después más lejos; probé la suerte de conocer muchos trabajos y también de ganar buenos dineros. Poco a poco olvidé de aquí y de quien aquí había abandonado. Nunca volví a Tepetongo; encontré mi realización como hombre, padre y esposo allá en el extranjero. Eche raíces en el país del norte; raíces que me hicieron detenerme de pie esta vida que ya va de picada: casi setenta años.
-Nunca tuve contacto con ninguno de mis compañeros; nunca supe nada de ellos hasta hoy. Que bueno que aquí estamos casi todos.
- Hace dos dias que llegue a Tepetongo y al encontrarme con todos ellos, note que faltaba uno entre todos.
Pregunte por Luciano y supe que no estaría entre nosotros.
La razón fue que Luciano se había ido hacia dos años. Me lo dijo Manuel; estaba triste porque a pesar de que sucedió en una ciudad cercana, no pudo ir a despedirlo, afirmo que estaríamos todos los integrantes del grupo, es decir “Los doce grandes” “Los doce apóstoles” o los doce no se que más.
Al llegar al hotel y leer la manta que dice “Bienvenidos integrantes del grupo de los Once”, me pregunte ¿Porque Once? Y bueno, luego ya me enteré. Luciano fue el más popular entre la tropa: Al jugar canicas, siempre nos ganaba; cuando era la temporada de jugar trompo, balero o yoyo él nunca perdía y algunos salíamos perjudicados porque o nos rompía los trompos en la reyuela, o cuando había apuestas en la competencia de baleros, el nunca perdió.
Pero todo era de buena fe; eran juegos de niños grandes. O de jóvenes chicos, no tan chicos.
En fin les decía hace un ratito, que me sentí feliz, muy feliz cuando llegue aquí hace dos días. Ver a mis compañeros de hace cincuenta años es muy pero muy maravilloso. Luego, tomar unas copas, pues llega la nostalgia y el recuerdo. Recuerdos bonitos me invadieron y no supe como pero apareció un tamborazo y comenzó la fiesta. Vinimos aquí al frente de este edificio y estuvimos escuchando muchas y muy hermosas canciones de amor de recuerdo y de mucho sentimiento. Aquí en el jardín llore de alegría. Si, amigos, llore como lloran las gentes que se sienten felices. Llore y contagie a algunos de esos viejos. También ellos lloraron conmigo... CONTINUARA.


Pero no quiero adelantarme ni tomar lugares y espacios de otros. Aquí está el grupo de los once. Ellos serán los protagonistas de este momento que de seguro trascenderá en la cotidianeidad de sus vidas.
Señoras y señores escuchemos al primero de nuestros invitados… silencio. Nadie se disponía. Se cruzaban miradas entre los del grupo. Las ideas se presentaban inquietas y luego se iban volando.
Felipa se levanta de su lugar… está muy nerviosa. Siempre lo fue. Con el rostro regordete y colorado; con su mirada de niña ingenua pero picara, avanzó decidida hasta el podium. Dejo vagar sus ojos perdidos; primero entre el público, luego hacia los rincones del espacio, al cielo del patio y por último los fija en el centro del escenario; al piso pues.
-Buenas tardes, soy Felipa; ya vieja, pero sigo siendo. Yo venía a Tepetongo cada año. Ya hace como veinte que no estaba cada día de San Juan. Ahora aquí estoy; a alguien se le ocurrió incomodarnos en nuestros achaques y malestares, para venir a encontrarnos los que aquí estamos.
Hace apenas cincuenta años, que yo salí de esta casona; aquí estudie mi primaria y en el año de 1960 recibimos nuestro certificado de estudios. Al poco tiempo yo salí de aquí; luego conocí al que es mi esposo y formamos una familia. Aquí están conmigo dos de mis seis hijos; ya todos son unos hombres y mujeres que formaron y tienen sus familias.
-Bueno, pero ¿para qué les digo esto? No se. Yo pensé algunas cosas bonitas que deseaba decirles a ustedes. Ya no me acuerdo. Fíjense que, yo aquí estudié seis años en compañía de todos estos viejos y viejas que están hoy aquí presentes. Este edificio ya no es lo que yo recuerdo. Hace cincuenta años era más bonito. Era una casona estilo colonial. Aquí donde ahorita estoy. Fue un hermoso jardín lleno de huertos con flores de muchas y variadas clases; árboles frutales. Yo recuerdo los granados, los naranjos, los limoneros y un enorme zapote blanco. De todos nos robamos sus frutos antes de madurar; muchas veces nos provocamos deposiciones. Allá al frente estaba el teatro donde se presentaban los festivales escolares; comedias, dramas; También preparábamos bailables, canciones y poesías. Había dos patios de recreo. Aquí era el de las niñas; llegábamos a él por un pasillo que daba a los corredores.
Allá donde veo ese pequeño jardín, allí era el patio de recreo para los niños. Ellos bajaban al patio por otro pasillo que estaba al final de este corredor. Debajo de los corredores estaban los salones de clase. El mío era un cuarto grande aquí a mí izquierda; enfrente de mi salón había una enorme pila labrada en cantera; era enorme, media dos metros de larga por uno veinte de ancho y mas de un metro de profundidad. Algunas veces el castigo que nos daban era traer agua del río en mancuernas de botes y llenar esa pila. Con esa agua se regaban todas las plantas.
Yo acarrié agua muchas veces; también María me acompañaba. A los que siempre estaban castigados con diez mancuernas eran José y Justino. ¡Pobrecitos!
Pero, éramos felices aquí en nuestra escuela.
Yo recuerdo que cada año por los meses de octubre y noviembre aparecía aquí en este pasillo, dizque la cosecha de la escuela; el cuarto estaba lleno de maíz en su rastrojo y muchas calabazas.
A los niños los ponían, después de las clases, a pizcar un costal de mazorcas; y a nosotras nos tocaba partir calabazas para sacarles las semillas y ponerlas al sol para que se pudieran guardar ya secas.
Aquí por las banquetas hacíamos los tendidos de semillas.
Los muchachos después de pizcar el maíz tenían que desgranarlo; traían eloteras de sus casas y una hora después de la salida, nomás se escuchaba el roncar de las mazorcas al tallarlas en los elotes y así soltaran sus granos.
¡Que bonito! ¿Verdad?
Al término de todo el trabajo el Director nos daba la manta; semillas tostadas con sal, ponteduro de maíz y dulces de calabaza. El preparaba todo eso para venderlo en la tiendita de la escuela. Pero como nosotros los alumnos más grandes le ayudamos a obtener todos los productos, por eso un día nos juntaba en el patio y nos decía; muchachos esta es su manta porque ayudaron a limpiar la cosecha; así que esto es su regalo: una bolsita con semillas, otra bolsita con ponteduro y un dulce de calabaza. Ese día, ninguno comprábamos cosas en la tiendita y presumíamos a los demás nuestros regalos. . .
CONTINUARÁ…


Manuel llegó a su casa pasadas las nueve y así como iba, entró a su recámara; se descalzó se safó el saco y la corbata y se desplomó perezosamente sobre la cama todavía deshecha. En cinco minutos ya dormía profundamente; el desvelo, la fatiga y la tensión acumulada en los últimos días lo tenían agotado. Se despertó ya tarde, cuando su esposa lo movió suavemente:
-Ya es tarde, Manuel; todos estamos ya preparados para acompañarte al evento.
-Claro, claro; ya es tarde pero aún tengo el tiempo para darme un buen baño. En diez minutos estaré listo.
Al llegar a la plaza principal del pueblo Manuel se sintió por primera vez como un invitado él y su familia. Estacionaron los coches a un costado del jardín y descendieron tranquilamente. Todos voltearon sus miradas hacia el edificio de la Escuela “Miguel Hidalgo”. Lucía elegante; discretos motivos de fiesta caían de los balcones hasta la mitad de su fachada y enmarcaban perfectamente el protón de la entrada en donde se desprendía la misma leyenda ya familiar en todos ellos. Cruzaron la explanada y llegaron al pórtico. Unas señoritas los recibieron muy amablemente y les pidieron permiso para prenderles en las solapas del saco un gafete de INVITADO ESPECIAL; luego fueron acompañado los hasta los patios y allí les indicaron sus lugares: Manuel tenía un espacio junto con los del grupo; sus familiares ocuparon sillas en las dos primeras filas. Allí compartían los demás familiares visitantes.
Estaba agradable el espacio que ahora se vestía de fiesta y con muchos visitantes ajenos a sus cotidianos moradores. El patio de forma rectangular, lo cobijaba un gigantesco domo sostenido por una estructura metálica simulando maderas: La arquería de los lados oriente y sur; enmarcaba discretamente los pasillos que daban acceso a los salones de clase y a algunas oficinas. Allí en el costado sur del edificio estaba montado un enorme presidium cubierto con un lienzo en color rojo quemado y al centro sobre el piso varios arreglos florales con gladiolas blancas. Había personificadores en todo lo largo de las mesas frente al igual número de sillas. Lucía elegante y discreto el escenario.
Las sillas se iban ocupando en pocos minutos al igual que los espacios del presidium a donde eran conducidas las personalidades más distinguidas por su posición social, económica o de funcionario en algún puesto público. Autoridades del pueblo, directores de escuela y diferentes personajes de la educación y política.
-Buenas tardes- señoras, señores, jóvenes
-Señores integrantes del Grupo de los Once ya famosa y cotidiana esta expresión:
-Se llegó el momento, y estamos en el lugar que ustedes pidieron fuera éste para revivir, recordar y añorar esta etapa de la vida que más significa en nuestro desarrollo como hombres y mujeres de bien: la niñez y la adolescencia.
-Aquí están ustedes, sus familiares directos, sus amigos y sus invitados. Vinieron de distintos rumbos y de diversos lugares a encontrarse, a verse y a estrechar, e intercambiar sus experiencias, sus logros y también sus tropiezos en la vida, y porque no también los fracasos.
-Aquí estamos los de casa, sus anfitriones, los que nos fuimos para volver y aquí estamos. Participamos de su encuentro como observadores, como receptores de la casa que hoy les abre sus puertas y los recibe con los brazos abiertos, y les recibimos no como en la “parábola del hijo pródigo”. Ustedes no volvieron fracasados y miserables por no haber cuidado y bien utilizado la fortuna que heredaron de sus padres.
-“Los integrantes del Grupo de los Once no son hijos pródigos de Tepetongo.
-Ustedes son hijos predilectos de su pueblo porque todos son unos triunfadores, y regresaron a vivir tres días aquí en su tierra esa amistad, ese cariño, ese amor que una vez se generó; y se fortaleció aquí en lo largo de estos pasillos; en las puertas y los rincones de cada salón o en la sombra de los árboles que hace cincuenta años formaban un hermoso jardín, que prodigaba frescura y bellos aromas para todos ustedes.
¡Que hemos de recordar¡ pero es más hermoso no volver a vivir, eso no es posible. Pero sí es posible revivir, es decir; escuchar las alforjas, esculcar, mis recuerdos, sus recuerdos y traerlos hasta el momento y el lugar que queramos; eso es “Volver a Vivir”
CONTINUARA…


Ese evento estaría coordinado por la planta de maestros de la Institución por lo que Manuel, Carlos y María se sentían liberados de cualquier actividad. Ellos también asistían como invitados; disfrutarían a plenitud de ese evento último del programa general y el primero para ellos. Manuel había permanecido en el Hotel hasta finiquitar todos los pendientes y fue hasta después de las siete de la mañana cuando solo y muy trasnochado emprendió el regreso a casa. Iba satisfecho y conforme con el resultado del baile. Todo ocurrió como lo habían deseado sus anfitriones.
Al llegar al costado oriente del Jardín, le llama la atención la presencia de dos parejas que platican y ríen a cada instante. Al acercarse, se da cuenta que Víctor, Casimiro y sus respectivas esposas asistieron a misa y a la salida se apostaron allí para disfrutar la tibieza de la mañana de junio, y ver la salida del sol.
Manuel se integró por unos instantes al grupo y por mera formalidad les preguntó sus opiniones sobre el evento de la noche anterior.
Las respuestas fueron las esperadas por Manuel que más que todo pretendía conocer algo de la vida de Víctor después de su salida de Tepetongo. Los rayos amarillentos de un sol grande y caliente te dejaban ver allá tras la ladera de la Santa Cruz.
-¿Recuerdas, Víctor, cuando subías esas laderas con tu yunta de mulas para ir a sembrar al potrero de Gurupato?
-Claro, que recuerdo, Manuel. Fueron algunos años que con mi papá y mis hermanos, sembrábamos dos o tres parcelas. Era bonito el trabajo del campo, aunque ingrato y muy mal pagado; pero no había de otra. Todo mundo en aquellos años era lo único que podíamos hacer, sin embargo, yo me rebelé muy pronto y comencé otros trabajos; empleado de mostrador, bodeguero, frutero, y no se cuantas cosas; aquí en Tepetongo luego en Jerez, después me fui a México, más tarde en Aguascalientes trabaje en bodegas y fruterías. Ya un poco cansado decidí probar fortuna en los Estados Unidos y me fui en compañía de dos de mis hermanos. Nos fuimos de ilegales porque así era la costumbre y cruzamos la línea fronteriza con muchos problemas. . . .
CONTINUARA…


Era la leyenda que danzaba ante las miradas alertas y entusiastas de todos los asistentes; y luego los nombres se iban formando con letras muy bien estilizadas: María, Felipa, Delia, José, Venancio, Justino, Cecilio, Víctor, Casimiro, Carlos y Manuel. Se acercaban y alejaban en el ambiente de la proyección; luego la foto de un bebé llega y se coloca sobre su nombre luego de otra y así fueron apareciendo las once fotografías de cada integrante de los del grupo cuando fueron bebés de seis meses. Las risas, comentarios y chascarrillos afloraban a cada instante y por todos los sitios del salón; todo era entusiasmo y alegría sin límites; todo era recuerdo y nostalgia, lágrimas y risas amalgamadas en aquel cataclismo emocional.
Y así transcurrieron los veinticinco minutos de la proyección que parecieron cinco de viaje hacia un pasado que cada personaje asoció a su vida de niño, de adolescente y primera juventud.
Luego las notas suaves y cadenciosas de las melodías hicieron que las parejas se fueran sumergiendo en ese ambiente de intimidad, de comunión, de suaves roces de mejillas para musitar al oído los “te amo” “que felices somos” ¿estás feliz? Y tantas expresiones experimentadas fueron capaces de hilvanar.
El tiempo camino muy rápido esa noche de recuerdos y de nostalgia. Todo lo disfrutaron cada uno a su manera, por más peculiar que pareciera. Las tres de la mañana llegaron y el salón aún permanecía pletórico. Hubo música después del contrato, música extra por dos horas más y los festejos seguían ahí compenetrándose cada instante de un nuevo momento, de otra cosa bonita para echarla en su alforja de recuerdos y escribir otra página más en su existencia.
Las campanadas en la torre de la iglesia sirvieron para que la mayoría de los ahí reunidos se percataron que amanecía en el nuevo día. La misa primera se iba a celebrar en media hora y muchos deseaban ir a la misa de alba en su pueblo, porque el trabajo y otras formas de vida no les permitían hacerlo.
En pequeños grupos la gente comenzó a dejar el salón; a las seis de la mañana todos lo habían abandonado. Únicamente los músicos y sus ayudantes trabajaban desconectando aparatos, luces, desbaratando el escenario y sacando mil cosas a sus camiones que estaban estacionados frente a la puerta de salida a la calle Refugio Reveles, poco a poco recibían un montón de cables, cajas, bocinas, reflectores y un sinfín de utilería.
Los festejados en su mayoría habían subido a sus habitaciones; hoy era domingo; podían descansar hasta el medio día, para luego prepararse y participar del Acto Protocolario.
Sería en los corredores de la Escuela Primaria “Miguel Hidalgo” y se les había notificado la presencia de Autoridades civiles y Educativas.
Continuará...


Esta tarde avanzó aceleradamente. Manuel llegó a su casa y la encontró toda revuelta y con mucha actividad.
Algunos de sus nietos comían en la cocina, otros se cambiaban de ropa y zapatos; los dos baños estaban ocupados y aun faltaban cuatro personas de meterse a la regadera.
La esposa de Manuel le invito para que comiera algún bocado allí mismo en el desayunador acompañando a los chicos.
-Sí, aceptó Manuel- ya es tarde y siento hambre; dame cualquier cosa no muy pesada porque voy a darme un baño enseguida.
Una ensalada con pollo te caerá bien; mira, aquí están los platos y los aderezos. Acá hay panes o galletas. Siéntate; hay tiempo suficiente para que comas en calma.
-Así lo hizo Manuel. Se sirvió una buena porción de esa rica ensalada que con cierta frecuencia preparaba su esposa. La fue degustando tranquilamente; saboreando cada uno de los ingredientes frescos y bien sazonados.
Bajaron sus hijos ya vestidos y se sentaron para acompañarlo; tampoco había comido y ya eran las siete de la tarde.
-Hola, papá, ¿te preocupa el evento de hoy?
-No, muchachos, creo que todo quedó listo hace una hora. Ya todos los invitados se encuentran eleganteándose para lucir despampanantes en la noche. Ustedes también lucen bien; vamos a estar contentos toda la familia y los que asistan al baile. A propósito, Omar, ¿Estás listo para proyectar el documental que preparaste con las imágenes y textos que seleccionamos?
-Todo listo, papá. Creo que les va a impactar a tus muchachos recordar esos momentos que vivieron en su infancia y las primeras diabluras de su adolescencia. Espero que a todos les resulte agradable. Prepare las once copias que me encargaste, tú me indicas en qué momento se las entregamos. Yo creo que cuando termine la primera etapa de la procreación, para que no se tomen la molestia en solicitarlas.
- Qué bien, ojalá y de verdad les guste tu trabajo. Está de mucha calidad y su contenido es el que pretendíamos ¿Verdad?
El tiempo siguió avanzando. A las ocho y treinta. María, Carlos y Manuel ya esperaban a sus compañeros en las instalaciones del salón. Este lucía flamante. Majestuoso y con un toque fantástico donde luces y ornamentación artificial transportaban al disfrute y la añoranza.
Las personas comenzaban a aparecer tanto del interior del Hotel como por la puerta que da a la calle Iturbide. A las nueve de la noche en punto se abrirá el evento con la magistral interpretación de un arreglo especial de la Marcha de Zacatecas, la Canción Mixteca, el Ausente, el Rey, otras nostálgicas melodías que arrancaran los aplausos de los asistentes y porqué no, también algunos suspiros y una que otra lagrima que el recuerdo de algo tierno y hermoso la hizo llegar y rodar por la mejilla de esa persona sensible y romántica.
La fiesta comienza, se vive, se disfruta. Se mete por los poros de la piel y taladra las fibras de los corazones. Ahí quedara prendida. No se va a escapar porque los festejados no lo desean.
Hacen el firme propósito de que esta noche se vaya con ellos; perdura para el resto de sus existencias en otros lugares, con otras gentes, en otros momentos y sobre todo con sus seres más queridos.
Una pantalla se ilumina en la penumbra del salón. La Orquesta se calla. Comienza el tema “Amigo” en el sonido de la proyección y se va conformando con caracteres que van apareciendo saliendo de diferentes ángulos letras gigantescas que llenando la pantalla forman la leyenda: “BIENVENIDOS, INTEGRANTES DEL GRUPO DE LOS ONCE” ¡DISFRUTEN!
CONTINUARA…


Unos minutos después se incorpora la esposa de Casimiro; otra vez se dieron las presentaciones por parte de los caballeros. Solicitaron bebidas para los cuatro, entablando una charla más de compromiso que con espontaneidad e interés sobre algún tema propio de su estancia en Tepetongo. Aunque desde el comienzo y con un marcado interés, Casimiro deseaba entender lo que platicaban Justino y Manuel para que éste se despidiera rubricando como lo hizo la charla con aquél, nunca encontró la disposición de su excompañero para aclarar ningún punto de su charla; por el contrario, propiciaba que se hablara de cosas triviales, de cosas simplemente. Una hora más o menos duró la convivencia de las dos parejas. Las señoras, a diferencia de otras, hacían comentarios fríos de algunas cosas que eran novedad aquí en la tierra de sus esposos; se planteaban interrogantes sobre ciertos comportamientos y formas de ser y actuar de los anfitriones.
Ojalá que el baile resulte bonito y agradable; creo que es el último evento social que está preparado ¿Verdad?
Así, lo hicieron saber ayer por la mañana en el almuerzo; por cierto, María de Jesús, ¡Qué ricos platillos! ¡Que bien ambientado el lugar! ¿Verdad?
Así es, Chela, los muchachos, como ellos se hacían llamar, que son los anfitriones y organizadores se vienen sacando diez en todo, ¿le parece?
Por eso pienso que el baile va a estar de gala; a propósito, “muchachos”, creo que es hora de ir a nuestras habitaciones y comenzar a prepararnos. Debemos bajar guapísimos todos esta noche.
Así va a ser, mujer, aclaró Casimiro pero debemos comer algo antes para aguantar los pasos dobles, danzones y jarabes que nos esperan. Yo invito la comida; vamos a ver que lugar nos recomienda el hotel para que vayamos los cuatro.
Y salieron del pequeño bar para dirigirse a la recepción donde hablaron algo con la chica en turno y se dirigieron a la salida.
Acá en casa de Carlos, a donde se vino Manuel, María, trabaja con entusiasmo, caracterizando unas botellas de tequila, unos personiticadores en los respectivos centros de mesa. Todo, utilizando flores y elementos naturales, muy propios y sobre todo originales.
Nada más los once centros de mesa de los “exs” llevan personificador, aclaro Manuel al ir entrando al zaguán de la casa de Carlos.
Están bellísimos, Manuel, muy “a doc”, se expreso Carlos cuando retocaba con algunos brochazos de barniz pequeñas cosas.- Mira ¿Qué te parecen?.
¡Excelentes!, Carlitos, muy elegantes; cual debe ser, les felicito muchachos.
A ver, repasemos todo y veamos qué es lo que nos faltaría preparar…
Bueno, muchachos, estamos libres hasta las nueve de la noche, hora en que nos encontraremos en el “Salón Tepetongo” para disfrutar ahora sí; todo mundo a compartir con sus familiares y amigos esta noche.
Manuel se despidió con un ademan de su brazo y mano derecha cuidando que sus dedos formaran la V de la victoria, rasgo que siempre caracterizaba sus despedidas.
Al encaminar sus pasos por la calle de abajo que le conducía al andador que cruzaba el rio y lo conectaba al barrio donde se ubicaba su casa, comenzaba a evaluar los acontecimientos que se habían sucedido desde la noche del viernes cuando fueron arribando a Tepetongo, cada uno de los integrantes del grupo de los once. Se había dado hasta hoy una verdadera interacción de visitantes y anfitriones en cada uno de los eventos formales e improvisados. La camaradería afloraba en las sonrisas y muestras de afecto que recíprocamente disfrutaban todos.
El baile de hoy sería la culminación de los eventos sociales en este encuentro. El protocolo y el acto formal se llevaría acabo el día siguiente del baile en los corredores de la escuela primaria “Miguel Hidalgo”.
Estaba preparado un acto con la presencia de las Autoridades Civiles y de educación en el Municipio. ¿Cuál sería el programa? Ninguno de los visitantes lo conocía. Los anfitriones tan solo les habían solicitado presentarse puntuales y levando consigo algún obsequio material para entregarlo a la Institución Educativa…

CONTINUARA.


Llego a mi vida, y todo fue distinto; el amor que nos tuvimos culmino en nuestro matrimonio una nueva vida plena de felicidad de tranquilidad espiritual y porque no decirlo, también nuestra economía se multiplicaba con los ingresos de los dos. Antes de tener hijos, iniciamos un negocio y nos fue muy bien; logramos reunir un capital que nos permite desde entonces hacer una vida sin problemas económicos. Tenemos tres hijos que continúan trabajando el negocio de la familia; nosotros ya no estamos al frente de la empresa; viajamos con frecuencia a Guadalajara, de allá es mi esposa, y vigilamos algunas inversiones que tenemos en esa ciudad.
Por todo esto, Manuel, mi vida está hecha allá; mi esposa y mis hijos lograron arrancarme definitivamente de esta tierra, a la que no me ata sino recuerdos ingratos, recuerdos de sufrimiento y de ganas de olvidar. Mira, hasta mis padres, que ellos si añoraron siempre volver a morirse en su tierra, no lo pudieron hacer; allá se quedaron los dos; allá murieron y ninguno de los familiares quisimos traerlos y enterrarlos aquí en su terruño. Por eso, Manuel, ¿Aqué venir a Tepetongo?. Mis hijos nunca han querido conocerlo, mi esposa no tiene aquí nada ni nadie que digamos, le atraiga, nada, nada. Y yo, pues ya te dije mi forma de pensar. Ahora solamente vinimos por curiosidad de ver, después de cincuenta años, como se encuentran los del grupo. Estamos felices, Manuel, muy contentos de encontrarnos aquí en esta tierra el grupo que de niños nos tocó compartir nuestra infancia en los hogares, la escuela y el trabajo que tu ya sabes.
Oye Justino, unas preguntas más: ¿No recuerdas con nostalgia aquellas vivencias? ¿Las primeras muestras de amistad? ¿Un primer amor? ¿Juegos de adolecentes o algunas cosas bonitas aquí en Tepetongo?.
Sinceramente no, Manuel, aunque como ya te dije, lo bueno y hermoso de mi vida lo encontré allá en los Estados Unidos. Esa es la razón por la que nunca volví a Tepetongo. Ahora que termine este encuentro. Yo me voy y se que tal vez nunca volvamos a vernos aunque la ganancia que todos nos llevamos es, que ahora vamos a comunicarnos con más frecuencia, y a lo mejor, quienes radicamos en el país del norte, podamos visitarnos o reunirnos pretextando alguna razón; puede ser que así suceda, pero volver a Tepetongo no creo que se repita, Manuel.
¿Y si nos comprometemos y repetimos este encuentro de los once cada año por estas fecha? ¿No te gustaría?
Si, si me gusta la idea, pero, ¿tu crees que será posible?
¿Se repetirá el entusiasmo, la curiosidad, o lo que tu quieras para venir cada año? Piensas tú, ¿Cuántos podrán volver el próximo junio? Tendremos la salud y el estado de animo para volver a encontrarnos?
Bueno, ahora estoy pensando que pudiera ser en otro lugar de México, o porqué no, allá mismo en alguna ciudad de Los Estados de California, Chicago, Nevada etc. donde todos, si así lo acordamos estuviésemos de acuerdo en localizar una ciudad sede para el, o los próximos encuentros ¡Tu que opinas, Justino?
Mira, Manuel, piensa tú que soy apático, egoísta o antisocial; no se, yo me considero ahora un hombre de negocios, y los paseos como que no me atraen; pero fíjate, yo, te lo digo así, yo acepto y cumpliré con los acuerdos del grupo ¿Saben todos esta propuesta que me haces?. No Justino, que va, esto que platicamos ahorita es nada más entre los dos; ahora que si te parece, lo comentamos con todos en algún momento oportuno. ¿Tu me apoyas?
No, Manuel, yo acepto cualquier compromiso que resulte del grupo. Plantéalo cuando consideres oportuno y ya sabes cual es mi decisión.
¡Hola! Muchachos, ¿Alguna conspiración? Yo le entro. Díganme ¿que tengo que hacer?
Nada, Casimiro, ¿Cómo estas? ¿Ya platicaste con Justino? Ahí te lo encargo y levántale los ánimos que Tepetongo lo puso demasiado pesimista.
¿Qué paso, Justino? Venimos a Tepetongo a gustar, a estar alegres, a recordar cosas bonitas, a convivir y revivir todo lo pasado en cincuenta años que llevamos aquí en los hombros a cuestas.
¡Ándenle! Vénganse, vamos a tomar una cerveza aquí mismo en este bar, véngase señora acompañe a su esposo con un refresco. Ahorita viene mi señora para estar los cuatro; todavía faltan algunas horas para el baile, y mientras podemos pasarla juntos.
Era curioso, la esposa de Justino, que parecía una mujer con preparación académica, de buena educación y de apariencia refinada, no pronunció palabra alguna durante los cinco minutos que hablaron Justino y Manuel; ahora tampoco habló nada. Simplemente camino tomada del brazo de su esposo y se sentaron los tres en torno de una mesa que daba vista a la calle principal de Tepetongo.


Y ya de regreso, mi papá cortaba un buen montón de leña de mezquite y de huizache; nos hacía enormes tercios que nos echaba a la cabeza y ¡Ahí! Veníamos por esos callejones. Yo creo que mi cabeza se me aplastó desde entonces. Mira, está bien plana de aquí de arriba.
Fueron muchos años de trabajo rudo de trabajo rústico porque no había de otra. Recuerdo cuando llegaba la temporada de las aguas, hasta se le enchinaba el cuerito a uno, no más de pensar en todo el trabajal que teníamos que hacer. Cuando caían las primeras tormentas y se mojaba la tierra en las parcelas ¡Ay Dios mío! Nos sacaban de la escuela. Íbamos a recoger las yuntas de mulas, allá en la manga de Santa Elena y a traerlas a los corrales de la casa, teníamos que echarles de comer mañanas y tardes. Luego revisar todos los aperos: guarniciones, collares, arados, balancines, palotes, riendas. Todo, y si había algo descompuesto, pues a repararlos a como diera lugar. Era cosa de días para salir a las siembras.
Yo me acuerdo clarito que había un día señalado para salir todos a sembrar. Ese día parecía un desfile de yuntas y de hombres; burros cargando los costales de semilla y a los sembradores, que éramos todos los chiquillos del pueblo. El desfile comenzaba desde las siete de la mañana y salían las formaciones por los cuatro rumbos del pueblo. Unos por el Ojo de Agua, otros acá para El Mirador, muchos allá para Gurupato y algunos por el rumbo de La Joya.
Gritos de hombres arriando las yuntas; sonar de cadenas como campanas de navidad; rebusnidos de burros por todos lados, ladridos de perros y caminar rumbo a las parcelas. Luego todo quedaba quieto en el pueblo. Mañanas mojadas y silenciosas abrigaban a las mamás en las cocinas de todas las casas, ellas junto con sus hijas comenzaban desde muy temprano a cocinar los alimentos que luego llevarían a los hombres que trabajaban sembrando enormes extensiones de tierras de labor.
A las nueve de la mañana comenzaba otro desfile; ahora eran las mujeres que cargando sobre sus cabezas enormes canastas repletas de alimentos y bien cubiertas con servilletas muy blancas, caminaban en las mismas direcciones: Gurupato, El Ojo de Agua, El Mirador y La Joya. Allá llegarían después de las diez de la mañana, hora en que los hombres paraban las yuntas en una cabecera de la parcela y luego se reunían todos bajo la sombra de un mezquite; era la hora del almuerzo. Bendito momento, Manuel, ¡Qué ricos taquitos sudados! ¡Qué sabroso atole blanco con piloncillo o café con leche bien calientito. Esa si era vida, una autentica y bellísima convivencia.
Después de las siembras, seguían los beneficios; repasar, deshierbar, asegundar; luego los despuntes para que las mazorcas endurecieran y pizcarlas ahí en los rastrojos.
Eran cinco meses de trabajo continuo, Manuel, cinco meses sin descanso, yendo y viniendo a los potreros, desde que amanecía hasta que se perdía el sol allá por la sierra de Juanchorrey. Y muchos nos enfermábamos del paludismo, del tifo, o de las viruelas; nos decía mi mamá que era por tanto trabajo; que la tierra se comía nuestras fuerzas y nos dejaba todos flacuchos y debilitados. A lo mejor así era; yo tengo bien clarito el recuerdo de mis manos llenas de callos y mis pies todos agrietados que a veces hasta la sangre me brotaba, y me dolían mucho mis talones.
Yo creo que por eso nos fuimos para lo Estados Unidos, Manuel huyéndole al trabajo y a las inclemencias de esta vida.
Mi hermano mayor fue el primero que se fue; le fue bien en aquel país y años después se fue llevando a los demás; primero de braceros y luego de espaldas mojadas. Pablo, Macario y Emilio ya estaban casados y así se fueron. Tiempo después vinieron por sus familias. El sesenta y dos ya nomás quedábamos aquí en Tepetongo mis papás, una hermana y Manuel y yo. Pero pronto nos llevaron. Aunque mis papás no querían, mi hermano Pedro que era el mayor, preparo todos los papeles y nos fuimos con residencia legal.
Para mi, Manuel, allá comenzó otra historia, otra vida muy diferente, en todo a lo que estábamos acostumbrados.
Ahora teníamos una buena y bonita casa para vivir; un trabajo mas decoroso y buen salario en dólares. Vivíamos bien. Yo reunía y ahorraba algún dinero; aunque ya no pensaba en Tepetongo, quería hacer mi propio negocio. Lo logré. Pero sobre todo apareció en mi vida esta hermosa mujer. CONTINUARA…


Y se fue Cecilio con su esposa y sus hijos para el rancho de El Jomate. Si la conversación con Manuel lo hizo recordar con nostalgia el lugar donde nació y vivió su infancia, ahora quería ir al encuentro con aquel destino que se quedo enterrado en los barbechos y en los arroyos y callejones. Quería compartirlo con sus seres queridos. Deseaba escribir esas páginas que se quedaron en blanco en la historia de su vida de pequeño.
Al momento en que Cecilio se alejaba por la calle Iturbide rumbo a los callejones que lo llevarían a la región poniente de Tepetongo, aquí en el Hotel, Manuel seguía su labor de supervisor cualquier detalle por insignificante que pareciera. El quería que todos sus compañeros quedaran contentos y sobre todo complacidos en la fiesta preparada para ellos.
¡Manuel!.- retumbó por todo el salón aquella voz tan peculiar de Justino; descendía las escaleras que llevaban a las habitaciones y que él bajaba salerosamente del brazo de su esposa. Manuel volteó hacia el lugar de donde escucho su nombre y le pareció interesante ver a la pareja que descendía muy ceremoniosamente. Vestían ropa casual pero de marca; la señora portaba un conjunto color marrón oscuro casi llegando al cobrizo, rematado con una mascada dorada que le caía del cuello hacia sus hombros; Justino vestía un pantalón de corte recto beige y camisa café claro llevaba botas italianas recién compradas. Se veían elegantes en el espacio y su presencia irradiaba felicidad y una alegría infantil.
Se están sacando un ocho, Manuel, yo no me imaginaba venir a mi tierra y saborear este ambiente tan agradable, tan bonito, tan lleno de amistad y compañerismo !Que bueno!, Manuel, estamos muy contentos mi esposa y yo, al igual que todos los del grupo.
Gracias, Justino… todo esto es de nosotros, es nuestro encuentro, y deseamos disfrutarlo de la mejor manera. vengan, vamos aquí al bar, tomemos una soda, y platicamos unos momentos, si es que disponen de tiempo ¿les parece?.
¡Claro!, vamos a platicar de tanto que tenemos que recordar y compartir. Avanzaran cinco o seis pasos del salón y ya se acomodaban en la primer mesa del pequeño bar, que se encontraba en el mismo vestíbulo del edificio.
¿Cuántos años hace que te fuiste de Tepetongo, Justino? Y ¿Cuál fue el motivo de tu partida?. Porque igual que yo, todos los del grupo desaparecimos de este pueblo allá por los sesentas; unos primero, otros después; años más, años menos. Yo por ejemplo regrese a Tepetongo el sesenta y dos, y ya casi todos se habían ido; cada uno con el rumbo que escogió, pero todos estaban fuera.
Efectivamente, Manuel, bien recuerdo que tú al salir de la escuela aquel verano del cincuenta y nueve te desapareciste; luego supimos que estudiabas allá en la ciudad de Chihuahua, en una escuela Normal para maestros. Fuiste el único del grupo que tomó ese camino, después ya no supe que fue de ti.
Yo, continué dos años mas aquí en Tepetongo, dedicado con mi padre y mi hermano al trabajo del campo: sembrar, cortar leña, cuidar animales, ir y venir todos los días al potrero. Mi padre fue un hombre muy trabajador, muy matado y, bueno, así quería que fuéramos nosotros. Recuerdo que desde antes de salir de la escuela todas las tardes nos íbamos hasta el potrero de las Cruces. Allá teníamos unas hectáreas de terreno y todo el año trabajamos, limpiándolo de breñas, piedras, levantando portillos en los lienzos, limpiando el estanque.
Continuara. . .


Quiero que mis hijos y mi esposa juntos conmigo recorramos esos caminos llenos de lodo en esta época; que pisen las yerbas que crecen en los barbechos; que vean los nopales con tunas y los mezquites llenos de frutos. Y luego que lleguemos al Jitomate, recorramos las veredas que llevan a las poquitas casas, ahora en ruinas; me dicen que todo está acabado; que las casas se cayeron de tristeza por el abandono en que las dejamos. No me importa; yo quiero que mi esposa y mis hijos conozcan la casa de sus abuelos de acá, de mi tierra. Yo creo que puedo todavía enseñarles los cuartos que tenía nuestra casa; y hasta decirles donde dormía yo; donde jugaba. Y luego la cocina con su chimenea donde su abuela todas las mañanas reavivaba las brazas que se conservaban en la ceniza y con pequeñas astillas comenzaba la lumbre donde muy temprano empezaba a preparar nuestros alimentos: frijoles, chile, tortillas del comal y leche recién ordeñada; bien espumadita nos la daba a tomar en jarros de barro. Esa fue mi vida allá en el rancho del Jitomate, casi pegadito a la Joya.
Cuando ya crecimos mis hermanos y yo, pues tuvimos que venirnos al pueblo para ir a la escuela y terminar la primaria. En el rancho nomás había hasta el tercer año. Llegamos a Tepetongo y mi papá rentó una casa que está por la salida a el Salitral; creo que el dueño se llamaba Don Pastor.
Y comenzamos a ir a la escuela que estaba en la misma cuadra de mi casa. Algunas de mis hermanas las pusieron en terceros a otras en cuarto año; a mi también me mandaron a ese grado y mi hermana la mayor se fue a quinto.
Mi papá ya no volvía a asomarse para el rancho; menos a la parcela que después de dos o tres años se llenó de breñas y de piedras en montón a la primera salida de “braceros” mi papá se fue para los Estados Unidos. Allí comenzó otra forma de vida: nos quedamos al cuidado de mi mamá que era todo en nuestra casa. Ella administraba los pocos dólares que mandaba mi papá cada dos o tres semanas. Ella nos mandaba a la escuela todos los días por la mañana y por la tarde. Ella tomaba las decisiones que fueran necesarias.
El tiempo fue avanzando mis hermanas mayores se fueron casando y formaron su propia familia; mi papá se acostumbró tanto a irse de braceros, que ya casi todo el tiempo se la pasaba trabajando en el Norte para poder mantenernos; yo creo que más que todo, un pretexto para irse a la aventura, decía él. Cuando yo salí de sexto grado, sentía ganas de seguir estudiando. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Con qué? Nunca encontré respuestas a cada una de mis dudas.
Mi papá en una de las veces que vino a la casa me dijo: pos si quieres venirte conmigo, yo veré cómo te paso p´al otro lado. No lo pensé mucho. ¿Qué podía pensar un muchacho de quince años en un pueblo donde todos los hombres se iban de braceros? Aquí no habrá donde trabajar, donde ganar un peso para costearse sus propias creencias. No me quedó de otra y me fui con mi papá a los Estados Unidos ya los dos allá, mi papá empezó con la idea de llevarse a la demás familia. ¿Cómo? Muy fácil; se desertaba de bracero y nos íbamos a una ciudad a trabajar, ya no en el campo, ahora pudiera ser en una fábrica, en un restaurante o en la construcción.
Lo pensamos unos cuantos meses y ya con un ahorritos que habíamos hecho, nos llevamos a la familia toda; mi mamá y tres hermanas mas pequeñas que yo.
Así continuaba nuestra vida migratoria; primero del rancho al pueblo; luego del pueblo a otro país aunque fuera de ilegales; refundidos en una ciudad desconociendo idioma, costumbres, formas de vida y sobre todo con la zozobra siempre de ser detenidos y reportados.
Fueron muchos años, Manuel, Muchos años de sortear la justicia y las leyes de aquel país; luego vienen los cambios y me caso. Una excelente mujer se convirtió en mi esposa y la madre de mis hijos. Vino la calma y una vida más placentera. Aunque mí esposa es mexicana, a ella le tocó nacer allá, igual que ahora sus hijos, nuestros hijos. Ellos se dicen y se sienten americanos, y si, lo son por haber nacido en el suelo de aquel país. Pero sí son hijos de mexicanos, ellos, por sólo ese hecho y de acuerdo a nuestra constitución, son “Mexicanos por Nacimiento”. Es decir: “Mexicanos hasta las cachas” con gorra y con guaraches. Aunque no les parece, y aunque les duela, son tan mexicanos como esos nopales llenos de tunas y esos mezquites que nos dan sus vainas para masticarlas. Es triste, muy triste pensar y sabe que nuestros hijos no acepten su origen; que se avergüencen de la tierra de sus padres…

Continuará…


Y mientras Manuel continuaba verificando hasta los mínimos detalles para la celebración del Baile de Generación, afuera del salón todo era monotonía y vida apacible y pueblerina.
Manuel observó antes de salir del Salón Tepetongo, todo el escenario: un pequeño estrado para la colocación de la orquesta a sesenta centímetros del piso; once mesas para veinte personas dispuestas estratégicamente todas frente al Grupo Musical y colocados en sus centros una personificador en cartulina blanca: María, Felipa, Delia, José, Casimiro Justino, Venancio, Carlos, Víctor Y Manuel. “El Grupo de los Once”, pensó Carlos para sus adentros, y al regresar ya para salir por la principal, escucha voces por las escaleras y voltea para cerciorarse de quien se trata.
Es Cecilio y su familia que vienen haciendo comentarios muy propios de cosas, cosas y lugares de Tepetongo.
Hola ¿cómo la están pasando?- veo que van de paseo. Esta bien, aún es temprano.
-Vamos al Rancho, Manuel. Quiero que esta mujer hermosa que es mi esposa y estos chicos, parte de un ejército, vean y conozcan mi tierra. Que sepan dónde y cómo nacimos a ala luz de este sol de veranos allá en los potreros donde solamente un mezquitito nos daba su sombra.
-Quiero ir a caminas con mi esposa y ms hijos os barbechos, las parcelas donde quedaron las huellas de mis pies descalzos cuando acompañado por mi padre, él llevaba la yunta que jalaba el arado de ala para abrir el surco y yo detrás echando los granos de maíz y de vez en cuando unas semillas de calabaza, la tierra calientita acariciaba mis pies y los cobijaba cuando pisaba el bordo del surco. Y luego, a media mañana, veíamos, con un gusto grandote como el cuamil, venir a mi mamá y las muchachas con canastas sobre sus cabezas. Era el almuerzo; los manjares más ricos de toda la comarca. Mi mamá llegaba hasta el mezquite que había arecido en la cabecera de la parcela; extendía un enorme mantel en el piso de tierra comenzaba a sacar las cosas de las canastas. Allí almorzábamos todos; sentados a la sombra del frondoso árbol que mi papá había venido cultivando hasta hacerlo como un paraguas; el follaje y las ramas bien redonditas; como para guarecernos del sol y de las lluvias en esta época.
Descansábamos un poco rato allí, todos juntos, luego mi mamá recogía las cosas; nos echaba en un morral los alimentos que sobraban y lo colgaba de una rama. En la tarde calentaríamos aquello para aguantar hasta el oscurecer sembrando la parcela.
Y mientras las mujeres bajaban al arroyo, a lavar donde habíamos almorzado, mi papá y yo regresamos a los surcos. El trabajo de la siembra duraba dos semanas, pero cuando sembrábamos la última siembra ya las primeras siembras se ponían para el repaso. Y comenzábamos de nuevo a zurcar aquellas tierras; mi papá con su yunta y yo detrás desenterrando cañitas o arrancando hierbas malas. Otras dos semanas de repaso a la milpa, y luego viene el asegunde, ese es más rápido y lo hacía ya solo mi papá. Para esas fechas, un mes y medio después la milpa ya había alcanzado casi medio metro de altura en algunas partes. Había pedazos de milpa que llegaban ya hasta el metro cuando andaban asegundándola.
Yo me quedaba en la casa y ayudaba a mi mamá a ordeñar las vacas; llevarlas al potrero y llevarle su almuerzo al viejo que andaba a vuelta y vuelta sin parar toda la mañana.
Yo les platico a mis hijos todo esto, Manuel. Ellos no me creen; dicen que lo vi en una película mexicana de rancheros ¿Cómo vez? Me da lástima lo que hemos hecho de nuestra historia de lo que somos nosotros.
Por eso quiero llevarlos al racho…
ContinuaráY mientras Manuel continuaba verificando hasta los mínimos detalles para la celebración del Baile de Generación, afuera del salón todo era monotonía y vida apacible y pueblerina.
Manuel observó antes de salir del Salón Tepetongo, todo el escenario: un pequeño estrado para la colocación de la orquesta a sesenta centímetros del piso; once mesas para veinte personas dispuestas estratégicamente todas frente al Grupo Musical y colocados en sus centros una personificador en cartulina blanca: María, Felipa, Delia, José, Casimiro Justino, Venancio, Carlos, Víctor Y Manuel. “El Grupo de los Once”, pensó Carlos para sus adentros, y al regresar ya para salir por la principal, escucha voces por las escaleras y voltea para cerciorarse de quien se trata.
Es Cecilio y su familia que vienen haciendo comentarios muy propios de cosas, cosas y lugares de Tepetongo.
Hola ¿cómo la están pasando?- veo que van de paseo. Esta bien, aún es temprano.
-Vamos al Rancho, Manuel. Quiero que esta mujer hermosa que es mi esposa y estos chicos, parte de un ejército, vean y conozcan mi tierra. Que sepan dónde y cómo nacimos a ala luz de este sol de veranos allá en los potreros donde solamente un mezquitito nos daba su sombra.
-Quiero ir a caminas con mi esposa y ms hijos os barbechos, las parcelas donde quedaron las huellas de mis pies descalzos cuando acompañado por mi padre, él llevaba la yunta que jalaba el arado de ala para abrir el surco y yo detrás echando los granos de maíz y de vez en cuando unas semillas de calabaza, la tierra calientita acariciaba mis pies y los cobijaba cuando pisaba el bordo del surco. Y luego, a media mañana, veíamos, con un gusto grandote como el cuamil, venir a mi mamá y las muchachas con canastas sobre sus cabezas. Era el almuerzo; los manjares más ricos de toda la comarca. Mi mamá llegaba hasta el mezquite que había arecido en la cabecera de la parcela; extendía un enorme mantel en el piso de tierra comenzaba a sacar las cosas de las canastas. Allí almorzábamos todos; sentados a la sombra del frondoso árbol que mi papá había venido cultivando hasta hacerlo como un paraguas; el follaje y las ramas bien redonditas; como para guarecernos del sol y de las lluvias en esta época.
Descansábamos un poco rato allí, todos juntos, luego mi mamá recogía las cosas; nos echaba en un morral los alimentos que sobraban y lo colgaba de una rama. En la tarde calentaríamos aquello para aguantar hasta el oscurecer sembrando la parcela.
Y mientras las mujeres bajaban al arroyo, a lavar donde habíamos almorzado, mi papá y yo regresamos a los surcos. El trabajo de la siembra duraba dos semanas, pero cuando sembrábamos la última siembra ya las primeras siembras se ponían para el repaso. Y comenzábamos de nuevo a zurcar aquellas tierras; mi papá con su yunta y yo detrás desenterrando cañitas o arrancando hierbas malas. Otras dos semanas de repaso a la milpa, y luego viene el asegunde, ese es más rápido y lo hacía ya solo mi papá. Para esas fechas, un mes y medio después la milpa ya había alcanzado casi medio metro de altura en algunas partes. Había pedazos de milpa que llegaban ya hasta el metro cuando andaban asegundándola.
Yo me quedaba en la casa y ayudaba a mi mamá a ordeñar las vacas; llevarlas al potrero y llevarle su almuerzo al viejo que andaba a vuelta y vuelta sin parar toda la mañana.
Yo les platico a mis hijos todo esto, Manuel. Ellos no me creen; dicen que lo vi en una película mexicana de rancheros ¿Cómo vez? Me da lástima lo que hemos hecho de nuestra historia de lo que somos nosotros.
Por eso quiero llevarlos al racho…
Continuará

 

José había aceptado participar en este encuentro y eso dejó perplejos a más de tres; todos tenemos una idea más o menos precisa de lo que somos tenemos y hacemos desde que cursamos la escuela elemental; cuando sin darnos cuenta, despertamos a la etapa de las ilusiones, a la edad de los retos y de los propósitos. Cuando nos fuimos por rumbos distintos cada uno de los del grupo, ya estaba echada la suerte de que jamás nos olvidaríamos; Estuviésemos en el lugar que fuere, el recuerdo de nuestra infancia juntos siempre nos acompañaría. Y la imagen de José estaba presente en todos: ingenuo, despistado, sarcástico; pero sobretodo el que viviera una especia de introversión, autismo, o digamos vida aparte y solitaria. En California, Chicago, Zacatecas o Tepetongo. José siempre tenía el mismo comportamiento; permanecer apartado e indiferente al mundo de todos. Él solo en los patios de recreo; él participando en los juegos de beisbol indiferente y apartado. José caminando solo por sus potreros, buscando portillos en las cercas. José allá en la casita de las peñas, encerrado en sus ideas de la vida y de la existencia. José acá en los corrales de su casa, hurgando los rincones y viviendo fantasías que lo dejaban agotado y triste al sentirse otra vez en su precaria vida carente de un propósito firme y decidido. Y así se fue con esas manifestaciones y comportamientos para algunos, tal vez no se hayan vuelto a encontrar; para otros ha sido más frecuente el trato y siguen viviendo en el momento de lo que fue cincuenta años antes. Por eso no me parece extraña la actitud que hoy, a un día de la gran convivencia él esté solo allá en la puerta de servicio, fumando y esperando que alguien se lo lleve. Así es, aparece Jesús sonriéndole burlonamente e inquiriéndole si puede acercarse al salón. José cambia de semblante y sonriendo se encamina a su encuentro a mitad de la calle. Se intercambian expresivas palmadas en sus espaldas como para intercomunicarse todo el aprecio y trato especial que se tienen desde hace más de cincuenta años. Se alejan caminando flojerosa y despreocupadamente por la calle donde está la iglesia y más allá la plaza principal. Cruzan el jardín y antes de dirigirse a la ½ casa de José éste le da un billete a Jesús quien lo recibe y camina rumbo al mini súper; pide cigarrillos y 2 seises de cerveza… José ya está abriendo la pesada puerta de dos hojas que protege el zaguán; al retirar la pesada llave, entreabre una hoja y se introduce; Jesús hace lo propio y en menos de tres minutos ya están en su mundo; ese mundo que los ha llevado a tener esa vida y esta existencia que a lo mejor no se le puede llamar vida ni existencia. Deambular, tomar cerveza, fumar otra vez volver, tomar otra vez, fumar más y esperar… esperar ¡Que?. Que haya otro encuentro de los once para tener ese pretexto y volver a vivir volver a Tepetongo. A esconderse en el rincón de la puerta de tu zaguán. En fin allí estarán José y Jesús. Nombres bíblicos. Nombres del primer plano del Nuevo Testamento…..

CONTINUARA.

 


Y es que José vivió una niñez algo especial:
Hijo de padre viudo y vuelto a casar con la mamá de José y dos hermanos; uno mayor y el otro mas chico.
Siendo aun niños, fallece su papá dejando una segunda viuda y a tres huérfanos que sufrieron la presencia de su medio hermano mucho mayor; sintiéndose dueño de los bienes y fortuna del papá.
José y sus hermanos tuvieron que soportar la repartición de las propiedades, compartidas con la otra familia; esto, y la poca edad con la que contaban sus hermanos y él, pudo afectarles emocionalmente.
La casa paterna fue dividida en dos, construyendo un muro que partió por la mitad toda la finca. Lo mismo sucedió con los terrenos y animales que eran su patrimonio.
Su medio hermano al tomar posesión de los bienes ocupó su parte de la casa y comenzó con sus hijos a usufructuar los mejores potreros y ganado que tenía la familia.
Estos sucesos cambiaron radicalmente el estilo de vida de José, su mamá y hermanos que optaron por una marcada indiferencia hacia el patrimonio que les quedó.
Los campos de cultivo fueron dados en aparcería y sólo se concretaban a recibir la parte de las cosechas que de buena fe los medieros les hacían llegar a su casa de Tepetongo.
Ni José ni sus hermanos trabajaban en nada productivo; vegetaban por la casa y las calles sín motivo ni beneficio, su mamá conducía el hogar y los gastos de manutención como ella podía; sin embargo llegó un momento en que los ingresos no alcanzaban para el sostenimiento.
Fue entonces cuando José y su hermano mayor tuvieron que emigrar a los estados unidos, dejando a su mamá y al más pequeño de sus hermanos aquí en Tepetongo. Esto acabo de golpe la integración de su familia; los que se fueron al norte, perdieron todo contacto con la mamá y el hermano.
Se hicieron frecuentes las visitas de la mamá de José y su Hijo con sus parientes que vivían en el rancho allá por el rumbo de la sierra, donde pasaban largas temporadas. Fueron años de ir y venir del rancho a su casa en Tepetongo que lucía ya todo el tiempo sola, descuidada y en abandono.
Y José y su hermano jamás volvieron a verse por estos lugares. Se supo de que, su mamá había enfermado y murió por allá en el Rancho, donde allí mismo fue sepultada. Fue entonces cuando vinieron José y su hermano mayor a los funerales.
Se les vio muy poco aquí en Tepetongo; su esporádicamente aparecían los tres hermanos en la puerta de su media casa; no hablaban con nadie. Como que no deseaban permanecer mucho tiempo aquí.
Después de algunas semanas se les dejó de ver. Se habían regresado, ahora los tres, para los estados unidos, de donde después de veinte años empezaron a venir José y el chico; el hermano mayor se casó por allá y formó su propia familia.
Y José regresaba a Tepetongo, mucho tiempo después; no se sabrá cuando; su amigo Pedro también se murió aquí. Jesús estuvo muchos años allá en el Norte donde se frecuentaban para tomar cerveza y andar en la vagancia. Para eso trabajaron años y años.
Jesús se vino ya viejo y solterón; comenzó a buscar, mujer y logro casarse; procreo dos hijos y seguía tomando cerveza hasta embriagarse; lo hacía con mucha frecuencia y descuidaba la atención de su familia.
Su esposa murió joven y le dejó a sus hijos ya casados. Ahora Jesús sigue emborrachándose. Dice que lo hace de tristeza, al verse solo y olvidado por sus hijos. Así que ahora cuando José viene a Tepetongo se juntan a convivir con la cerveza. Lo hacen ellos solos, sin juntar a nadie.
Se arrinconan en el zaguán de la casa de José y allí se la pasan días y noches tomando y platicando de sus vidas.
…continuara

 


Delia, no se puede recordar lo que nunca sé ha olvidado, Tú y todos los que hoy estamos aquí, vinimos a revivir nuestra infancia en la escuela, nuestro despertar a la adolescencia y partes muy significativas de la primera juventud en nuestro pueblo. Estamos volviendo a vivir en estos tres días aquello tan hermoso que fuimos aquí en este pueblo donde nada pasa. Todo se queda, todo esta vivo, latente, fresquecito en cada una de las cosas que hicimos en algún tiempo. Ahora solo pretende ocultarlas una espesa capa de polvo que pretende ocultarlas a los extraños, pero no a nosotros que fuimos quienes forjamos esa etapa de nuestra vida ¿verdad?.
¡Qué bonito! ¡ Que lindo, Manuel!.
Desde que llegué hoy por la mañana, me sentí invadida por muchas sensaciones; mucha nostalgia y una enorme alegría. A casi cincuenta años de que me fui de Tepetongo que es mi tierra.
Allá lejos, como tu dijiste en la maña encontré el amor, que nos hizo realizarnos a mi esposo, a mis hijos y a mi. Hoy todo me queda muy claro; a pesar de lo que logramos allá, todo nos sirvió para fortalecer nuestro origen, nuestras raíces que nada ni nadie lograran
arrancarnos del corazón.
Por eso vinimos hoy, por eso estamos aquí en Tepetongo; para volver a vivir todo lo hermoso que fuimos capaces de dejar aquí, no por gusto; fueron diversas causas las que nos hicieron salir.
¡Que bonito! ¡Que hermoso! Estar de nuevo en esta tierra que engendró en cada uno de nosotros ese inmenso amor a nuestro origen.
Gracias, Manuel, tu siempre nos das cada sorpresa. Y te lo digo en serio. Yo y creo que todos los demás estamos siempre enterándonos lo que sucede aquí. Por eso te digo sinceramente: este encuentro, Manuel, fue idea tuya. Todos lo sabemos porque te hemos seguido tan cerca que estamos bien enterados de lo que tú has logrado en este pueblo y todo de lo que has sido capas. ¡Qué bueno! Tú, eres un hombre grandioso, y gracias a ti, muchas cosas grandes de nuestra tierra son tu obra.
- Gracias, Delia, acepto tus opiniones porque las siento sinceras, honestas, y Yo te felicito porque eres feliz.
La felicidad está donde vamos, donde estamos y con quien estemos. Yo quiero que ahora, en estos tres días, estemos todos felices y seamos el reflejo de aquella y de esta felicidad, ahora, aquí en Tepetongo, ¿Te parece?.
Ahora si me permites voy a pasar al salón quiero verificar que todo vaya como está planeado.
- Nos vemos hoy por la noche aquí mismo, descansen y sean felices. Hasta luego.
- Al pasar Manuel al salón del hotel, le llamó la atención un hombre que recargado en la puerta trasera, fumaba placidamente, observando las espirales que formaba la bocanada de humo que arrojaba a intervalos y sacudía con los dedos el cigarrillo para quitarle la ceniza.
Era José. A pesar de los años transcurridos en el extranjero, conservaba los mismos hábitos en su forma de vestir; fumaba demasiado desde la adolescencia; tomaba muchas cervezas por las noches, arrinconado en algún lugar con poca luz, y hablaba lo indispensable. Solo compartía aquella forma de vida con dos amigos inseparables: Pedro y Jesús. Ellos se identificaban en todo.


Si, tal vez Delia recordaba su infancia y juventud transcurridas en Tepetongo, mucho tiempo atrás.
Ella y la mayoría de sus hermanos habían nacido en este pueblo, que por azares de la vida trajo a sus padres, a tres de sus hermanos mayores que ella a vivir aquí.
Vivieron épocas difíciles en la década de los cuarenta. Su papá fue maestro rural en algunas comunidades del municipio.
A lo mejor a Delia nunca le contaron de esos tiempos y las penurias que enfrentó su familia aquellos años. A ella le tocó la suerte de nacer y vivir en el seno de una familia de clase media alta donde ya nunca les faltaba sustento casa y vestido para ella y sus hermanas.
Delia y sus hermanos más pequeños cuando nacieron, ya eran los hijos del Doctor, un hombre que abandonó su carrera de profesor rural, para prepararse autodidactamente en algunos libros de medicina y ya comenzaba a curar primero en Buenavista y luego aquí en Tepetongo y la región donde no existían servicios médicos de ninguna clase y el señor supo capitalizar esa situación que prevalecía. Comenzó a venir al pueblo los fines de semana y en casas de algunos conocidos comenzó a dar consultas y recetar medicamentos.
Buena preparación, o buena estrella, o las dos cosas hicieron que en muy pocos años la fama del buen Doctor de Tepetongo corría como el agua de un río, y muchas personas demandaban a diario sus servicios.
El tiempo transcurrió muy rápido, y el señor se jactaba de ser un buen médico. Adquirió una buena casa donde su numerosa familia ya disfrutaba las primicias de su trabajo.
Y allí transcurrió la infancia de Delia, la hija del Doctor. Bien vestida, nunca tuvo hambre- cosa muy común en casi todas las familias de Tepetongo- Ella y sus hermanos convivían con los niños de las mejores familias (muy pocas en el pueblo) y formaban un pequeño circulo o highclass como se diría en estos tiempos.
Y esa forma de vida con todos sus aconteceres, viscicitudes, alegrías y sinsabores cobraba vida ahora en este momento al estar sentada allí en esa pequeña sala del Hotel acompañada de sus dos hijos.
Sí Delia platicara con ellos aquella historia, nunca lo creerían. Los chicos eran hijos de padre americano y les toco nacer en un país de primer mundo con todas sus tecnologías, adelantos y formas de vida muy distintas a las que vivió su mamá en Tepetongo cincuenta años atrás.
Ellos venían a este pueblo ignorado por aquella sociedad, pero en el que su mamá dejó escritas muchas paginas de su historia; una historia muy lejana ya, pero nítida viva en sus recuerdos y en su corazón.
Y Delia sabia muy bien que a pesar de que ella se había ido de Tepetongo en plena juventud, cuando el amor llega y se queda como tatuaje en un corazón abierto a la vida, ese tiempo, esa etapa de su existencia estaba aquí: en los corredores de la escuela; en los balcones de su casa o en las sombras de los árboles del pequeño jardín, allí a escasos cincuenta metros de su hogar y en el que tarde por tarde cuando fue niña tiraba los ecos de sus risas y sus gritos de adolescentes rebotaban entre los troncos de los viejos fresnos, truenos y jacarandas.
Y luego la primera cita, cuando en la algarabía de todas las muchachas que jugaban y se divertían corriendo y saltando se dio cuenta de que allí estaba El. Protegido en el arbotante de cantera que remataba ka esquina del balaustrado. Su mirada le decía muchas cosas bonitas y ella las sabía descifrar con toda su certeza.
Después de tres noches El se decidió abordándola así: sorpresivamente, pero con la mayor sutileza para no causarle desagrado, ni molestia. Se paró frente a Ella y la miró otra vez . . . tiernamente, limpiamente, con amor…
-¿Disfrutando de esta hermosa tranquilidad?- Inquirió Manuel con un tono de voz suave y cadencioso, que en esos momentos subía lentamente las escaleras de acceso.
-Hola, Manuel, vente, siéntate a mi lado para que me ayudes a recordar.
-Delia no se puede recordar lo que nunca se ha olvidado…
C O N T I N U A R A . . .


Y el evento se dio en la claridad y tibieza de esa mañana de junio en aquel rinconcito de nuestra tierra, bañado por los rayos brillantes y calientitos de un sol en el incipiente verano.
Otra vez las charlas, las anécdotas y recuerdos cobraran vida en cada uno de los que allí se encontraban degustando y saboreando los exquisitos platillos y las bebidas que circulaban a intervalos por la enorme mesa.
El tiempo se iba, arrastrando en su vorágine los propósitos y anhelos que todos querían retener, aunque fuera lo indispensable como para guardarles en las alforjas del recuerdo. Llegó la hora de salir. A las doce mediodía los integrantes del grupo podían dedicar toda la tarde para visitar familiares, amigos y conocidos; y convivir con ellos.
Para las diez de la noche todo estaba programado; iban a participar en el “Baile de Generación” a donde cada uno del grupo de los Once podía llevar a veinte invitados. La Fiesta se había planeado para doscientas cincuenta personas, y amenizaría el evento una Orquesta de mucho renombre en el país. Para comodidad de todos el baile era un el Salón Tepetongo del mismo Hotel.
Manuel, Carlos y María salieron en ese momento rumbo al Salón; querían verificar que todo estuviera preparado: bebidas en la barra, mantelería, personalizadotes y decoración del lugar y de las mesas; iba a ser un Baile muy especial, donde se encontrarían dos generaciones de familias tepetonguenses que se habían emparentado con otras de diversos puntos del país y también del extranjero.
La intención de los anfitriones siempre fue de que esos tres días de encuentro entre los integrantes del grupo de los once, se vivieran a plenitud cada uno de los actos y eventos programados.
Grata sorpresa recibió Manuel cuando al entrar al vestíbulo del Hotel se da cuenta que Delia y dos jóvenes, que de seguro son sus hijos, descansan placidamente en los mullidos sillones de la pequeña sala de estar.
Delia, mujer ya madura, aún conserva sus rasgos de juventud: sus ojos grandes y de mirada inquieta, recorren sin disimular la grata impresión que le casan todas las instalaciones del edificio, que alberga al Hotel. Es un edificio de estilo colonial construido en dos niveles: la fachada exterior deja admirar el enorme pórtico enmarcado e canteras blancas que juegan con los ventanales de corte vertical que sobresalen de los balcones protegidos por enrejados de fierro forjado. En el interior, se llega a todo un conjunto de espacios bien distribuidos por amplias escalinatas vestidas con azulejos blancos y rematadas también con bordes de cantera. La oficina de administración está al frente enmarcada por una hermosa barra de caoba roja y cubierta de formaica imitación mármol rosa; al fondo está el acceso al Salón Tepetongo; se llega a él por un enorme cancel de aluminio y vidrio transparente. A la derecha queda el Restaurante con otra barra de iguales características complementándola el enorme porta copas en la parte posterior que sobresale hacia el frente del comedor simulando una enorme visera que cobija a los que utilizan las altasillas para estar en la barra. Un pequeño saloncito delimitado por un balaustrado de cantera es el comedor; dos enormes ventanales dan una preciosa vista a la calle principal, y Delia lo ha recorrido todo con aquellos ojos inquietos y vivaces. Disfruta a plenitud su estancia en esa salita; tal vez relaciones todo aquello con lo que fue su casa en Tepetongo durante su infancia y parte de su juventud. No cabe duda, está recordando. . .

C O N T I N U A R A . . . .

 


BIENVENIDOS INTEGRANTES DEL GRUPO DE LOS ONCE
Enmarcaba el escenario una manta muy
blanca con un letrero en tinta naranja y rojo:

Y a los extremos de la manta, dos enormes jarrones de barro sostenían ambos arreglos florales que perfumaban y ofrecían frescura al lugar.
El Anfitrión pasaba a los invitados y a discreción les ofrecía los lugares dispuestos y los orientaba para que saborearan alguna bebida.
A las diez de la mañana la mesa del Bar se ocupó en su totalidad; hombres, mujeres jóvenes y señoritas departían con una muy mal disimulada reticencia los antojitos y bebidas allí dispuestas.
Manuel ocupo una silla del extremo de la mesa y a una insinuación de Carlos, solicitó unos instantes la atención de los presentes:
Amigas, Amigos, y sus queridos acompañantes.
Gracias por estar aquí.
Ofrezcamos antes que nada un pensamiento de gratitud a Dios. Porque ÉL ha permitido este encuentro de mucha significación y muchos anhelos retenidos de los once que compartimos este almuerzo.
Hace cincuenta años que nos alejamos de este pueblo, nuestra tierra y nuestra casa. Algunos dejamos aquí a nuestra familia: padres y hermanos nos vieron partir. Muy diferentes causas y circunstancias nos motivaron para alejarnos. La partida fue definitiva.
Nos fuimos cargando un equipaje repleto de ilusiones, de anhelos y muchos deseos de que nuestra decisión y voluntad de triunfo, superara entonces, la natural nostalgia el temor y tristeza que sentíamos al abandonar para siempre los recuerdos de una infancia precoz y una juventud plena de los primeros amores despertados en la escuela, en los jardines y las calles que atestiguaron el despertar de nuestros ímpetus juveniles.
Salimos por rumbos diferentes; vivimos en cualquier lugar y de formas muy variadas. Triunfamos: El que hacer realizado permitió que llegara a cada uno de nosotros el amor definitivo, clamor maduro que nos ha acompañado hasta ahora, generando la felicidad de nuestras esposas y de nuestros hijos, que muchos de ellos nos han superado y viven ahora sus propias conquistas en el trabajo y en sus hogares.
Por todo ello, por nuestros triunfos en la vida, y por los triunfos de nuestros seres amaos, agradezcamos a Dios esa dicha.
Agradezcámonos las decisiones y voluntades para lograrlo nosotros.
Nuestra vida ha sido y es lucha constante que todavía reditúa frutos en cada uno de nosotros; continuemos así; viviendo de las satisfacciones, disfrutando de la felicidad que significa, ser y vivir a plenitud esta existencia.
Tres días es poco tiempo para recordar lo que hemos sido en cincuenta años. Tres días son insuficientes para lograr en nuestras familias una relación de amistad y compañerismo.
Dejémoslo así; participemos con gusto en lo que suceda estos tres días, y al final llevémonos en nuestro corazón el resultado.
Amigas, amigos, gracias por estar aquí. Disfrutemos ahorita este almuerzo que es de todos y para todos.
Después, vayamos guardando en nuestras alforjas todo lo que hagamos, lo que digamos y los sentimientos que nos generen los sucesos.
Les agradezco que me hayan permitido ofrecerles estas modestas palabras.
Gracias continuara…

 

No era la fatiga del viaje que comenzaba a ensombrecer los rostros. No; tampoco era el efecto de los tragos; involuntariamente se habían detenido en ese punto, allí, frente al edificio donde pasaron gran parte de su infancia, de su adolescencia y el despertar de los ímpetus juveniles muchos años atrás.
-No es justo, muchachos, miren vean ese edificio; esa no es nuestra escuela; nos la cambiaron, nos robaron aquella hermosa fachada de ventanales largos y una puerta de entrada enorme, tan grande que nunca soñamos en alcanzar siquiera la aldaba que cerraba las dos hojas de gruesas y carcomida madera de pino ¿Dónde quedo todo aquello? ¿Qué le hicieron a mi escuela?
Era Víctor el que hablaba tartamudeando y con los ojos vidriosos por las lágrimas que ya le brotaban. Era el otro Víctor, El hombre forjado en diferentes actividades aquí en el país y en los Estado Unidos por mas de sesenta años, y que ahora, al añorar una lejana juventud vivida en esa casona en compañía de muchos amigos le ponía nostálgico, triste y que gracias a las copas que ingería, los sentimientos de niño y de joven afloraban esta madrugada húmeda y tibia del mes de junio.
Nadie pretendió turbar sus recuerdos ¿Por qué tendrían que hacerlo? Víctor hablo por el; al hacerlo cada uno de los nueve allí parados se vieron retratados en sus palabras, y cada uno se dejaba llevar por sus muy personales recuerdos llenos de amor y de ternura. Por eso callaban, por eso, a mas de cuatro también les brotaban gruesas lagrimas que enjugaban sus ya anheladas añoranzas. Por eso se calló la música en esos momentos, necesitaban esos instantes de remembranza, de nostalgia que revitalizara su amor escondido mucho tiempo.
Ahora podían y querían revivirlo en ese jardín que les protegió en sus diabluras juveniles. Por eso fueron a pararse allí. Deseaban todos ese encuentro con sus ya lejanas juventudes.
-Víctor agradeció a los músicos haber aceptado ese rato de tocada. Les cubrió el costo y se retiraron.
-Manuel, Carlos y María, comprensivos y amables esperaban que alguno de los visitantes expresara sus deseos de retirarse a descansar.
Las campanas de la iglesia anunciaban la primer llamada de misa. Eran las cinco y treinta de la mañana.
-Señores, dijo Cecilio, las campanas nos llaman a descansar. Les invito a que cada uno nos vayamos por donde vinimos; ya luego tendremos más tiempo para continuar estas actividades tan importantes para cada uno de nosotros.
-Quienes vayan al Hotel, síganme; quienes van a sus casas, hasta pronto. Que descansen lo mejor que puedan.
Con muchos hasta luego, el grupo se dispersó en distintas direcciones. Amanecería el día 21 de junio del dos mil nueve en Tepetongo. Era Domingo, el día más indicado para el descanso, el paseo y visitarse los familiares y amigos en sus casas, en lugares de recreo colectivo.
Para nuestros personajes, el grupo de los once, el programa comenzaba a las diez de la mañana en un Restaurante muy típico; El Pedregal, cuyo propietario era integrante de ese grupo y se había ofrecido para ser el anfitrión del primer evento formal del encuentro.
Se dispuso un espacio adecuado en el Bar del Restaurante uniendo varias mesas en forma de U para que se instalaran veinticinco sillas. Al almuerzo de bienvenida asistirían los once acompañados por su pareja u otras personas. Todos excepto Delia tenían en su poder una agenda de las actividades a realizarse en los tres días del Encuentro.
Faltaban quince minutos para las diez de la mañana cuando comenzaron a llegar los invitados; para entonces el comedor se encontraba en un cincuenta por ciento de su capacidad ocupado por clientes cotidianos, no así el bar que lucia desierto de almorzadotes. Las mesas de los cubiertos, jarras con agua y jugos de naranja, toronja y betabel, charolas de barro con frutas frescas picadas, ensaladas verdes y dos o tres botaneras con cueritos curtidos, chicharrones de cuero de cerdo y una o dos paneras repletas de pan calientito…

C O N T I N U A R A . . .

 


Pasaba de la media noche y los diez amigos degustaban tragos y exquisitas botanas que se agotaban rápidamente en las vasijas, al igual que el contenido de las diferentes botellas de licor, wisky, cogñac y tequila.
-Señores, señoras, puntualizaron José y Casimiro poniéndose de pie y con su copa medio llena en la mano: nosotros vamos a llegar a nuestras casas, no tenemos necesidad de ocupar habitaciones en este hotel. Casimiro va a la casa de su tía Isidra y a mi me espera “Chole” allá en una casona junto al jardín.
-esta bien, acepto Manuel, pero esperense un rato más. Creo que la estamos pasando muy a gusto.
-Claro, claro que estamos muy contentos; siéntense, muchachos vamos a seguir disfrutando la ocasión. Hablaban Venancio y Justino ya medios mareados por los tragos ingeridos.
-Es más, aclaró Víctor muy formal ¿Quieren todos que sigamos conbebiendo? OK yo les propongo que continuemos y luego que ya vayan a retirarse los que quieran irse ah, pues les vamos a llevar a sus casas. Por ahora digamos ¡Salud!
-Esperenme un ratito voy al foro y regreso. Víctor también se tambaleaba al dirigirse a la oficina del Hotel a hablar con el velador.
-Esta bien señor, no me comprometo a nada, pero voy a ver que consigo. Y salió abotonándose la chamarra de pana azul.
Víctor pasó al Sanitario General y después de algunos minutos salio con claras señales de haberse lavado la cara y alisado el pelo con agua y cepillo.
-¡Salud! Compañeros, que el encontrarnos ahora aquí en Tepetongo sea el meritorio motivo para decir salud y tomando la copa vacía pidió a quien fuera que le sirviera Tequila, si, quería saborear la bebida mexicana por excelencia el timbre del teléfono sonaba una, dos, tres veces y nadie contestaba.
Manuel volteó hacia la recepción y al percatarse que nadie estaba allí, se levanto rápidamente y casi corriendo cruzó el may para levantar la bocina.
-Bueno, Hotel Don Genaro a sus órdenes.
-Buenas noches, ¿Con quien desea hablar?
-Mire, el encargado del turno salió un momento, ¿Le puedo servir en algo?
-Soy Manuel Díaz.
-¡Hola, Delía! Me da mucho gusto escuchar tu voz, ¡Claro! Si, aquí estamos todos nada más faltas tú, -¿Vienes para aca?
-Si, claro, no, no importa se los hago llegar de tu parte.
-Hasta mañana, Delia. Si a las diez en “El Pedregal”, allí vamos a desayunar todos.
Hasta mañana, Delia.
Manuel regresa al restaurante y antes de integrarse al grupo, observa a sus nueve compañeros: no cabe duda, a todos les ha tratado bien la vida; pasan de sesenta años y las mujeres están bien.; un poquito sobradas de kilos pero, bien. Los caballeros, tienen una presencia importante; a pesar de ya encontrarse entonados, mantienen la enteresa y los buenos modales, se comportan ceremoniosos y con altos dotes de educación y cortesía.
-Muchachos, les dice Manuel; propongo un brindis más, pero un brindis muy especial un brindis con mucha alegría. Pongámonos de pié y digamos ¡Salud! Porque ya estamos todos.
-Delia Casas, acababa de llamar por teléfono y les manda una saludo y un abrazo por esta noche. Mañana se integra al grupo a la hora del Desayuno. Por eso, amigos: Digamos ¡Salud!
¡Salud! Corearon los reunidos en torno a Manuel que mágicamente había cambiado si estado de ánimo
¡Bravo!, Manuel, ya se te hizo eh? Nada más recibiste esa llamada y todo se transformó en tu semblante, verdad? Muchachos. Aseguro Venancio levantando su copa.
-Tenía que ser así, continuó en tono burlón el buen Cecilio que había estado muy reservado en sus opiniones. Ahora si, ya tenemos las tres parejas de ex-enamorados, aquellos que vivieron su primer amor en la escuela:
Víctor y María
José y Felipa y
Manuel y Delia ¿Qué tal, eh?
¡Bravo! y otros bravos por ustedes y por nosotros.
Todos festejaron la buena puntada de Cecilio y continuó la tormenta de tragos, bromas y expresiones de afecto entre los presentes tan enfrascados se encontraban en su encuentro lleno de buenas voluntades que nunca se dieron cuenta de la presencia del grupo de tambora que ya se preparaban para iniciar su actuación.
Se escucharon los acordes de “Mi Ranchito” y las trompetas y los tamborazos hicieron que espontáneamente más de tres de los reunidos, aún si saber de de donde provenía la música dejaban escapar emotivos y bien timbrados gritos de alegría, al tiempo que se ponían de pie, alzaban sus copas y dirigían sus miradas al lugar donde se escuchaba la tambora.
-Les invito, exclamó Víctor, les invito a que disfrutemos por las calles de Tepetongo, vamos a llevar gallo a los que duermen, a ver si o la regamos y nos sale un valentón
Vámonos, aceptaron todos que ya tomaban de la mesa algunas botellas de bebido y vasos desechables. Salieron en grupo y se colocaron enfrente del conjunto musical; comenzaron por la misma calle con dirección a la plaza principal; se veían felices, realmente felices, a pesar del cansancio de más de veinticinco horas de viaje por carretera. Los rostros de todos, reflejaban, alegrías satisfacciones, y porqué no muchas emociones retenidas tal vez por más de cincuenta años.
Vagaron por todas las calles sin rumbo determinado; fueron por los cuatro barrios, escuchando canciones románticas, rancheras, pasos dobles, y todos los géneros que supieron los músicos.
A las cinco de la mañana estaban felices en el jardín por el lado de la Escuela Primaria Miguel Hidalgo que no mostraba ni un ápice de lo que fue cincuenta años atrás.
La nostalgia comenzó a dibujarse en los rostros de los reunidos allí…

Continuará . . .


Lo hizo con el primero –soy Manuel Díaz, habló fuerte, al tiempo que golpeaba suavemente el cristal del lado del conductor deseando ser escuchado. El vidrio bajó hasta la mitad y el conductor inclinándose hacia el lado opuesto para no ser alcanzado por la lluvia le contestó:
-Yo soy Venancio, Manuel. Esperamos que calme esta tormenta para pasar.
-No es necesario esperar, sean bienvenidos; mira, la puerta del estacionamiento del Hotel ya está abierta, regrésate un poco y entren allá abajo pueden dejar el auto y subir sin problemas a donde les esperamos. Pásenle, voy a avisarles a los demás.
Lo hizo con los otros, de los autos de más adelante, y en menos de diez minutos, todos se encontraban desempacando y subiendo maletas a las habitaciones.
Habían llegado Venancio, Cecilio y Justino; a los tres les acompañaban sus esposas y algunos de sus hijos, según me informaron allá abajo.
La puerta del estacionamiento fue cerrada nuevamente y pasados quince minutos ya se encontraban ocho compañeros departiendo en la mesa dispuesta para ellos.
-Señores, dijo Manuel, les propongo un brindis por los que ya están aquí, se casa, que nunca les dejó irse. Brindemos por ustedes y por los que seguro estoy, ya pronto llegarán a nuestra cita.
-Me parece buen pretexto, festejó Víctor, que poniéndose de pié y alzando su copa repleta de whisky a las rocas dijo:”Por los que nos fuimos de Tepetongo, para quedarnos aquí” ¡Salud¡
-¡Salud! ¡Salud! Exclamaron todos a coro levantando sus bebidas hacia el frente, con el entusiasmo y alegría que cada uno expresaba de manera espontánea y sin fingimientos.
Seguía la tempestad allá afuera del Hotel, y aquí adentro, y dentro de los corazones y de las bocas de los presentes se daba una tormenta de tragos, risas y comentarios sin fin.
El camino del reloj continuaba lento en su cotidiano recorrido; no así para los reunidos que lo veían irse rápidamente.
-Son las once de la noche, comentó María les propongo otro brindis en esta velada: Brindemos por los que faltan de llegar; me indican que son tres. Los nombres no los menciono porque descubriría el encanto, así que…
-¡Por los que faltan! ¡Salud! Y porque lleguen pronto otra salud.
-¡Salud, asegurando en coro los siete poniéndose de pié ¡Salud! Por los que van a llegar esta noche ¿O no es así, Manuel? Corearon entre risas y aplausos de entusiasmo.
-Claro, van a llegar en cualquier momento. No se preocupen; vamos a estar todos juntos esta noche.
Sin embargo, Manuel aunque fingía un poco la alegría de ver el grupo ya casi completo, le preocupaban dos cosas:
La primera, tener que comunicar a los presentes la falta de Luciano. El no llegaría a la cita porque ya se había ido de Tepetongo; ya no estaba, ni estaría con nosotros. Luciano había muerto ya hacía dos años.
La segunda cosa que le preocupaba era que Delia no llegara a la cita. Aunque se había tenido comunicación con ella en tiempo y forma, al principio festejo el proyecto y aseguró que estaría en el. Tiempo después una llamada telefónica a María, le pidió que avisara a los organizadores su posible ausencia en los eventos.
Eso le causaba incomodidad a Manuel que nunca hizo comentarios ni con Carlos y María, menos con los que llegaban al encuentro.
Casimiro y José Román aseguraron que estarían en tiempo. Por eso tenían la confianza que así fuera.
Y cuando todos animados y más de tres un poquito trastornados por los cinco o seis tragos en el interior de sus organismos, hablaban un poco fuerte, el sonido de un cláxon allá en la calle les hizo voltear bruscamente y varios se levantaron y corrieron a las ventanas del restaurante
Un taxi del aeropuerto se había detenido frente al Hotel, y dos de sus ocupantes, liquidaban el costo del viaje al chofer, luego descendieron los tres: ese último abrió la cajuela y bajó las maletas de los viajeros se despidieron y el auto arrancó para doblar en la próxima esquina.
Los ocho del Hotel bajaron apresuradamente las escaleras y en un instante se encontraban en círculo, rodeando a los recién llegados.
La tormenta había calmado; el agua en las calles corría rápidamente hacia las partes bajas. Todo se veía brillante y escurriendo agua de todos lados. Tepetongo se mojaba otra vez con las tormentas de junio y ahora, allí en la desierta calle principal de Tepetongo, diez personas todas llevando más de sesenta años acuestas, están felices; saborean y respiran el ambiente que nunca dejaron. El olor a tierra mojada y el sabor de su pueblo querido, otra vez estaba con ellos y eso los embriagaba…

C O N T I N U A R A . . .


No solamente se levantaron Carlos y María; también lo hicieron Felipa y Víctor que uniéndose a los primeros ya bajaban las escaleras; pronto estaban nuevamente los cinco en el pórtico del hotel.
La noche era tibia y las calles de Tepetongo lucían desiertas; las pequeñas lámparas de sodio permitían vislumbrar las siluetas de las casas alineadas paralelamente en las aceras, dibujando líneas quebradas en los altibajos de los pretiles.
Comenzaron a salir unos nubarrones negros allá por el lado del camposanto, y a intervalos se dejaban ver ráfagas luminosas que rasgaban el cielo ya oscurecido, y con ganas de cobijar al pueblo. Un trueno ronco y largo se dejó escuchar entre las laderas del Ahijadero dejando un eco lento y flojeroso que recorrió todas las calles.
-Es el mes de junio, muchachos, parece que viene la tormenta; que bueno porque hasta la misma noche se alegra que estemos juntos y podamos recordar los tiempos en que estas tormentas nos hacían guarecernos en la casita o bajo el follaje de algún mezquite ¿se acuerdan?
Cada uno guardó silencio mirando absortos como gruesas y tupidas gotas de lluvia comenzaban a caer en el suelo desapareciendo por segundos, haciendo saltar partículas de tierra que iban ensuciando los zapatos de quienes parados en la puerta se divertían disfrutando y añorando cada uno a su manera.
Los tres coches permanecían allí a escasos ocho metros de la puerta; ninguna señal indicaba que sus ocupantes desearan bajar, la lluvia arreciaba, y se dejaban ver pequeños hilillos de agua parda que flojerosa corría por loa cunetas de la calle.
La puerta de entrada al estacionamiento del sótano en el Hotel siempre permanecería cerrada; el encargado del turno de la noche sólo la abría cuando un cliente deseaba meter su coche, Ahora, Manuel le estaba pidiendo a este señor que abriera la puerta de fierro forjado. Unas personas entrarían al estacionamiento, y de allí bajarían a ocupar las habitaciones ya reservadas.
-Si, Manuel en este momento voy a abrir ese portón. Es que mucha gente que viene a dormir deja su carro allí en la calle. Ahorita está abierta esa puerta.
Bajo los dos tramos de escalones que conducían a un espacio de más de doscientos metros: era el sótano del hotel, habilitado como estacionamiento, en realidad eran las instalaciones de una discoteca de nombre La Cueva. Esporádicamente funcionaba, pues en Tepetongo, mucha gente adulta se escandalizaba de esos centros de Diversión propios para jóvenes.
Don Lupe, el encargado de abrir el portón se dirige a los controles de la luz y acciona dos o tres interruptores; de inmediato el espacio antes oscuras ahora deja ver a plenitud las instalaciones y lo que allí se encuentra; al fondo una enorme barra cubierta con azulejos blancos y relucientes.
Atrás de la barra estantes de caoba roja sostenien algunas botellas vacías colocadas sin ningún orden; sobre la cubierta de formaica imitación de madera hay platos y vasos desechables rodados y cubiertos de polvo. Allá en un rincón unas mesas pequeñas encimadas y alteros de sillas replegables. El demás espacio está desierto y todo lleno de polvo el piso donde se dibujan las rodadas de los dos coches que ya descansan apareados en un costado del salón
Don Lupe ya abrió la puerta y parado bajo el marco para protegerse de la tormenta le grita a Manuel: ¿Qué carros van a entrar?¿Donde están? Que no puedo dejar abierto.
Manuel, protegiéndose con un capote de plástico y un paraguas negro, da saltos para cruzar la calle y abordar a quienes siguen en el interior de los autos…
Continuará...


-Vamos adentro; creo que no es muy apropiado interrumpir el tráfico y despertar la curiosidad de los que pasan por aquí. Ya tendremos tiempo para que saluden y visiten a sus familiares, amigos y conocidos. ¿Te parece bien, Felipa?
-Claro, claro que si. ¡Ah! Miren acá viene mi esposo y dos de mis pequeños, vengan para que los conozcan, y pasen a instalarse.
Se daban las presentaciones cuando otro automóvil ya estacionado un lugar adelante dejo escuchar su bocina al tiempo que de su interior bajaba un hombre alto y robusto; vestido con pantalones y chamarra negros, su cabeza lucía semicalva dejando apreciar una frente que abarcaba casi a la mitad. Su mirada inquieta y despistada, se posaba en la fachada del edificio que tenía enfrente, para luego transportarla por las calles que podía abarcar.
-¿Es de los nuestros? Inquirió María, que no había dejado de mirarle desde que descendió del auto.
Ya para entonces había bajado una mujer que de seguro era su compañera. Se le veía fatigada; recargada en el costado de su coche mantenía su mirada clavada en el piso, como haciendo una rutina de relajación.
-¿Apoco no lo reconoces? Le contestó Carlos con un tono y sonrisa medio sarcásticos. ¿No te acuerdas de tu enamorado?
¡Víctor! ¡Víctor! Gritó María, al tiempo que se encaminaba casi corriendo hacia la banqueta de enfrente.
El hombre y la mujer del segundo auto voltearon al escuchar el nombre de “Víctor”, cuando María ya estaba frente a ellos y con los brazos abiertos le ofrecía una emocionada bienvenida.
-¡María! ¡María Carrillo! ¿Verdad?
-¡La misma, tonto! ¡Nadamás un poquito más vieja y gorda! Pero soy la que te pasaba los apuntes en todas las clases ¿Recuerdas?
-ya empezamos… expresó Víctor al tiempo que la estrechaba en un emotivo abrazo sellada con un tierno beso en la mejilla de María.
- ya estamos cinco muchachos, dijo Carlos que también ofrecía su fraternal abrazo al recién llegado.
-Vamos, dijo Manuel, vamos adentro.
-Tenemos que esperar a los que, pienso, no tardarán en llegar.
Cruzaron la calle los cinco abrazados por los hombros. Las dos mujeres iban al interior del semicírculo que formaban el grupo.
Los acompañantes después de ser presentados a los anfitriones subieron a sus respectivas habitaciones en el primer piso del hotel.
Los cinco se dirigieron al Bar ubicado al lado derecho de las escaleras con vista a la calle por donde habían llegado.
-Interesante va a resultar esta reunión, dijo Manuel, al tiempo que organizaba la mesa con doce sillas; al centro; y distribuidas con elegancia. Vasos de cristal, copas y platitos botaderos; todos rigurosamente limpios y brillantes a la luz de tres lámparas que colgaban del falso platón.
También aparecían en la mesa botellas de champagne, wisky, brandi y tequila; dos hieleras repletas de cubitos y una vasija con limones partidos.
-¡Vaya! Exclamó Víctor. Me asombra este recibimiento, pienso que hoy estaremos todos aquí, para dar cuenta de todo esto que luce rico, rico y con mucho sabor a parranda.
¡Y lo que falta! Se apresuró a complementar María muy emocionada. Tenemos ricas botanas preparadas con productos nuestros; productos de Tepetongo ¿Cómo ven?
-Felipa, inmersa en los acontecimientos, miraba a intervalos por los ventanales, y de pronto se levanto diciendo:
¡Llegan más! Creo que son tres los coches que se están deteniendo aquí al frente ¡Miren!
Efectivamente, tres lujosos vehículos, un blanco y dos grisobscuros se estacionaban ya frente al hotel. Todos dirigimos las miradas hacia las placas de los coches; efectivamente eran de California y dadas las condiciones tendrían que ser de nuestros invitados, que ninguno bajaba aún.
-Vengan, Carlos y María vamos por “estos” que llegan a nuestra cita…
 

Continuara....


 

Llegó el tan esperado día veinte de junio. En la entrada principal del único hotel que hay en Tepetongo se encuentran Carlos Manuel y María. Platican despreocupadamente sobre ningún tema interesante. Los tres viven en Tepetongo donde han hecho una vida sin muchos altibajos y donde las historias de sus vidas se las va tragando el tiempo que no pasa.
Carlos lleva a cuestas sesenta y cinco años dedicados por completo a la atención de su rancho de aguas allá en el cerro, y donde ahora solo quedan las ruinas de lo que fueron casas de campo que le vieron crecer, y donde se guardaron las travesuras de muchos veranos; también fueron testigos del despertar de ilusiones amorosas inquietudes y anhelos para alcanzar algo diferente.
Todo se quedó allá enterrado en el polvo de las tapias y en los rincones de cada corral. Ahora vive en una casa de regular clase situada en céntrica calle de Tepetongo en compañía, los tres se alientan a diario de los recuerdos y las añoranzas que les provocan nostalgia y hastío. Ellos nunca se cansaron; su infancia transcurrida allá en el cerro les había generado en su conciencia y en su espíritu un estilo de vida solitario y taciturno.
Siempre compartieron con sus papás las tareas domésticas y las propias del campesino. Luego les atendieron los achaques de la vejez y sus enfermedades producto de la edad y del descuido de vigilar su salud.
Primero se fue su papá, dejando a la viuda para que la siguieran atendiendo sus tres solterones que ya pasaban de los cincuenta. Tiempo después también murió la mamá de los mismos padeceres. Ahora, por jerarquía familiar, Carlos es el jefe de su familia; Carlota y Lupe, sus hermanas, de dos o tres años menores que él, se someten al tácito principio de su autoridad heredada por sus progenitores.
La vida de Manuel contrasta mucho con las demás: Es de carácter fuerte y agresivo; producto del haber crecido en extrema pobreza y miseria en las que vivió toda su infancia en tepetongo.
Manuel abandona su tierra y su familia cuando apenas cumplía los quince años, se va llevándose con El un equipaje repleto de ilusiones y recuerdos. La historia desde la misma partida.
Se va a una ciudad del Norte a continuar su preparación en la Escuela Normal va a ser profesor para seguir el ejemplo de apostolada y mística de servicio de los que le brindaron, hasta ahora, todas las enseñanzas y conocimientos que lleva consigo y que son muchos, tantos, que le permiten transitar del pueblo a la ciudad y salir adelante. No allá en Chihuahua. La vida en el Norte era muy cara y la familia no puede sostener los gastos.
Regresó a Tepetongo después de dos años y ya nada le pareció igual. La ilusión del primer amor se había fugado junto con su ausencia; los compañeros de la escuela ya se habían salido.
El pueblo, sus calles y sus barrios con las muchachas y la palomilla le parecieron indiferentes, ajeno a él pues.
Y comenzó su apostolado en escuelas rurales así nomás y al puro valor mexicano. Después se fue dando la formación profesional poco a poco, al llegar muchos veranos en los que viajaba a diferentes ciudades a realizar cursos y logrando grados académicos para laborar en Escuelas de Educación Media y Superior.
La preparación y su entrega en la docencia le permitieron desempeñarse en diversos puestos de Dirección y Supervisión Educativas y de la Administración Pública.
Labora en estos campos más de cuarenta años y se retira satisfecho de haber cumplido la tarea que se encomendó realizar. Misión Cumplida.
Al regresar a Tepetongo hace apenas acho años, emprende y se dedica a la atención de una pequeña empresa familiar. Lo hace con gusto y entrega responsable hacia el negocio. Ello le permite transitar en una nueva faceta de la vida; brindar un servicio a la sociedad y obtener recursos que juntos a la pensión que recibe del gobierno, puede llevar una forma de vida holgada y sin problemas económicos.
Se caso a los veinticinco años y formo una familia con cuatro hijos, dos varones y dos mujeres; tres de ellos ya están casados y tienen sus familias, la más pequeña vive en la casa paterna y trabaja en el negocio de la familia.
Este círculo de vida le hace en compañía de su esposa, vivir con tranquilidad y satisfacción pues todos sus hijos tienen una profesión y se desempeñan cabalmente cada uno en su ámbito y compartiendo con sus padres el cotidiano ir y venir en el trabajo y en el hogar. . . .

CONTINUARÁ…